El trofeo de la Copa del Mundo de la FIFA brilla en Los Ángeles ante un estadio colmado, marcando la cuenta regresiva para el inicio de un Mundial tan esperado como polémico.
La pelota ya rueda en el suelo norteamericano, pero la incomodidad es imposible de ocultar.
Mientras la propaganda oficial nos vende un "Mundial ideal", la realidad geopolítica y social del país anfitrión nos muestra otra cara.
La elección de Estados Unidos como sede principal no es sólo un error organizativo, es una contradicción moral por parte de un organismo que dice priorizar la paz y la igualdad, pero que borra con el codo lo que escribe con la mano.
El primer gran argumento para oponerse a esta sede es la evidente hipocresía en el reglamento. Si nos atenemos estrictamente a las reglas de la FIFA, esas mismas que se usaron para excluir de manera tajante a Rusia de las competencias internacionales tras el conflicto en Ucrania, Estados Unidos debería enfrentar la misma sanción.
El país norteamericano sostiene actualmente un conflicto armado directo e indirecto con Irán.
Sin embargo, para la FIFA, los bombardeos y las políticas bélicas parecen cambiar de gravedad según el país que los ejecute.
A esta contradicción política se suma un ambiente de hostilidad migratoria alarmante, que atenta contra el espíritu de una cita mundialista.
Durante los meses previos y los primeros días del torneo, los reportes de discriminación han sido evidentes: delegaciones enteras de países como Uzbekistán y Senegal fueron sometidas a chequeos aeroportuarios humillantes y exagerados, un trato de sospecha que no se les ha visto practicar con una selección europea.
Las alarmas definitivas saltaron cuando un futbolista de la selección de Irak fue retenido e interrogado en un aeropuerto durante siete horas consecutivas, o cuando el gobierno estadounidense decidió negarle directamente la visa al mejor árbitro del continente africano, impidiéndole ejercer su profesión.
¿Cómo se puede organizar un torneo que celebra la diversidad en un territorio que asume a ciertas nacionalidades como una amenaza?
Si dejamos de lado la política y nos enfocamos estrictamente en lo deportivo, el panorama es igual de desalentador. Llevar el Mundial a un país sin una verdadera cultura futbolística representa un peligro para el juego.
Ya sufrimos los antecedentes directos: una Copa América 2024 con campos de juego lamentables, con césped estropeado colocado a contrarreloj sobre canchas de fútbol americano, y un Mundial de Clubes 2025 que mostró postales tristísimas de estadios casi vacíos por el desinterés del público local.
Lo más preocupante es el intento constante de transformar el fútbol en un show adaptado al gusto estadounidense. La introducción forzada de los cooling breaks comerciales y la insistencia de incluir un espectáculo de medio tiempo de larga duración en la final, amenazan con quebrar el ritmo, la mística y la esencia misma de los 90 minutos tradicionales. Para ellos, el fútbol no es pasión; es entretenimiento.
Es en este punto donde la contradicción se vuelve dolorosa. El fútbol siempre fue el deporte del pueblo, una disciplina hermosa precisamente porque no entendía de fronteras, de privilegios ni de clases.
El Mundial significó siempre una muestra de culturas distintas, un mes donde el planeta se detenía para hablar un mismo idioma, y donde las diferencias se diluían en una tribuna.
El Mundial, en su definición más pura, significa unión. Llevar la Copa del Mundo al país que hoy representa una de las naciones menos integradoras y más selectivas del planeta, es un golpe directo al corazón del juego.
Ver cómo las trabas políticas, el elitismo y la hostilidad aleja a los hinchas y a los protagonistas de los países, provoca una profunda frustración para quienes entendemos este deporte como un lazo entre pueblos, y no como un negocio de entretenimiento.
Tristemente, este torneo nos invita mucho más a la reflexión que al festejo.
(*)Una nota de Agustín Moreno publicada en “Arcilla”.