La política suele desnudarse en los actos fallidos y en las sobreactuaciones calculadas. Esta semana, la presidencia de Javier Milei ofreció una radiografía perfecta de su naturaleza ideológica a través de tres postales que parecen dispersas, pero responden a la misma matriz: la confesión explícita ante un auditorio empresarial de que «yo ya estoy salvado», la gira por Santiago de Chile para sobreactuar fanatismo en el Foro Madrid y la sorpresiva cadena nacional nocturna apelando al significante sagrado de Malvinas.
Desde la Ciencia Política es indispensable analizar el peso simbólico y material de las palabras. Cuando un Jefe de Estado afirma con total liviandad «yo ya estoy salvado», no comete una simple torpeza discursiva: pronuncia la verdad última del individualismo metodológico llevado al poder.
Es la confesión descarnada de quien no concibe a la Argentina como una comunidad de destino, sino como un laboratorio transitorio.
Max Weber advertía sobre los peligros del líder poseído por la pura «ética de la convicción» dogmática, desprovisto de toda «ética de la responsabilidad» sobre las consecuencias de sus actos.
Milei le exige al pueblo un sacrificio bíblico, aplaude el hambre de los jubilados y festeja la licuación de los salarios, mientras él se asume a salvo, cotizando en dólares en el circuito global de conferencias de la ultraderecha. Gobierna como un mercenario: si el país colapsa, las pérdidas son sociales y la ganancia es estrictamente personal.
Esa misma disociación se vio en Chile. Mientras la economía real argentina se desangra en una recesión histórica y las persianas bajan en nuestras provincias, Milei viajó a Santiago a encabezar la cumbre regional de la extrema derecha.
Lejos de comportarse como un estadista que defiende el interés nacional, prefirió sobreactuar su papel de cruzado internacional, reivindicando el legado de la dictadura pinochetista y lanzando diatribas contra el «cáncer del socialismo». Es el presidente reducido a predicador de una secta global que prefiere la ovación de fanáticos foráneos antes que mirar a los ojos a las familias que no pueden pagar la boleta de luz.
Y como broche de oro de una semana delirante, llegó la cadena nacional sobre Malvinas. Acorralado por el desgaste del ajuste y las fracturas internas, el gobierno recurrió al comodín patriótico de la soberanía territorial.
Anunció decretos, sanciones y bases navales con un tono marcial de ocasión. Pero en el interior profundo, donde cada pueblo pampeano guarda en sus plazas la memoria viva de sus combatientes y caídos, sabemos que la soberanía no se puede declamar como un spot publicitario.
Hay una contradicción moral insalvable: no puede defender las Islas Malvinas quien admira públicamente a Margaret Thatcher. No puede encabezar un reclamo soberano quien entrega el patrimonio nacional a través del RIGI, desmantela la ciencia y considera al Estado una «organización criminal».
La causa Malvinas exige coherencia ética: no se pueden blindar los mares con discursos televisivos si en el continente destruís la industria, asfixias a las provincias y convertís a tu pueblo en un archipiélago de náufragos precarizados.
La soberanía es indivisible: se defiende en el Atlántico Sur, pero se construye en el territorio con trabajo digno, educación pública y justicia social. Quien declara con orgullo que «ya está salvado» jamás podrá salvar a la patria, porque para liderar una nación hay que estar dispuesto a compartir el destino de su gente.
(*) Carlos De Laturi
Politólogo en formación (UNTREF), militante de los Derechos Humanos e integrante de H.I.J.O.S. La Pampa.