Aunque alguna vez siendo más joven soñó con triunfar en Buenos Aires, eligió priorizar a su familia. Fue padre de tres hijos: Mauro Darío, Germán Federico y Gabriel Fernando. El más joven heredó la pasión musical y estudió en un conservatorio.
“No viví de la música, pero me ayudó a vivir”, decía con orgullo Bergonzi.
Su vida estuvo marcada por la música, pero también por el esfuerzo cotidiano de combinar su vocación con el trabajo y las responsabilidades familiares.
Debut con Cambareri
Desde niño se vinculó con el arte participando en coros, haciendo títeres y tocando la armónica. Muy joven comenzó a cantar tangos en orquestas de pueblos cercanos a Junín -donde había nacido- tales como Ascención y Leandro N. Alem. Su gran salto llegó en 1964, ya viviendo en Santa Rosa, cuando debutó con la orquesta de José Cambareri en un baile del Club Sarmiento. A partir de allí recorrió La Pampa en la vieja estanciera de don José, llevando música a cada fiesta popular.
La vida del artista se mezclaba con la del trabajador. Durante años se desempeñó en la Dirección Provincial de Vialidad, lo que lo obligaba a jornadas extenuantes: actuar de noche y presentarse al día siguiente en la oficina, aún con el traje de la función.
Admiración y elogios
Su carrera lo llevó más allá de La Pampa. Actuó en Crónica TV, en el auditorio Tita Merello de Radio Nacional, en el Teatro Payró de Lomas de Zamora y hasta en la quinta de Eduardo Duhalde. También cantó en Cuba y Brasil, siempre con la convicción de que “el tango está cada día mejor, cada vez más fuerte”.
Admiraba a Gardel, Julio Sosa, Troilo y Pugliese, y se permitía elogiar a músicos locales como Tachi Gaich, Toti Mansilla y Guillermina Gavazza.
Su legado
Héctor Bergonzi supo defender la poesía del tango frente a quienes lo tildaban de melancólico. “Todas las canciones hablan de amor y desencuentros”, respondía. Su repertorio incluía clásicos como Tinta Roja, su favorito, y también se animaba a interpretar temas de Cacho Castaña o Estela Raval, como Resistiré y A mi manera.
Hasta el final mantuvo intacta la ilusión de seguir cantando. No fumaba ni bebía, y se sentía con fuerzas para continuar en los escenarios. Su legado queda en las anécdotas, en las noches de baile y en la certeza de que el tango, gracias a voces como la suya, continuará vivo.
Hoy, Santa Rosa despide a Héctor Bergonzi, un artista que supo conjugar la vida cotidiana con la pasión por la música, y que encontró en cada aplauso el sentido de su existencia. Su voz se apagó, pero su huella permanecerá en cada verso de tango que recuerde que, como él decía, “la música me ayudó a vivir”.
(LaArena)