DOMINGO 04 de Octubre
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  DOMINGO 04/10/2026
Pía Ghigliotto: “Tuve que atravesar cada prueba para ser quien soy”
Atleta del culturismo natural, Pía descubrió en la musculación un camino de transformación física y mental. “Cuando me subo al escenario, sea donde sea que me toque competir, despliego mi bandera argentina –dice con sincero sentimiento de patria-. Siento un arraigo enorme con mi ciudad, con mi provincia y con Argentina, mi país. Aunque me toque estar del otro lado del mundo en un país con un idioma que no entiendo, o en un camarín sola preparando el cuerpo antes de salir, yo pongo mi bandera y sé que no estoy sola”.

-El proceso físico para llegar a punto a una competencia es muy estricto. ¿Cómo es esa transición entre ganar masa muscular y la etapa de definición?

-Meses antes trabajás en la hipertrofia, comiendo lo necesario para construir el músculo. Después empezás con una dieta de definición donde equilibrás las porciones para que el cuerpo vaya quemando la masa grasa y afinando todo hasta un extremo mínimo. Sin tomar nada raro, se logra a pura disciplina: respetando cada comida del día (desayuno, colación, almuerzo, merienda y cena) sin saltarse absolutamente nada.

-¿Y cómo se traslada semejante nivel de rigor a la logística de un vuelo internacional? Imagino que subir a un avión no debe ser nada simple...

-Es una logística tremenda. En esa etapa tomo entre 5 y 6 litros de agua por día, así que viajo con un certificado médico para que en el avión me permitan recargar mis caramañolas constantemente. Tampoco puedo comer la comida que te sirven a bordo: subo con mi propia vianda en una conservadora, con porciones de pollo pesado en papel de aluminio y huevos duros con cáscara para que se mantengan. Además, llevo mis bandas elásticas para entrenar durante los vuelos.

-Mencionabas que has tenido viajes larguísimos, como cuando fuiste a Tokio o a Singapur. ¿Cómo se vive semejante desgaste físico y mental arriba del avión?

-El año pasado a Japón fueron 34 horas de viaje, y este año a Singapur fue muy heavy. Dos días antes me cambiaron los vuelos y terminamos viajando casi tres días seguidos con mi hijo, haciendo escalas largas en Santiago de Chile y París. En los aeropuertos o cerca de la puerta de emergencia del avión -donde trato de sacar asiento para tener más espacio- busco momentos para ejercitarme con las bandas cada dos horas. A cuatro o cinco días de competir, el cuerpo está ultra sensible: si rompés la dieta o te bajás de la rutina, el intestino se inflama al toque por la retención de líquidos.

-¿Te ha tocado atravesar situaciones extremas durante un viaje de competencia?
 
-Totalmente, el cortisol te juega fuertísimo. El año pasado, en pleno vuelo a Tokio, hubo una situación horrible en vuelo que me pegó muy mal; no pude controlar el estrés y llegué con una inflamación intestinal importantísima. Me llevó días de meditación y enfoque mental lograr que el cuerpo se deshinche para poder salir a escena. Y este año a Singapur, tras escalas larguísimas y cuando faltaban sólo dos horas para aterrizar, el avión sufrió una caída en pozo de aire de casi 40 segundos que nos dejó a todos en shock. Ser atleta profesional implica gestionar también todo ese estrés invisible para que el cuerpo llegue en su mejor versión al escenario.

Cuando llegamos a Singapur tras dos días de viaje, nos encontramos con que nuestras valijas no habían llegado. Por suerte mi carry-on con la ropa de competencia iba conmigo, pero toda la suplementación permitida la había despachado en la valija grande. Estuvimos casi dos días esperando que apareciera el equipaje. Son momentos en los que tenés que ir hiperpreparada mentalmente: este deporte te exige tanta disciplina que te termina armando una coraza de fortaleza mental para resolver lo que venga.

-Seguramente debe ser un cúmulo de emociones el momento exacto en que pisás el escenario...

-Te juro que me entran a pasar flashes de todo el año. Detrás del brillo de la tarima hay un lado B de mucho sacrificio, conviviendo con la vida misma, con problemas, días mejores y días peores. Este año en particular fue durísimo: me quebré un dedo entrenando, y la fractura requería quirófano. Me negué a operarme porque implicaba parar a meses de competir, así que pedí que me entablillaran y al otro día ya estaba entrenando de nuevo. Tuve que bajar las cargas y agarrar las mancuernas con tres dedos para no perder la masa muscular que tanto cuesta construir.

Dos meses después me empezó a agarrar una epicondilitis fuertísima en el codo del mismo brazo. Como no podemos tomar absolutamente ningún antiinflamatorio por los controles de dopaje, la única opción fue hacer fisioterapia invasiva con los kinesiólogos: me hacían punción seca y electrólisis. Es híper doloroso, pero era la única forma de relajar la zona para seguir entrenando y bajar el peso del trabajo sin abandonar el objetivo.

