MIÉRCOLES 21 de Enero
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  MIÉRCOLES 21/01/2026
Las verdaderas razones por las cuales abandonamos nuestras metas
Si te cuesta sostener tus metas, no es falta de voluntad, es un error de diseño interno.
(*) Por: Anahí Timo

Cada comienzo de año, millones de personas se proponen cambiar su vida: hacer ejercicio, comer mejor, ahorrar, bajar el estrés. Sin embargo, los datos son contundentes: sólo entre un 8 y un 10% de las personas logra sostener una meta a largo plazo, mientras que el resto abandona en algún punto del camino.

Lejos de ser un problema individual, estamos frente a un patrón humano ampliamente documentado.

Cerca del 45% abandona sus objetivos antes de febrero, un 23% dura apenas una semana, y 43% no llega siquiera al primer mes. Incluso cuando hablamos de hábitos nuevos, la cifra es similar: sólo alrededor del 8% logra mantenerlos durante 90 días.

Esto plantea una pregunta inevitable: ¿por qué fallamos tanto si el deseo de cambio es genuino?

Esto se agrava cuando las metas están mal definidas. Se estima que hasta el 67% de los fracasos se debe a objetivos vagos, como “quiero estar más saludable”, en lugar de acciones concretas y medibles.

En el plano práctico, aparece una excusa recurrente: el tiempo.

El 64% de las personas afirma que abandona sus metas por “falta de tiempo”, cuando en realidad suele tratarse de falta de estructura, prioridades poco claras o hábitos mal diseñados. Sin un plan, sin seguimiento y sin apoyo social, las metas quedan en la intención.

Aunque pueda sorprendernos, el abandono temprano es la norma, no la excepción.

La mayoría no ve mejoras inmediatas, no recibe feedback positivo y termina interpretando que el esfuerzo no vale la pena. Pero esto no habla de debilidad personal, sino de neuroeconomía básica: el cerebro deja de invertir energía en lo que no percibe como rentable.

La idea central es contundente y liberadora: la motivación no se pierde por falta de carácter, sino por un diseño psicológico incorrecto de la meta.

Cuando entendemos cómo funciona el cerebro, dejamos de castigarnos y empezamos a construir sistemas más realistas, sostenibles y humanos. Ahí es donde el cambio deja de ser una lucha y se convierte, finalmente, en algo posible.

Las verdaderas razones internas por las que abandonamos nuestras metas:

Durante años se nos enseñó que abandonar una meta es sinónimo de debilidad, falta de disciplina o poca voluntad. Sin embargo, desde la ciencia del comportamiento, la neurociencia y la psicología moderna, hoy sabemos que esa explicación es incompleta -y muchas veces injusta-.

La mayoría de las personas no pierde la motivación porque “no quiere”, sino porque sus metas están mal diseñadas a nivel interno.

Uno de los principales factores es la falta de identidad asociada al objetivo. Cuando una meta no está conectada con quien la persona siente que es, el cerebro la percibe como algo externo, impuesto o temporal. En esos casos, la persistencia es baja, porque no hay coherencia entre la acción y la identidad personal. No se trata sólo de “hacer ejercicio”, sino de verse a uno mismo como alguien que se cuida.

Otro aspecto clave es la dependencia emocional de la motivación. Muchas personas esperan “tener ganas” para actuar, sin comprender que la motivación es un estado fluctuante. Cuando el avance depende del ánimo, la conducta se vuelve inconsistente. La ciencia es clara: la acción sostenida no nace de la emoción, sino de sistemas simples, repetibles y automáticos.

Procastinación

La ausencia de recompensas inmediatas también juega un rol central. El cerebro aprende y se sostiene a través del circuito placer-recompensa. Si una meta sólo promete beneficios lejanos y no ofrece pequeñas señales de progreso en el presente, aparece la procrastinación. Sin dopamina, no hay repetición.

A esto se suma la autoexigencia excesiva. Metas planteadas desde el “todo o nada” activan el sistema de amenaza: miedo a fallar, culpa y frustración. Paradójicamente, cuanto más autoexigencia y rigidez, mayor es la probabilidad de abandono. El cerebro necesita seguridad para sostener el esfuerzo, no presión constante.

Las expectativas irreales y la falta de progreso visible terminan de erosionar la motivación. Cuando no se perciben avances concretos, el cerebro interpreta que el esfuerzo no vale la pena y desconecta la conducta. No es pereza: es neuroeconomía.

Por último, no podemos ignorar los conflictos internos y el agotamiento mental. Metas que no están alineadas con valores profundos, o que compiten con otras demandas emocionales, generan autosabotaje. Sin propósito claro y con una mente saturada, el interés se apaga. Por eso, el stress crónico interfiere tanto con el cambio de hábitos.

En síntesis: la motivación no se pierde por debilidad personal, sino por un diseño psicológico incorrecto de la meta.

Cuando entendemos cómo funciona el cerebro, dejamos de culparnos y empezamos a crear sistemas más humanos, sostenibles y reales.

Ahí es donde el cambio deja de ser una lucha y se convierte en un proceso posible.


(*) Roxana Anahí Timo

Médica MN88956 - MP1543

Coach Ontológico

@dra.anahitimo

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