DOMINGO 25 de Enero
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  DOMINGO 25/01/2026
La última noche de José Luis Cabezas
Las señales y presentimientos que experimentó el fotógrafo de la revista Noticias junto a su compañero el periodista Gabriel Michi, antes de que la banda de “Los Horneros” lo ejecutaran de dos disparos en una cava de Madariaga, mientras cubrían la temporada de verano en Pinamar.

Aquel verano trágico de la temporada 96/97 en Pinamar, se inició con señales para José Luis Cabezas que él comenzó a advertir apenas llegó al balneario.

En primer lugar, le comentó al periodista Gabriel Michi, su compañero, cuando se encontraron para iniciar la tarea periodística, que se había enterado de que gente de Alfredo Yabrán estuvo tratando de saber dónde vivía en Buenos Aires. No se lo dijo como una cosa más, sino con cierta preocupación. Además, quien se lo había comentado no era cualquiera, sino nada menos que el jefe de prensa de la municipalidad local, Alejandro Esganian, cuyo intendente era por entonces Blas Altieri, amigo personal del todopoderoso empresario telepostal.

A ese presentimiento le siguieron otros del mismo tipo, que lo hicieron reflexionar y despertar cierta preocupación o alerta. Por ejemplo, cuando se encontró con el comisario de la ciudad, Alberto Gómez, y éste le expresó al verlo “qué linda está tu gorda”, en referencia a Candela, la hija de apenas cinco meses que había tenido con María Cristina Robledo, su pareja. A José Luis le despertó cierta intranquilidad, porque estaba seguro de que el policía no la conocía. Lo consideró más como un mensaje extraño, de mal augurio, que otra cosa. Para colmo, días antes, Juan Altieri, hermano del intendente, le había hecho un comentario muy similar respecto a la niña, que a su sentir de padre le generó más desconfianza aún.

No fue todo, ya que transcurridos los días de trabajo, ambos, fotógrafo y periodista, atravesaron otras situaciones complicadas. Una que parecía ser común pero no lo fue, ocurrió en el estacionamiento de una playa cuando antes de subirse al Ford Fiesta que la revista Noticias había alquilado para que ambos realizaran la cobertura, advirtieron que una de las cubiertas del auto estaba pinchada. Cuando fueron a repararla a la gomería, el empleado les advirtió que esa “pinchadura” no era normal, sino que había sido intencional y provocada con un objeto cortante.

A eso se le sumó otra alarma en el momento en que recibieron el dato de que Yabrán estaba comiendo en un restaurante. Hacia ahí fueron con el objetivo de plantearle una entrevista, ya que el verano anterior Cabezas lo había retratado caminando junto a María Cristina Pérez, su mujer, por la playa. Y ahora iban por más, intentando lograr la charla con él. Pero los custodios del empresario salieron al encuentro de ambos, no de muy buena manera, les pidieron que se alejaran, y en varias oportunidades además de seguirlos, monitorearon sus movimientos.

Todas estas contingencias las fue detallando Gabriel Michi en el libro Cabezas, un periodista, un crimen, un país, que escribió para Editorial Planeta.

Más allá de preocupaciones y advertencias, la dupla continuó con su tarea periodística. Hasta que llegó la fatídica madrugada del 25 de enero de 1997, en la que el poderoso empresario de correos, Oscar Andreani, celebró su cumpleaños número 54 y recibió a sus invitados de la mano de María Rosa, su esposa, en su residencia del norte de Pinamar: “Gracias por compartir conmigo esta noche y el privilegio de poder vivir”, expresaba en medio de un clima de alegría desbordante.

Entre los asistentes al festejo, por supuesto estaba José Luis Cabezas, a quien Andreani abrazó especialmente apenas llegó, porque lo consideraba su amigo. La relación entre ambos trascendía lo meramente periodístico. Tan era así, que José Luis le llevó de regalo una remera azul y blanca a rayas, acorde a la temática de la celebración llamada “La fiesta del Capitán”, como lo mencionaba la anfitriona que daba la bienvenida a cada uno de los presentes.

Vale aclarar ese gesto del obsequio de José Luis que demostraba la amistad que existía, porque el resto de periodistas y fotógrafos de distintos medios que trabajaron allí concurrieron simplemente para la cobertura del evento. Cabezas, además de hacer su trabajo profesional, lo sentía de manera fraternal.

Los Horneros

Dentro de la casa todo era alegría, pero fuera de ella, entre las calles Priamo y Burriquetas, ya merodeaban los asesinos del fotógrafo, la banda de “Los Horneros”, llamados así porque provenían de la zona de Los Hornos, perteneciente al partido de La Plata: José Luis Auge, Héctor Miguel Retana, Sergio Gustavo González y Horacio Braga.

Los vecinos advirtieron movimientos extraños de gente poco habitual en la zona, y tras comunicarse entre ellos, decidieron llamar a la comisaría que estaba a cargo de Alberto “La liebre” Gómez, pero la policía nunca llegó, porque luego en la investigación y el juicio posterior se demostró que la zona estaba liberada para que cometieran el hecho.

Como se armó una especie de escándalo con los vecinos en las inmediaciones de la casa, “Los Horneros” prefirieron abandonar el lugar donde se celebraba el cumpleaños, y esperaron a Cabezas pacientemente en la puerta de la casa de la calle Rivadavia, en el centro de Pinamar, donde residía junto a su mujer, María Cristina Robledo, con quien había tenido a Candela, de tan sólo cinco meses, y dos hijos de su anterior pareja, Agustina y Juan.