-Por eso cuando se da el resultado, la descarga emocional debe ser inmensa...

 -Es indescriptible. Cuando me subo al escenario, sea donde sea que me toque competir, despliego mi bandera argentina. Siento un arraigo enorme con mi ciudad, con mi provincia y con Argentina, mi país. Aunque me toque estar del otro lado del mundo en un país con un idioma que no entiendo, o en un camarín sola preparando el cuerpo antes de salir, yo pongo mi bandera y sé que no estoy sola: siento el abrazo y el empuje de toda la gente que me quiere y me apoya a la distancia.

-¿Qué recuerdo guardás de esos podios internacionales donde te tocó ver la bandera bien arriba?

-Se me pone la piel de gallina. En todas las competencias a las que fui logré hacer podio, y el momento de levantar la bandera es mágico. Me pasó en el Olimpia cuando les gané a dos competidoras estadounidenses: ver la bandera argentina en la pantalla gigante y escuchar el Himno Nacional en pleno estadio me hizo llorar a mares. En Singapur me pasó lo mismo. Al levantar la bandera sentís que ahí está representado todo el año de esfuerzo, las puestas a punto, las lesiones superadas, y sobre todo, el costo más difícil de este deporte: el tiempo que le restás a la familia y a los seres queridos, como a mi mamá, para sostener este nivel de exigencia profesional.

-En este nivel de competencia, el costo del tiempo lejos de los seres queridos debe ser una de las partes más difíciles de sobrellevar.

 -Es así, sumamente difícil. Este año estuve mucho tiempo afuera y mi mamá tiene 88 años. Cada vez que viajo me planteo un montón de cosas por su edad. Esta vez fue la primera vez que ella me dijo: “No me voy a despedir de vos”. Me dolió en el alma porque esperaba su abrazo y su beso de despedida, pero la entendí. Por suerte, cuando volví, el reencuentro fue totalmente mágico. Sostener esta exigencia profesional implica restar tiempo a encuentros con la familia y con la gente que uno ama.

Eso requiere de un entorno muy empático que entienda tus momentos y tus ausencias. Tengo la bendición de contar con gente que me quiere y me apoya incondicionalmente. Mis amigas de verdad, que saben que si un día les digo que no puedo juntarme es porque estoy detonada físicamente por el entrenamiento. Hablar las cosas, poder exteriorizar lo que sentimos y no guardarnos nada es valiosísimo. Eso hace que pueda viajar con tranquilidad sabiendo que el afecto y la comprensión están intactos.

-¿Cómo lográs equilibrar esa exigencia de la dieta estricta con la vida social sin aislarte?

-Es algo que trabajo mucho con mi psicólogo. Busco que el entorno no sufra mi disciplina. Cuando se hace un asado familiar o una reunión en mi casa, les pido que pongan todo sobre la mesa: pan, fiambres, postres, lo que quieran. Priorizo compartir el momento. Incluso me invento mis propias estrategias: durante la pre-competencia, mientras ellos comen, yo me levanto a juntar los platos, voy y vengo, no dejo que me ayuden, y así me mantengo entretenida sin enfocarme en la comida.

-Qué importante es construir espacios de encuentro simples que te recarguen la energía.

-Es hermoso. Mis amigas me dicen: “Pía, ¿nos juntamos a las siete? Hacemos un pollito así comés vos también, o tomamos un café”. Ese abrazo, sentarnos a escucharnos y compartir en una casa de manera simple, es lo que hoy elijo y valoro profundamente. Cuando estás del otro lado del mundo, sola en un camarín a miles de kilómetros antes de salir a competir, lo que te sostiene en la cabeza es justamente el recuerdo de esos afectos verdaderos.

-A la vuelta de un viaje tan largo e intenso, ¿cómo fueron esos primeros momentos del reencuentro en casa con tus hijos y tus nietos?

-Cuando llegué, además de abrazar a mi mamá, con mi otro hijo que se había quedado acá, nos sentamos a tomar mates y estuvimos horas hablando, poniéndonos al día y contándonos de todo. Yo priorizo enormemente esos momentos de escucha. Aunque haya habido etapas en las que por el deporte o la competencia no pude estar tan presente, siempre busco esos espacios. Y lo mismo me pasa con mis dos nietos.
Me gusta agasajarlos y recibirlos en casa cuando vuelvo a la rutina diaria. Me fascina cocinarles las cosas que a ellos les gustan. Nos sentamos todos alrededor de la mesa, a reírnos y a disfrutar de nuevo del encuentro simple. Les agradezco por bancarme al estar un poco alejada o enfocada en mi deporte, en mi sueño y en mi motivación.

