La restauración de la pieza “Principio y Fin” del artista Julio Escámez representa un esfuerzo colectivo por rescatar la memoria histórica.
La primera señal fue tenue, pero rotunda. Una ventanita cuadrada, de apenas dos por dos centímetros, abrió -literalmente- un pasaje a otra época, a otro Chile, a otra manera de entender la vida. Nadie habló… el silencio dio paso a la emoción de ser testigos de algo que se daba por desaparecido. Ahí, bajo doce capas de pintura blanca, detrás de unos vidrios viejos, surgió la fuerza del naranja intenso de las llamaradas creadas con el pincel, mostrando los primeros colores de una obra que llevaba más de medio siglo escondida.
La escena ocurrió a fines de 2021, en la sala del Concejo Municipal de Chillán (400 km al sur de Santiago), lugar donde por décadas se creyó que la dictadura de Pinochet había borrado para siempre los murales “Principio y Fin”, que el artista chileno Julio Escámez (Antihuala, Chile 1925-Heredia, Costa Rica 2015) pintó en sus paredes entre 1969 y 1971, buscando mostrar de manera simbólica la lucha de clases.
El silencio en esa sala fue el reconocimiento de que a veces la memoria sabe esconderse para sobrevivir.
“Principio y Fin” es una de las numerosas obras de Escámez, que incursionó en dibujo, grabado, escultura, óleos, pintura y escenografía teatral, entre otras disciplinas. Sin embargo, este mural posee características que van más allá de su proceso de recuperación. Su historia, según relata un reportaje de El País, quedó marcada de manera trágica por el asesinato de Ricardo Lagos Reyes, el alcalde socialista que inauguró el mural en junio de 1972. El 14 de septiembre de 1973, es decir, tres días después del golpe de Estado que lideró Augusto Pinochet, Lagos fue ejecutado en su domicilio junto a su esposa embarazada, Alba Ojeda, y a su hijo Carlos, de 19 años.
La obra había sido encargada en 1969 por el antecesor de Reyes, el edil comunista Eduardo Contreras Mella, quien falleció en mayo de 2024 y que, en 1998, presentó la primera querella contra Pinochet, investigada por el juez Juan Guzmán.
La historia del mural es tan potente que, por ejemplo,Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971, envió unas palabras en su inauguración, donde afirmaba que “la pintura de Escámez y su carrera estética eran un lujo para Chile”.
Pero no es todo. Dos meses más tarde, el 20 de agosto de 1972, “Principio y Fin” volvió a ser parte de un hecho histórico. Ese día, el presidente socialista, Salvador Allende (1970-1973), fue nombrado Hijo Ilustre de Chillán y posó junto al mural para una fotografía que quedó como una de las imágenes más emblemáticas en el derrotero de la obra.
“Ahí puede haber algo”, dijo la historiadora Karin Cárdenas al alcalde de la ciudad, Camilo Benavente, de centroizquierda, y a otros que estuvieron presentes cuando aparecieron los primeros vestigios cincuenta años después de las capas de pintura. Benavente recuerda ese instante como uno de los más emocionantes de sus dos periodos como alcalde (2021-2030). No era para menos: lo que vieron ese día no era solamente pintura en una pared. Era una parte de la historia de Chile que volvía a asomarse desde el más allá a través del muro colorido.
El hallazgo, según cita El País, ha significado un gran esfuerzo de la Unidad de Patrimonio Municipal para lograr la recuperación de uno de los murales más significativos del arte chileno contemporáneo.
Por más de cinco décadas, la historia parecía resuelta. Julio Escámez murió convencido de que su mural había sido destruido por la dictadura. Así lo creyeron también su familia y generaciones completas de chillanejos. La obra simplemente desapareció. La memoria popular hablaba de picotas, alquitrán, bayonetas y disparos. El relato fue haciéndose real hasta convertirse en una verdad incuestionable.
Pero las buenas historias siempre encuentran la manera de contar la verdad. En octubre de 2021, la concejala Quenne Aitken propuso al Concejo Municipal conocer el estado del mural; en noviembre, Benavente pidió a la Unidad de Patrimonio averiguar si quedaba algún vestigio en el edificio consistorial. La tarea parecía una locura, incluso para quienes asumieron esa labor.
La búsqueda fue paciente, sin anuncios ni prensa. Solo estudios y observación, hasta que aparecieron las llamas naranjas. Desde ahí comenzó un proceso científico extremadamente delicado. Se sumó el apoyo del Centro Nacional de Conservación y Restauración, cuyos especialistas retiraron capa tras capa de pintura para comprobar que el mural seguía allí. A la vez, los mitos comenzaron a dar paso a la realidad: no existían rastros de alquitrán ni otras señales de destrucción. La obra no fue borrada, inteligentemente fue ocultada de los militares.
En 2023 se descubrió que sobre parte del mural se había construido una ventana. Un año después, algunos documentos históricos revelaron que no se trataba de un solo mural, sino de dos: “Principio y Fin”, concebidos como una única obra de gran formato -de unos 42 metros cuadrados-, la que fue declarada posteriormente Monumento Histórico.
Para Benavente, el rescate representa mucho más que una restauración artística. “Mantenemos la convicción y el compromiso por rescatar nuestra memoria y nuestro patrimonio”, dijo en una entrevista. Su convicción lidera un trabajo proyectado hasta 2027 y cuyos trabajos definitivos de recuperación partieron en julio pasado, con restauradores especializados recuperando, milímetro a milímetro, una superficie que permaneció invisible desde 1973.
La dimensión humana de esta historia también atraviesa a la familia del artista. Catalina Sverlij, sobrina nieta de Julio Escámez y socia fundadora de la Fundación Escámez, recordó a El País que el mural condensaba uno de los mayores dolores del pintor. Tras conocer su supuesta destrucción al poco tiempo del golpe de Estado de Pinochet, debió ocultarse primero en Concepción y luego en Santiago antes de partir al exilio en Costa Rica. “Nunca lo superó”, afirma. Para él, la desaparición de la obra simbolizaba una herida abierta con su propio país. Nunca supo que su creación aparecería bajo doce manos de pintura. De hecho, el artista ofreció repintarlo, en 1992, en uno de sus viajes al país que lo vio nacer y al cual nunca regresó del todo.
El reportaje del diario español reconstruye la historia del mural y de su autor. Pero además muestra uno de los hallazgos patrimoniales más relevantes de Chile en las últimas décadas. Recuperar “Principio y Fin” no consiste solamente en devolver colores a una pared. Significa darle vida nuevamente a una obra censurada, reparar una memoria colectiva y demostrar que hay historias que, por mucho que intenten cubrirlas, siempre encuentran la forma de volver a la luz.
Aquel destello naranja que asomó detrás de la cal muestra a un Chile que vuelve a reencontrarse con una parte que llevaba medio siglo esperando brillar otra vez.
(Christian Palma – Página12)