Tras superar una compleja lesión de rodilla que amenazaba su movilidad, Pía descubrió en la musculación un camino de transformación física y mental. Hoy, con casi una década de trayectoria, títulos internacionales y un lugar clasificado para el certamen Olimpia en Las Vegas, reflexiona sobre la importancia de cuidar la salud integral y el impacto de inspirar a otras mujeres sin importar la edad y los prejuicios del deporte elegido.
-Siempre sostenés la premisa de que el cuerpo es un templo. ¿Cómo concebís esa idea y cómo se la transmitís a tus alumnas?
-Yo considero que el cuerpo de uno es un templo y así lo tomo. Pero no solamente un templo enfocado en el tema del deporte por una cuestión de salud física -donde hay cosas de las que lógicamente uno tiene que ocuparse-, sino en no desocuparse de la parte principal: el alma, el espíritu, los sentimientos y la fortaleza interna. Esas virtudes también se tienen que ir construyendo, tal cual como construís un músculo. Hay que edificar esa fortaleza interior para aprender a disfrutar de lo que uno hace día a día.
-Para poner en contexto a quien nos lee, ¿cómo se denomina específicamente la disciplina que practicás y por qué es tan importante nombrarla así?
-Es culturismo natural. Especifico la palabra “natural” porque a veces la gente, cuando no está muy en el tema, asocia el culturismo únicamente a esos cuerpos hiper trabajados que recurren a sustancias químicas. Cada uno elige libremente cómo practica un deporte y por qué camino ir en la vida: si por el lado de la salud, si querés incorporar alguna suplementación tranquila o si preferís usar químicos. Yo no juzgo a nadie, pero decidí hacer un culturismo 100% natural, basado en la musculación y guiado principalmente por la alimentación. Cuesta un esfuerzo enorme, pero con disciplina, constancia y sin caer en ansiedades, se logra. No hay pastilla mágica.

-Mencionabas la suplementación y los hábitos que manejan dentro de este ambiente...
-Con mis compañeros de culturismo nos consideramos como una familia porque hablamos el mismo idioma: Omegas, alguna whey protein, ácido ascórbico, magnesio... Más de eso no se usa. No hay quemagrasas ni productos milagrosos. Cuando al metabolismo y al cuerpo los empezás a construir a través de la comida -repartiendo de forma consciente los nutrientes a lo largo del día-, combinado con una buena rutina de entrenamiento y un cardio tranquilo, el cuerpo responde. Es un proceso que exige disciplina y constancia todos los días.
-¿Cómo nació en vos la pasión por el deporte? ¿De dónde creés que vino esa semilla antes de empezar a competir?
-Siempre me gustó hacer deporte, desde muy chica. Recuerdo tener 8 ó 9 años, vivíamos en el barrio y papá, con mucho sacrificio, me había regalado un par de patines de rueditas naranjas con tiritas. Me encantaba salir a andar por la calle, me desafiaba con los chicos del barrio y corríamos carreras. Después fui al Club Independiente de General Pico a las colonias y los “veranos felices”, como les decíamos. Hice cesto con Sonia Álvarez durante mucho tiempo, fui federada, más de grande jugué al hockey y también corrí. El deporte siempre estuvo presente en mi vida.
¿Cómo pasaste de esa vida deportiva al gimnasio de musculación?
-Llegué por una lesión. Siempre fui muy flaquita y un día, entrenando para correr la Pampa Traviesa, en Santa Rosa, me lesioné. En la resonancia salió que tenía roto el menisco y además una lesión en el cartílago; la rodilla se me trababa por completo. Hice kinesiología acá, pero me dijeron claramente: “Pía, si querés seguir haciendo deporte en tu vida, te tenés que ocupar de esto”.
Tomé la decisión y me operaron en Buenos Aires. Fue una cirugía bastante heavy, porque me hicieron microperforaciones en el hueso para regenerar un cartílago artificial. Estuve casi dos meses con muletas, perdí muchísimo tono muscular y me deprimí bastante. Te ves en esa situación y decís: “¿Cómo recupero esto?”, sobre todo nosotras las mujeres, cuando empiezan los cambios hormonales. Al volver, me recomendaron hacer musculación y busqué un gimnasio de barrio acá en Pico. Mi único objetivo era recuperar masa muscular para mi vida diaria, no tenía ninguna intención de entrenar para competir.