-Eso demuestra que la contención real no depende de los títulos ni de los logros deportivos, sino del vínculo humano.

-Exactamente. Se trata de la aceptación, de que te quieran tal como sos, sin tener que cambiar nada para agradar o para que el otro te elija. En los vínculos es clave rodearte de personas que te elijan por lo que les brindás cuando están juntos, por el afecto mutuo, y no por el lugar al que llegaste, por las medallas que ganaste o por las que dejaste de ganar.

-Hay un punto de quiebre en relación a cómo pasaste de enfrentar esos prejuicios iniciales a cómo te ve la gente hoy, ya con una trayectoria consagrada. ¿Notás un cambio en la mirada de la gente y en quiénes se te acercan?

-Sí, totalmente. Me siento muy contenta y profundamente emocionada por la forma en que las personas se me acercan hoy. Muchas mujeres me escriben o me dicen: “Pía, sos una inspiración”. Para mí es fuertísimo, porque me ven como una mujer de más de 50 años que ha podido sostener este deporte a lo largo del tiempo, demostrando que con constancia se puede. Saber que transmito esa energía y que las motivo a arrancar o a cambiar sus hábitos, es un regalo hermoso, pero también un desafío que asumo todos los días.

-¿Cómo encarás ese rol de acompañamiento cuando se acercan a entrenar con vos al gimnasio?

-Con muchísima gratitud porque me elijan. Siempre les enseño que yo soy una muleta momentánea en sus vidas; no necesitan tenerme al lado para siempre. Les digo: “Tómenme como alguien que las acompaña, las guía y les enseña en esta etapa, pero el objetivo es que después ustedes solas puedan sostenerlo en el tiempo”. La fuerza y la motivación real están adentro de cada una de ellas; nosotras sólo acompañamos para que esa chispa propia termine apareciendo.

-Imagino que muchas llegan buscando recuperar terreno perdido en su salud o en su autoestima.

-Muchísimas. Vienen chicas de distintas edades y me dicen: “Pía, me dejé de ocupar de mí”, “Estoy en la menopausia y se me vinieron los kilos encima”, o “Perdí masa muscular porque nunca entrené en mi vida, ¿me ayudás?”. Y ahí estoy yo para decirles: “¡Vamos, acá estoy, arranquemos!”. Sentir que lo que hago puede revivir la energía de otra mujer, ya sea para entrenar por salud o para competir, es lo que le da sentido a todo.

-Más allá de lo que buscan para sí mismas, ¿qué es lo que más te expresan cuando te ven en el día a día o te siguen en las redes?

-Me da un poco de pudor contarlo porque me dicen cosas hermosas... Ojo, a veces también me dicen que pare un poco y que descanse. Pero por lo general me transmiten que les contagio alegría, motivación y energía positiva. Yo trato de ser transparente: les aclaro que soy un ser humano igual que cualquiera, que también tengo días malos, que me puedo poner chinchuda o que se me puede escapar una lágrima delante de ellas si atravieso una dificultad personal o deportiva.

Pero esa autenticidad es justamente lo que genera una conexión tan real con el grupo. Yo voy a trabajar feliz. Me levanto con ganas y llego al gimnasio contenta pensando: “Hoy me toca con fulana, vamos a hacer piernas”, “Hoy quiero ver si a aquella le podemos sumar 5 kilitos más”. Disfruto enormemente lo que hago, y creo que eso se transmite de manera natural. De hecho, este mes que estuve afuera compitiendo, la cantidad de mensajes de cariño, de apoyo que me mandaron, fue el mejor empujón para volver con más ganas que nunca.

-Qué respuesta encontrás dentro tuyo cuando te preguntás cuál es tu meta hoy y qué querés transmitirle a la gente?

-Si me pregunto qué quiero ser, la respuesta es clara: quiero ser motivación. Quiero aportar mi granito de arena para ayudar a todas las personas que me busquen y decirles que se puede, más allá de los años biológicos que vayamos cumpliendo. Las invito a que lo intenten, a que se cuiden y se disfruten a sí mismas, conectando de verdad con su propio cuerpo.

Vivimos en una época hiperconectada por la tecnología pero con vínculos humanos muy frágiles, donde las redes muchas veces muestran realidades distorsionadas. En mis viajes, a pesar de las diferencias culturales, en las atletas de otros países he encontrado mujeres increíbles, llenas de fortaleza, pasión y buena vibra. Te vinculás con gente de todo el mundo que está en la misma sintonía de esfuerzo y salud que vos. Con respecto a las redes, coincido en que muchas veces desinforman: lo que se muestra ahí es una pantalla. Por cuestiones de trabajo uno comparte cosas, pero la verdad de una persona la conocés cuando la tenés enfrente.

-¿Sentís que ese encuentro cara a cara es lo que más necesita recuperar la sociedad hoy?

