Si uno toma distancia y observa el mapa político de América del Sur, el patrón salta a la vista: la región atraviesa una marea conservadora sincronizada como no se veía en décadas.
Desde el experimento anarcocapitalista en la Argentina hasta el avance de las fuerzas de derecha en los países andinos y la gravitación dominante del conservadurismo en el gigante brasileño, el Cono Sur se encamina a quedar alineado bajo una misma matriz ideológica.
Este fenómeno no es una anomalía pasajera ni una casualidad simultánea: responde a un cambio tectónico en la subjetividad social y a una geopolítica global que empuja a la región hacia la subordinación irrestricta al Norte.
La pregunta obligada para la ciencia política es por qué llegamos a este punto. La respuesta no reside en un repentino enamoramiento de las mayorías por el ajuste fiscal, sino en el agotamiento estructural del ciclo político precedente.
Durante años, los proyectos populares y progresistas de la región gestionaron la administración cotidiana sin transformar la matriz productiva de fondo, atrapados en burocracias de palacio y desgastados por la inflación, la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro de la seguridad pública.
Al no ofrecer un horizonte tangible de movilidad social ascendente, la promesa del Estado benefactor se fue vaciando, dejando a millones de ciudadanos en la intemperie económica.
A esa crisis de representación se suma una mutación sociológica silenciosa: la transformación radical del mundo del trabajo. La antigua clase trabajadora organizada en grandes fábricas y sindicatos fue progresivamente reemplazada por un ejército de cuentapropistas, monotributistas, repartidores de aplicaciones y precarizados.
Para este nuevo sujeto social, el Estado ya no aparece como un escudo protector, sino como una carga impositiva que no le garantiza ni salud ni jubilación digna. En ese caldo de cultivo prendió con fuerza el evangelio del mérito individual y el resentimiento contra la política tradicional.
Ese vacío material fue colonizado de forma magistral por dos dispositivos complementarios. Por abajo, las iglesias neopentecostales en las periferias urbanas, que brindaron la red de contención comunitaria y la certidumbre moral que las instituciones públicas abandonaron.
Por arriba, la guerra cognitiva desplegada por las plataformas digitales y los Silicon Boys, que polarizaron el debate público hasta volverlo irrespirable.
Sobre este terreno fértil se asienta hoy la doctrina del «Escudo de las Américas»: una arquitectura impulsada desde Washington para articular a las nuevas derechas regionales, garantizar el saqueo de recursos estratégicos (litio, cobre, energía y alimentos) y neutralizar la influencia de China.
Las consecuencias de un continente pintado de derechas son alarmantes para el desarrollo regional. El Mercosur y la aspiración de una soberanía compartida quedan reducidos a una cáscara vacía.
Cada país compite en soledad ofreciendo sus recursos naturales al mejor postor mediante regímenes de privilegio tributario, renunciando a la industrialización local y a la transferencia tecnológica.
Es la consagración de una Sudamérica balcanizada, donde los Estados se desmantelan puertas adentro y se subordinan puertas afuera.
En última instancia, el problema de fondo no es que el mapa se tiña de azul o que los halcones de Washington muevan sus piezas en nuestro patio trasero. El verdadero problema es nuestra propia ceguera.
Si la política se reduce a esperar pasivamente que el modelo fracase por su propio peso mientras nos desahogamos en la soledad de las redes, no habrá alternativa posible. ¿Vamos a seguir fingiendo sorpresa ante cada avanzada conservadora, o vamos a tener el coraje de construir un proyecto de desarrollo que vuelva a poner la dignidad de los que trabajan en el centro del tablero?
(*) Politólogo y tesista por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), consultor y analista político. Militante por los DD. HH. en H.I.J.O.S. La Pampa y Fedefam.