-¿En qué momento se dio el salto hacia la competencia?
-En ese gimnasio empecé a ver todo un mundillo de chicas y chicos que entrenaban duro para competir. Un día, el dueño del gimnasio me dijo: “¿No querés empezar a entrenar en serio? El cuerpo te está respondiendo de manera increíble”. De a poco, muy cuidada y sin cargar peso al principio, empecé a hacer ejercicios que no pensé que mi rodilla iba a resistir. Maravillosamente, en un año o año y algo, mi cuerpo empezó a transformarse por completo. A eso le sumé mi cuidado estricto con la alimentación, porque siempre fui de la idea de nutrir el cuerpo con lo mejor, ya que es el vehículo que nos lleva por la vida.

-Cuando la propuesta de competir apareció formalmente, ¿cómo fue encarar esa decisión a nivel familiar y personal?
-Fue un poco difícil, sinceramente. Cuando tiré la idea en mi casa, no fue muy bien recibida de entrada. En aquel momento, la primera mirada de la familia o del entorno era: “¿Cómo te vas a poner una bikini para subir a un escenario a mostrarte?”. Yo siempre estuve muy vinculada con el arte, y para mí esto es justamente eso: arte en el cuerpo. El subir a competir implica un trasfondo que la gente no ve; sólo se queda con la foto del escenario o un video del entrenamiento, pero el “lado B” exige un sacrificio, una disciplina y una pasión absolutas. Decidir encararlo me fortaleció la mente, me afianzó los hábitos y me demostró que cuando una pasión aparece, hay que seguirla y lucharla.
-¿La propuesta en ese gimnasio de barrio era específicamente de culturismo desde el principio?
-Sí, era culturismo natural. Justo el año en que yo empecé a entrenar con más constancia, se organizó por primera vez acá en General Pico el Natural Manía, una competencia sudamericana con atletas de todo el país y de Chile. Me empecé a preparar y me dije: “Bueno, qué mayor desafío que debutar en mi propia ciudad”.
-¿Cómo trabajaste la mente frente a los prejuicios y la mirada del otro?
-Fue sumamente difícil. Enfrentar el qué dirán en un lugar donde te conocen de toda la vida es una prueba dura, porque desafiás prejuicios que incluso hoy siguen existiendo. Pero entendí que la mirada del otro no me pertenece: cuando hacés algo con el alma y para vos misma, no hay espacio para la especulación ajena. Obviamente que a todos nos gusta recibir palabras lindas y que no queremos la mala vibra que existe en todos los ámbitos, pero trabajar la fortaleza mental me enseñó a poner mi propio deseo y mi salud por encima de las opiniones de afuera.
-Hoy, después de toda la trayectoria que construiste, esa superación te sirve para guiar e inspirar a tus alumnas cuando se acercan al gimnasio...
-¡Totalmente! Me llena de orgullo y alegría poder acompañar a tantas personas. Se me acercan chicas que me dicen: “Me da vergüenza ir al gimnasio porque tengo unos kilos de más” o “No me gusta mi cuerpo”. Hoy la musculación está resurgiendo fuertemente en las mujeres, y no sólo para competir, sino por salud y autoestima. Incluso algunas alumnas me dicen directamente: “Pía, yo quiero competir como vos”. Poder mostrarles que cualquier mujer -tenga hijos, pareja, trabajo o la edad que tenga- puede empoderarse, cuidar su cuerpo y subirse a un escenario si así lo desea, es una de las mayores satisfacciones de esta disciplina.
-Subir a escena implica entender que la disciplina va más allá de un juzgamiento estético convencional; se trata de desafiar los propios límites...
-¡Tal cual! Estás compitiendo con tu propio cuerpo, superándote a vos misma. Si este deporte es tu pasión, ¿por qué no practicarlo? ¿Por qué la actividad física siempre tiene que encasillarse en el básquet, el cesto o el fútbol?

-En tu caso, la puerta de entrada a este mundo apareció de la manera menos pensada, a partir de un momento de adversidad...
-Exactamente. Si bien el deporte siempre me acompañó, todo este camino en la musculación y la competencia nació a partir de una lesión de rodilla muy dura. Por eso siempre les digo a mis chicas que, a veces, de los momentos más difíciles o de las cosas “malas” que nos pasan, empiezan a brotar situaciones maravillosas. Es cuestión de estar despiertas para ver la oportunidad de transformación que hay detrás de cada prueba.
