Cuando uno se asoma a la ciencia política desde el llano popular, lo primero que aprende no está en los manuales ni en las encuestas: está en una incómoda sensación de déjà vu. Hay mañanas en que uno camina por Pico o mira la pantalla del teléfono, y le cae encima una pregunta que hiela la sangre: ¿y si todo esto ya estaba escrito? ¿Y si no estamos asistiendo al nacimiento de nada nuevo, sino al reestreno de una obra vieja donde los papeles ya estaban repartidos antes de que naciéramos?
En 1852, Karl Marx publicó El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte tratando de desentrañar un enigma que hoy nos quema las manos: ¿cómo fue posible que Francia, tras una revolución que derrocó a la monarquía y prometió emancipación, terminara entregándole el poder absoluto a un personaje mediocre, estrafalario y grotesco? Luis Bonaparte no era Napoleón; era apenas el sobrino, un conspirador de opereta, sin luces intelectuales ni virtudes de estadista, que se rodeó de una corte de oportunistas y financistas inescrupulosos para dar un golpe de Estado y coronarse emperador. Marx lo definió con una sentencia demoledora: la historia ocurre dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Pero su aporte politológico central fue demostrar cómo una sociedad agotada por la inestabilidad y atomizada por el miedo puede terminar ovacionando a un bufón y encumbrándolo como salvador providencial.
Por eso la sospecha de que todo ya estaba escrito. Porque no inventamos nada, ni siquiera la ingenua justificación colectiva: el famoso «no la vimos» no es una revelación del siglo XXI, es la excusa milenaria de nuestra propia porfía. Esto viene sucediendo hace siglos. Cada vez que las dirigencias tradicionales entran en descomposición y defraudan las expectativas populares, las sociedades tropiezan con el mismo impulso suicida: poner la conducción del Estado en manos de personas manifiestamente incapacitadas para la gestión de la cosa pública. Dirigentes que no tienen la menor noción de administración, planificación ni equilibrios institucionales, y que disimulan su orfandad técnica montando un show de sobreactuación, ropajes prestados y agresividad.
Mucho más acá en el tiempo, Franco “Bifo” Berardi le puso nombre a la maquinaria cotidiana que allana este terreno en La fábrica de la infelicidad: un modelo que coloniza la atención y el sistema nervioso, dejando a la sociedad extenuada y sin capacidad de reacción colectiva. Cuando la infelicidad se convierte en el producto más rentable del sistema y el fracaso se vive como culpa individual, el espacio público se desintegra y el ciudadano se rinde ante cualquier espejismo.
Acá entra mi reflexión irónica de hombre común al que le gusta escribir, para salir de la novela de siempre: ¿y si dejamos de consolarnos diciendo que esto es una fiebre pasajera de cuatro años? Juguemos a la hipótesis incómoda. Imaginemos que reeligen todos. Que Donald Trump consolida su hegemonía en el norte, que el clan Bolsonaro recupera Brasil y que Javier Milei reelige cómodo y se queda hasta el final de la década. Aceptemos la posibilidad de que los años veinte de este siglo sean, de punta a punta, la década de ellos.
Si el cotillón se vuelve la ley del sentido común, la pregunta de fondo no es electoral: ¿qué viene después? ¿O es que acaso no viene nada? ¿Qué pasa cuando terminen de dinamitar lo poco que quedaba en pie, cuando rematen los bienes comunes y privaticen hasta la sombra de los árboles? ¿Aparece el paraíso prometido del mercado o nos quedamos flotando en un desierto de individuos rotos, mirándonos las caras en el silencio más absoluto?
Ayer nomás, la farsa tuvo su función de gala en Nueva York. Sentado frente al editor jefe de Bloomberg en el Club Económico, Javier Milei ofreció un recital de cinismo que ilustra este tiempo a la perfección. Ante las cifras que marcan recesión y contracción de la actividad, el presidente se rió y soltó sin sonrojarse que la Argentina “lleva 27 meses de crecimiento ininterrumpido” y que las caídas son apenas “un error metodológico”. Pero la cumbre del disparate llegó cuando le preguntaron por el desempleo: negó que haya crisis laboral asegurando que se generaron 600 mil puestos —contabilizando como un logro a los 80 mil despedidos del Estado— y admitiendo, con total soltura, que esa supuesta expansión se da en el sector informal. Despedir trabajadores y empujar a las familias al rebusque precario es, en su relato triunfal, la prueba irrefutable del milagro.
Para entender este callejón hay que mirar cómo nos cambiaron el diccionario en las narices. En el siglo XX, “Revolución” fue una de las palabras más hermosas y magnéticas de la historia: era la promesa colectiva de dar vuelta la tortilla para que los de abajo vivieran con dignidad. Era, ante todo, un «nosotros». Hoy nos la transformaron en una mala palabra, en una antigüedad que te da vergüenza ajena, y en su lugar nos instalaron la “Libertad”.
Es que esa “libertad” que el presidente festeja en el exterior es la libertad del náufrago: la de manejar doce horas un Uber reventando el auto propio, revender ropa por Instagram para arañar unos pesos, salir con la máquina a cortar el pasto o pararse en una esquina a vender panificados. Es la libertad de endeudarse para comprar comida o morirse en silencio si no alcanza para el remedio. Nos cambiaron la potencia comunitaria de transformar el mundo por la libertad solitaria de elegir cómo ser devorados por el sistema. El sujeto del siglo XX soñaba con liberar a su pueblo; el de hoy festeja el permiso para autoexplotarse con una sonrisa en el teléfono.
Si esta década es de ellos, la gran incógnita no es qué van a romper, sino qué nos pasó por dentro. ¿Estamos preparados para volver a llamar a la palabra revolución por su nombre o ya nos resignamos para siempre a que sea una mala palabra?
Como dijo una gran prócer argentina: lo dejo a tu criterio.
(*) Militante de Derechos Humanos en H.I.J.O.S., politólogo en tesis de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), consultor y analista político.