-Totalmente. Me preocupa mucho lo desconectados y lastimados que estamos a nivel humano. Hoy falta sentarnos a tomar un mate o un café, mirarnos a los ojos, escucharnos de verdad y permitirnos ser auténticos. Por eso cuido tanto a mi gente y trato de dar el 100% en cada vínculo: la vida pasa por esos encuentros simples y reales donde nos abrazamos, nos escuchamos y nos acompañamos sin caretas.

-¿Cómo hacés para que todo ese contexto de descomposición social o desencanto general no termine afectándote en el día a día?

-Yo elijo enfocarme en los vínculos, porque veo que como sociedad estamos atravesando un momento difícil. Pero eso a mí no me bajonea ni me paraliza. Pienso en nuestros hijos y en nuestros nietos que nos están mirando constantemente: la mejor lección que podemos darles es cómo elegimos comportarnos. Si salgo a la vereda y veo a una vecina, voy, le doy un beso, un abrazo y le pregunto cómo está. No me importa si el otro no me saluda o se hace el que no me ve; yo voy a seguir siendo así porque es mi esencia.

Si nos empezamos a aislar, a ser resentidos, a guardar rencor o a cerrar la puerta para no vincularnos con nadie, ¿qué les estamos enseñando a las generaciones más jóvenes? Hay gente joven que tiene que ver que existen otras formas de relacionarse, desde el afecto y la empatía.

-Además de entrenar a tantas mujeres ¿tenés o has tenido alumnos varones en tu espacio?

-Sí, claro. Tuve y tengo alumnos varones. Por ahí a veces se da que me eligen más en la modalidad de seguimiento a distancia o rutina personalizada, sobre todo por sus horarios de trabajo o porque yo también reorganicé mis días para tener mis propios horarios de entrenamiento, mi espacio de trabajo con las rutinas y mi tiempo para disfrutar de mi casa. Quizás a veces los hombres no se acercan tanto, pensando que sólo entreno a mujeres, pero para nada: me encanta trabajar tanto con hombres como con mujeres por igual.

-Si mirás en perspectiva a esa nena que empezaba andar en patines por las calles del barrio y la comparás con esta mujer de hoy que no para de avanzar, ¿qué te decís cuando te mirás a vos misma?

-Wow. Mirá, esa nena aprendió muchísimo de las cosas difíciles que le tocaron pasar a esta mujer de hoy. Pasé por situaciones muy duras en mi vida, como nos pasa a todos, pero de todo eso me fui fortaleciendo. Si hoy hablo con esa mujer, a veces me pregunto por qué no tuve esta cabeza en otros momentos, pero todo llega a su debido tiempo. Tuve que atravesar cada prueba para ser quien soy. Hoy me considero una mujer que se disfruta en todo sentido, que cambió chips, que desaprendió muchos conceptos equivocados y que sigue aprendiendo todos los días. Si me preguntás cuál fue mi mejor edad, te digo sin dudarlo: es esta, es el hoy.

El disfrute del que yo siempre hablo no es el de las cosas materiales; el disfrute más grande como seres humanos es la búsqueda interna. Cuando estás bien por dentro, de a poco eso repercute y se termina reflejando en tu exterior.

-Hablamos muchas veces de las máscaras sociales que nos ponemos para encajar o para protegernos. ¿Te tocó en algún momento de tu vida usar una de esas máscaras?

-En algún momento me la puse, creyendo equivocadamente que con esa máscara me protegía para no mostrarme vulnerable. Con el tiempo aprendí que era todo lo contrario: me sentía más desprotegida. Hoy me permito ser absolutamente transparente. Si un día estoy triste, enojada o si algo me dolió, me permito expresarlo y comunicarlo. Nos ponemos máscaras para hacernos los superpoderosos cuando, en realidad, reconocer nuestra vulnerabilidad es lo que nos hace crecer.

Decir las cosas, comunicar lo que sentís y no anestesiarte ante lo que pasa alrededor, ese es el punto clave. Vivimos en una sociedad que por momentos parece anestesiada. Yo siempre les digo a mis hijos que no nos anestesiemos, que nos permitamos sentir y mostrar que somos seres humanos vulnerables. No se trata de ir llorando por la vida, sino de sacarse las caretas de que “todo es perfecto” o de que “todo brilla”. A veces las cosas salen bien y a veces salen mal; si salen mal, te permitís llorar un rato, pero después te levantás y buscás la forma de volver a intentarlo. De eso se trata esta vida.

Alicia Datri

Comentarios
 
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 04/10/2026 | 08:51 Hs
Enviado por Pia Ghigliotto
Excelente Entrevista Ali Datri sos tan talentosa como humana para tus preguntas y devoluciones!!!!!! Gracias!!!!❤️
 
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