-¿Qué es lo principal que buscás transmitirles a las mujeres que van a entrenar con vos al gimnasio en el día a día?
-Les enseño más que nada a construir el hábito: el hábito de querernos, de mirarnos como mujeres sin importar la edad que tengamos, y de convencernos de que sí podemos. Se trata de cuidar el cuerpo y nutrir esa fortaleza interna que va emergiendo con la constancia. A mí me emociona enormemente cuando una alumna completa una rutina y me dice: Me costó muchísimo, pero lo pude hacer”. Y ese esfuerzo no es por levantar más kilos o sumar una repetición extra; es el valor de proponerte algo y cumplirte a vos misma. Sostener la disciplina de levantarte temprano, organizarte y comer mejor porque te querés cuidar, te genera una fortaleza mental que después se traslada a todos los ámbitos de la vida: para poner un límite, para tomar decisiones difíciles y para empoderarte día a día.
-¿Siempre fuiste una persona metódica o esta disciplina te fue enseñando a organizarte sobre la marcha?
-Creo que viene desde chica. Mi mamá siempre trató de inculcarme la cultura del esfuerzo, de la lucha y del cuidado personal, aunque quizás ella lo hacía desde otro lugar. Siempre fui exigente conmigo misma en ese aspecto y me gustó cuidarme. Es verdad que cuando mis hijos eran más chicos dejé un poco de ocuparme de mí para estar al 100% enfocada en ellos y en mi casa, pero eso no significó descuidarme del todo ni abandonar esa base metódica.
-Quizás la forma de encarar la alimentación cambió cuando apareció un objetivo más concreto...
-Tal cual. Quizás antes no llevaba una alimentación tan consciente como la de ahora, con un objetivo tan claro. Pero lo valioso de esto es que, incluso cuando el día de mañana ya no compita más, la nutrición consciente ya forma parte de mi vida. No necesito tener un torneo encima para saber lo que mi cuerpo necesita: la hidratación adecuada, consumir la proteína necesaria para sostener el músculo, los carbohidratos justa y equilibradamente... Y sobre todo nosotras, las mujeres, atender a los cambios hormonales sumando cosas simples como los Omegas. Son hábitos de vida que ya me quedan para siempre.
-Y eso no significa privarse por completo de los placeres de la vida fuera del deporte...
-¡Para nada! No implica que no pueda ir a una fiesta, tomarme un helado o compartir una copa de vino. Por ejemplo, en plena preparación precompetitiva -desde febrero no consumo alcohol- no lo hago porque el objetivo exige otra cosa. Pero en mi vida normal me encanta compartir un asado en familia o con amigos y tomarme una copa de vino. La vida es un equilibrio constante. Cuando termino de competir hay todo un proceso para volver a incorporar alimentos de a poco, y ahí vuelvo a disfrutar de esas cosas cotidianas con total libertad.

-¿Cómo fue el click en tu cabeza cuando pasaste de entrenar en la intimidad del gimnasio a mentalizarte para subir a un escenario con público?
-Fue todo un proceso. Empezó recuperando mi lesión, viendo cómo el cuerpo me respondía de manera maravillosa y fortaleciendo mi mente al convencerme de que sí podía. Sinceramente, lo más difícil en ese momento fue enfrentar la mirada de los demás, acá en mi ciudad. Hoy me decís de competir y salgo al escenario de una, pero en aquel debut fue dificilísimo. Mis hijos en ese momento tenían alrededor de 20 años y no querían saber nada; también había conocidos que me decían: “Estás loca, Pía. Pensá también si a la persona que tenés al lado le gusta o no”.
-A las mujeres se nos suele condicionar y exigir muchas más explicaciones cuando tomamos decisiones de este tipo...
-Totalmente. Si el que decide subir al escenario es un hombre, lo aplauden y lo celebran. En cambio, las mujeres siempre estamos dando explicaciones. En ese tiempo yo estaba haciendo terapia y por suerte mi terapeuta me acompañó muchísimo. Cuando me preguntó qué tenía ganas de hacer, le dije que quería hacerlo, aunque me generara un vértigo enorme salir por completo de mi zona de confort. Ahí aprendí una lección fundamental: una no puede pretender agradar a todo el mundo. La gente que verdaderamente te quiere y te elige -ya sea familia o amigos- tiene que aceptarte por lo que brindás como persona, no por las elecciones o los desafíos que decidís encarar.