Dentro de la fiesta nadie se enteró ni trascendió información de lo que había sucedido afuera, si no quizá hubiese permitido tomar mayores recaudos no sólo a los presentes, sino a periodistas y fotógrafos que hubieran dado a conocer lo ocurrido con los sospechosos y la no concurrencia de la policía en los medios donde trabajaban, además de estar advertidos acerca de su propia seguridad personal.

El redactor de Noticias, Gabriel Michi, compañero de José Luis, se retiró de la fiesta a eso de las cuatro de la mañana porque en pocas horas llegaba un grupo de amigos, ya que el 26 era su cumpleaños. Como lo alcanzó el fotógrafo Carlos Alfano de la revista Para Ti, Michi le dejó el Ford Fiesta que usaban durante la cobertura a Cabezas, para que volviera a su domicilio, lo que ocurrió más allá de las cinco de la mañana.

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Mientras tanto, la banda de “Los Horneros” y el oficial de policía Gustavo Prellezo que los reclutó, quien hasta hace unos meses había sido subjefe de la comisaría de Pinamar, aguardaban pacientes la llegada del fotógrafo dentro del Fiat Uno de su propiedad. Cuando Cabezas bajó de su coche, González lo tomó del cuello por la espalda, y Braga lo apuntó con un arma hasta cargarlo en su propio auto. Por su parte, Prellezo, Retana y Auge viajaban en el Fiat marcando la ruta, dieciséis kilómetros de horror hasta llegar a La Cava de General Madariaga donde el mencionado Prellezo lo asesinó de dos disparos en la nuca con las manos esposadas -dejando un claro mensaje mafioso-, y luego quemaron su cuerpo dentro del auto, tal como se demostró en el juicio en el que fueron condenados.

Las situaciones sorprendentes se siguieron repitiendo ese día trágico. Como cuando Eduardo Duhalde, a una hora del hallazgo del auto incendiado en La Cava, pasó con su camioneta por la zona para ir a pescar a la Laguna Salada Grande. Al advertir presencia policial, preguntó qué estaba sucediendo, y recibió como respuesta que se encontraban allí porque se había recibido una alerta por un auto quemado, cuando todavía no se había determinado que adentro había un cuerpo calcinado.

Pese a la responsabilidad que ejercía como mandatario, no averiguó mucho más y siguió viaje sin interrumpir su jornada deportiva. A su regreso de la pesca, cerca de las 18 horas, volvió a pasar por el lugar, y curiosamente, recién ahí fue informado del asesinato de José Luis Cabezas, pese a tratarse nada menos que del entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires.

“Un verano tranquilo”

En el juicio oral salió a la luz que Alfredo Yabrán -a quien Cabezas había fotografiado en exclusiva la temporada anterior caminando por la playa junto a su esposa, María Cristina Pérez- había ordenado a su jefe de seguridad, Gregorio Ríos, que quería pasar un verano tranquilo, “no como el pasado”.

Le dijo que eso lo arreglara con Prellezo, con quien él mismo se había reunido con anterioridad. Estas y otras precisiones se lograron gracias a la utilización del debutante Sistema Excalibur de entrecruzamiento de llamadas, que permitió demostrar un gran número de comunicaciones entre todos los involucrados.

Finalmente todos fueron condenados, excepto Alfredo Yabrán, que se suicidó el 20 de mayo de 1998 con un tiro de escopeta en la boca, en su estancia de San Ignacio, muy cerca del poblado de San Antonio en su Entre Ríos natal, luego de huir al ordenarse su captura.

La sentencia a reclusión perpetua por ser policías, hecho que agrava la pena, recayó en Gustavo Prellezo -recibido en la cárcel de abogado- como ejecutor de los disparos, Sergio Camaratta (fallecido), Aníbal Luna y el comisario de Pinamar Alberto “La Liebre” Gómez, por liberar la zona para facilitar que se concretara el homicidio.

Además, recibieron prisión perpetua el jefe de custodia de Alfredo Yabrán, Gregorio Ríos, y los cuatro integrantes de la banda de “Los Horneros”, José Luis Auge, Héctor Miguel Retana (fallecido en prisión), Sergio Gustavo González y Horacio Braga.

En la causa resultó fundamental la declaración de la ex policía Silvia Belawsky, ex esposa de Prellezo, quien aseguró que él trabajaba para Alfredo Yabrán desde 1995, y que asesinó a Cabezas porque el empresario postal se molestaba por las fotos y persecuciones que el reportero realizaba en el verano. De todos los sentenciados, quienes no murieron, ya hace años gozan de libertad.

Más allá de los presagios que enfrentaron a lo largo de ese verano tanto José Luis Cabezas como Gabriel Michi, el periodista con su compañero recientemente asesinado volvió a sufrir el terror, y se sintió otra vez en peligro cuando lo convocaron para que certificara en la Cava de General Madariaga donde lo ultimaron, si se trataba del cadáver de Cabezas.

Michi, además de llegar presuroso al lugar y ver el cuerpo quemado e irreconocible, descubrió que el auto -pese a estar incendiado- tenía una abolladura en el guardabarro delantero derecho igual que el de ellos, comparó un manojo de llaves que se encontró y eran las mismas que él tenía de la oficina donde trabajaban, un reloj de la víctima, y también observó rollos de fotos quemados en el coche, más allá de que en ese momento no fue hallada la cámara, que apareció en el mes de mayo en un canal de la Ruta 11.

Todos esos indicios le demostraron, en medio del caos y la confusión que atravesó, que la víctima era José Luis Cabezas. Y siempre dejó en claro que, en medio de ese horror que volvió a vivir, policías nada profesionales pisoteaban la escena del crimen casi a propósito, fumaban y tiraban las colillas a metros del cadáver, señal evidente que ponía de manifiesto el desprecio por la vida, y un claro mensaje mafioso de poder e impunidad.

(Ángel Chollet – Infobae)

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