SÁBADO 12 de Septiembre
SÁBADO 12 de Septiembre // GENERAL PICO, LA PAMPA
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  VIERNES 11/09/2026
“Nos van a matar a todos”
Por Carlos De Laturi (*)
Entre la amenaza de la superinteligencia y la claudicación de la oposición frente a la ultraderecha.

En la teoría política clásica, desde Thomas Hobbes hasta el debate contemporáneo sobre el Estado democrático, la justificación primaria del poder público reside en proteger la vida, ordenar la convivencia y evitar que la ley del más fuerte someta a la comunidad. Cuando el Estado renuncia a esa función tutelar y entrega las decisiones estratégicas a corporaciones privadas, la política deja de ser un instrumento de soberanía y se convierte en una cáscara vacía.

Esta tensión quedó expuesta tras las recientes declaraciones de Jacob Coxon, ex investigador en OpenAI y Anthropic: «Las personas que están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos para finales de la década».

Lejos de desmentirlo, el director de seguridad de Anthropic, Evan Hubinger, respaldó el diagnóstico, estimó en más de un 10% el riesgo de una catástrofe existencial antes de 2030 y reconoció que las empresas avanzan a ciegas sin mecanismos eficaces de control público.

Desde la ciencia política, el problema no es técnico ni de ciencia ficción; es de poder y soberanía. Un puñado de firmas trasnacionales diseñan sistemas autónomos capaces de hackear infraestructuras críticas, reconfigurar mercados de trabajo y alterar procesos electorales sin control parlamentario. 

¿Y por qué creés que vienen ganando las derechas? Justamente por esto: cuando la política pierde el timón, el vacío lo llenan personajes como «El Tigre» De la Espriella en Colombia, que me hace acordar más a la actuación de Cantinflas en la escena en que es presidente que a un verdadero estadista.

Y parece que ahora algunos de Silicón Valley reclaman hoy lo que cualquier república exige: intervención estatal y límites públicos antes de que sea tarde.

El Brandmauer europeo frente a la contradicción pampeana

Esa misma crisis de soberanía alimenta el avance de la ultraderecha global. El triunfo de la fuerza ultra en Alemania, en los estados federados de Sajonia y Turingia encendió las alarmas europeas.

Sin embargo, allí la centroderecha tradicional ratificó de inmediato el Brandmauer: el cordón sanitario que prohíbe pactar o cogobernar con fuerzas reaccionarias.

Entendieron que al extremismo no se lo domestica invitándolo a la mesa; se le fija un límite democrático porque termina devorando a las instituciones republicanas.

La paradoja se vuelve bochornosa al mirar la oposición en La Pampa. Lejos de construir un cortafuegos ético, el radicalismo, el PRO y conservadores pampeanos recorren el camino inverso.

En su afán por disputar el poder en 2027, derribaron cualquier frontera doctrinaria: se abrazan con discursos punitivos de mano dura y se subordinan a La Libertad Avanza con tal de armar un frente electoral.

Mientras en Europa la derecha democrática cuida los consensos civilizatorios, en La Pampa la oposición tradicional se ofrece como furgón de cola de un modelo que desfinancia a las provincias, paraliza las rutas nacionales y amenaza con desintegrar el tejido social del interior.

El imperativo de la política

En ese escenario, la gestión oficial de la desregulación sintetiza el extravío periférico de nuestro país. Mientras las potencias discuten cómo reconstruir capacidades estatales frente a las corporaciones, el oficialismo libertario festeja dinamitar controles, desmantelar la ciencia y precarizar el aparato público.

Desregular a ciegas no genera libertad: produce indefensión. Donde el Estado se retira, no florece el mercado, sino la dominación descarnada del más fuerte.

La frase que detonó el debate —«nos van a matar a todos»— es una advertencia sobre la claudicación política. La verdadera amenaza no radica en la innovación técnica, sino en la cobardía de las instituciones para subordinar ese poder al interés colectivo.

Si la oposición tradicional rifa sus principios republicanos para subirse a la ola reaccionaria y el Estado renuncia a gobernar, el resultado será una ciudadanía desamparada. Quien entrega sus banderas por una elección coyuntural, se queda sin principios y sin futuro.

El imperativo urgente es bajar de la nube, romper la hipnosis de la pantalla y organizar la resistencia en el territorio, para que la patria vuelva a ser de carne y hueso.

(*) Politólogo en formación por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), consultor y analista político militante  DD.HH  de H.i.j.o.s. La Pampa

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