-Y al final llegó el momento de salir a escena... ¿Cómo fue ese instante justo antes de subir?
-Increíble. Estaba a punto de subir, muerta de nervios, y una compañera me mira y me dice: “Pía, no vayas a llorar, pero en primera fila está toda tu familia”. Yo no tenía ni idea de que iban a ir porque me habían dicho que no les gustaba la idea. Y ahí estaban apoyándome.
Porque lo que se juzga arriba del escenario no es una simple caminata, exige una técnica impecable. Subir a competir implica una caminata y una serie de poses muy estructuradas donde el jurado evalúa absolutamente todo: cómo trabaja el tríceps, cómo ponés el bíceps, cómo abrís la espalda y cómo trabás los isquiotibiales y los glúteos. Cada movimiento está fríamente calculado y trabajado para mostrar el desarrollo muscular que construiste con tanto esfuerzo.
Y estar ahí exponiendo mi cuerpo en cada pose no fue fácil, fue un aprendizaje. Me costó romper con el vértigo inicial, pero lo logré. Y cuando salí, ocurrió algo mágico: gané mi categoría. De ahí pasé a competir en el Overall -el trofeo general donde se enfrentan las ganadoras de todas las categorías, desde las chicas de 20 años hasta las de 50 o más, y para mi sorpresa, también gané el General. No lo podía creer.
-¿Ese torneo tenía alcance internacional?
-Era un certamen latinoamericano. Gracias a ese triunfo salí seleccionada para representar al país en el Mundial de Nueva York. Todo de la nada. A los pocos meses viajé a competir allá bajo estrictas normas de dopaje WADA, donde todos competimos en igualdad de condiciones de salud y limpieza. Salí novena entre atletas de todo el mundo en mi primera experiencia internacional. A partir de ahí no paré: en mi tercera competencia gané el carnet como atleta profesional compitiendo en cuatro categorías distintas y ganando en todas.
-Además del rigor físico, ¿cuánto influye la logística y la preparación estética para una mujer que compite a este nivel?
-Para la mujer es una disciplina exigente también en lo económico si no contás con sponsors. Están la bikini de competencia, los zapatos reglamentarios, el maquillaje, el peinado, la bata para estar en el backstage bombeando antes de subir, la pintura especial para el bronceado de la piel. Es una producción importante. A nivel internacional el movimiento es gigante: el año pasado, cuando se hizo el Natural Universe acá en Argentina, me tocó ser capitana del equipo argentino, y recibimos a delegaciones de Brasil, México, Chile, Perú y muchísimos países más.
Hay un gran crecimiento del culturismo natural. De hecho, para estos días me habían convocado desde la federación INBA para estar presente en el stand de la Expo Fitness en La Rural de Buenos Aires, donde se reúne todo el mundo de la musculación para mostrar preparaciones, puestas a punto y experiencias de atletas. Preferí bajarme esta vez porque recién llego de un mes muy duro en el exterior, con dos competencias internacionales, y necesitaba volver a Pico, estar en mi casa y reencontrarme con mis alumnas. Pero me llena de orgullo ver cómo esta disciplina abre camino y le demuestra a tanta gente que un culturismo sano, transparente y natural es totalmente posible.
-Se suele hablar mucho de cómo esta generación de mujeres de más de 50 y 60 años está sentando un precedente poniendo el cuerpo en juego no sólo por la estética, sino por la plenitud y la independencia funcional para la vida cotidiana...
-Tal cual. A veces la frase suena muy trillada, pero los años son lo que uno siente por dentro y la forma en que elige vivirlos. La verdadera juventud se mantiene en la actitud y en lo que te permitís hacer, más allá de la fecha que figure en el documento. La actividad física constante te da esa autonomía vital para disfrutar la vida.
-Sin embargo, hay muchas mujeres relativamente jóvenes que ante los primeros cambios hormonales o por el ritmo de vida, sienten que el cuerpo les dice “basta”.
