La región Oeste Infinito no es sólo un destino. Aquí, el tiempo corre distinto y el paisaje se vuelve vertiginoso, lejos del horizonte plano que muchos imaginan al pensar en La Pampa.
• Santa Isabel: considerada el centro neurálgico de la región por su oferta de servicios, esta localidad es la puerta de entrada. Enmarcada por médanos y los cursos del Río Salado y el Atuel, la localidad es un testimonio vivo del legado de los pueblos originarios. Su Fiesta Provincial del Chivito es la cita obligada para degustar los sabores más auténticos de la zona.
• Algarrobo del Águila: siguiendo las huellas del pasado, llegamos a Algarrobo del Águila. Aquí el paisaje se quiebra en cañadones y accidentes geográficos que parecen obras de arte. Sus senderos permiten oler la jarilla y el chañar, plantas que los antiguos pobladores usaban para curar y teñir lanas, secretos que los lugareños aún comparten con el visitante curioso.
• La Humada: situada en el “oeste profundo”, es el hogar del Cerro Negro y el Cerro Agua de Torres. Desde sus cimas, la vista se pierde en un horizonte de volcanes, un recordatorio geológico de la fuerza de esta tierra. Es también el epicentro de la Fiesta del Kurüv Antú, un tributo al sol y al viento.
• Chos Malal: en este paraje, las piedras coloradas sirven de lienzo para pinturas rupestres que narran historias de siglos atrás. Allí, los puesteros y artesanos caprinos son los últimos guardianes de una forma de vida que se resiste a desaparecer.
• Puelén: el viaje se vuelve místico al entrar en las Cuevas de Julepe y La Halada, en Puelén. Son cavidades que invitan a explorar sus misterios, mientras el antiguo Corral de Piedra, guardián de historias ancestrales, susurra el legado de las comunidades prehispánicas.

• Limay Mahuida: desde su imponente cantera de mármol hasta su antigua comisaría histórica, el pueblo invita a conectar con la herencia aborigen en un entorno de paz absoluta.
Entre el susurro de las cuevas de Puelén y la mirada eterna de los volcanes de La Humada, el tiempo parece haberse detenido para preservar lo auténtico.
El Oeste Infinito recuerda que la verdadera riqueza de un destino no está en el lujo, sino en el legado de sus piedras, en la maestría de sus artesanos, y en esa paz profunda que sólo se encuentra donde la tierra y el cielo se funden en un abrazo eterno.