-Me pasa muchísimo. Recibo chicas de 38 ó 40 años que están empezando con la perimenopausia y me dicen literalmente: “Pía, me siento vieja”. Lo primero que les digo es que borren esa palabra de su cabeza. Es verdad que hay etapas de la vida -cuando los hijos son chicos, la casa demanda o tenés jornadas laborales larguísimas- donde la mujer se pospone por completo. Terminan de ocuparse de la pareja, de los hijos y del trabajo, y llegan al final del día sin energía para dedicarle una hora a su propio cuerpo. Yo siempre les advierto: los hijos crecen, hacen su vida y vos te quedás ahí, habiéndote olvidado de vos misma. Por eso me parece fundamental generar estos espacios de charla, para mostrarles que nunca es tarde y que el cuerpo responde siempre si le das la oportunidad.
El cambio de hábito empieza a transformar la vida desde el primer mes. Podés tener una genética que te favorezca más o menos, pero cuando decidís ocuparte de vos e ir una hora al gimnasio, tres o cuatro veces por semana, la transformación es total. Ya no te duele levantarte, te cambia la energía por completo. Ocuparte de tu salud es el primer paso: una vez que estás bien con vos misma, recién ahí podés salir a ocuparte de todo lo demás.
-Llevás cerca de diez años compitiendo al más alto nivel. ¿Cómo se gestiona el desgaste de una carrera tan exigente y qué viene después de una puesta a punto?
-Llevo entre 9 y 10 años en esto. No me cansa la disciplina, pero el cuerpo siente el ritmo cuando metés varias puestas a punto en un mismo año. Entrenar y comer bien para estar fuerte es una cosa; llevar al cuerpo a un extremo de definición para la tarima exige un rigor absoluto que sólo se sostiene en precompetencia. Por eso, el periodo postcompetencia exige un descanso consciente: recomponer el cuerpo, entrenar con menor exigencia, disfrutar de la comida y buscar el equilibrio. Ahora mismo clasifiqué para el Natural Olympia en Las Vegas y estoy definiendo el tema de pasajes con los sponsors. Si se da, voy; si no, me tomo unos días y abro paso a la recomposición.
-¿Cómo es la contención de competir internacionalmente? ¿Con qué equipo de trabajo te apoyás dentro y fuera del escenario?
-Formo parte del equipo de INBA, la federación de culturismo natural con sede en Estados Unidos que promueve torneos internacionales con controles de dopaje muy estrictos. Mis entrenadores son Paula Martínez de Urtiaga y Matías Scopinaro, presidentes de INBA Argentina (filial local de la INBA Global -International Natural Bodybuilding Association-, una organización dedicada al fisicoculturismo natural sin uso de sustancias dopantes o esteroides), quienes tienen una trayectoria enorme. A nivel profesional también trabajo con un psicólogo, porque es muy fundamental tener un acompañamiento, porque soy una atleta profesional y hacer este deporte en ese nivel es difícil, algo clave porque el desgaste mental de esta disciplina es tan grande como el físico.
-A veces toca viajar lejos sin toda la delegación. ¿Cómo vivís el estar del otro lado del mundo y cómo repercute esto en tu entorno cercano?
-Viajar en equipo es maravilloso, pero cuando toca viajar sola a países lejanos se hace duro. Me ha acompañado mi pareja, y este año me acompañó mi hijo. Fue algo sumamente especial: años atrás él no se involucraba tanto con mi deporte, pero esta vez estuvo ahí para todo, ayudándome y alentándome. Bajar del escenario, abrazarlo con las medallas puestas y ver su orgullo, fue el verdadero premio mayor de mi carrera.
-Mencionabas la posibilidad de viajar nuevamente con el equipo a Las Vegas. ¿Hay un proyecto especial preparado para esta edición del Natural Olympia?
-Sí. Si logramos viajar, la delegación va a filmar por primera vez un documental sobre lo que implica competir a este nivel como culturista natural. Se va a registrar todo el detrás de escena: los días previos, la logística de llevar las viandas preparadas arriba del avión, la hidratación estricta de 5 a 6 litros de agua diarios y el esfuerzo que exige representar al país de forma 100% limpia. Quieren filmar todo, desde el viaje, los preparativos y el entrenamiento hasta la competencia misma. Obviamente que me encantaría ir, pero fui clara: ya hice dos competencias internacionales enormes este año, y si consigo el apoyo económico necesario para los pasajes, iré feliz. Si no se da, será en otra oportunidad y los aplaudiré a la distancia.
Alicia Datri