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  SÁBADO 17/10/2026
La fábrica del odio: el truco político de la Ventana de Overton
Por Carlos De Laturi (*)
De agraviar a un niño con autismo a demonizar la universidad pública: radiografía de la maquinaria que corre los límites de lo aceptable.

¿Cómo una sociedad que se estremecía ante la injusticia hoy asiste anestesiada —o festeja en redes— un sadismo social que creíamos enterrado? No es locura espontánea ni casualidad electoral. En ciencia política esto tiene nombre y manual: la Ventana de Overton. Formulada por Joseph P. Overton, esta teoría explica que en toda comunidad existe un marco invisible de ideas consideradas «aceptables». Lo que cae afuera es rechazado como monstruosidad moral. Pero esa ventana nunca está fija: el poder la desplaza deliberadamente para normalizar lo que ayer era tabú.

El mecanismo funciona en cinco pasos: primero se lanza una atrocidad desde los márgenes; segundo, un ejército de trolls la repite hasta volverla aceptable; tercero, se la disfraza de urgencia contable o déficit cero; cuarto, se fabrica un enemigo público para que el castigo sea popular; y quinto, con la anestesia moral consumada, la barbarie se convierte en política de Estado.

Para ver esta cirugía en vivo, basta mirar el desguace en Argentina contra los más vulnerables. Hasta hace poco era impensable que desde el Ejecutivo se atacara en redes a un niño con autismo de doce años, o se bajaran miles de pensiones tratando a la discapacidad como un "fraude". Primero instalaron la sospecha, después naturalizaron el agravio y al final ejecutaron el abandono. La misma crueldad se aplicó contra jubilados y estatales. Ningún pueblo aceptaría de golpe que a un abuelo le quiten los remedios y lo reciban con gases. Para meter eso en la Ventana de Overton, deshumanizaron la vejez etiquetándola como «carga fiscal». Exactamente igual operaron sobre el empleo público: antes de vaciar hospitales dejando a miles en la calle, repitieron que todo trabajador es una «rata», logrando que un precarizado festeje el despido de su propio vecino.

El dispositivo activó su fase más reciente: el ataque sistemático a las universidades públicas y el disciplinamiento de los estudiantes, un frente sobre el que no habían avanzado con tanta saña. El truco es idéntico. Para desfinanciar o arancelar, el poder necesita primero destruir el prestigio de la educación superior e instalar el mito de las "auditorías" como pantalla de transparencia. No buscan revisar cuentas; buscan fabricar el culpable. Al instalar la mentira de que las aulas son nidos de "privilegiados" o "adoctrinamiento", logran que la sociedad valide el despojo de su futuro. El objetivo es la desconexión empática: que el hijo de un laburante pampeano crea que estudiar es un lujo ilegítimo y que el cierre de un aula es un triunfo fiscal que debe celebrarse.

Al correr la ventana hacia el despojo, necesitan apagar las luces para que nadie denuncie la maniobra; por eso los siguientes blancos fueron los artistas y la prensa. Primero instalaron que un creador que defiende la cultura es un «privilegiado que vive del Estado», buscando silenciar el arte que despierta conciencias. Enseguida desplazaron la ventana contra el periodismo: desde la consigna oficial de que «no odiamos suficiente a los periodistas» como hicieron con Pablo Grillo, el objetivo es amedrentar al testigo para dejar al ciudadano a solas con la propaganda del poder.

¡Qué bien la hicieron para corrernos la brújula moral! La Ventana de Overton no solo sirve para meter adentro del debate lo inhumano; sirve, sobre todo, para empujar hacia afuera lo que nos defendía como nación. Mientras naturalizaban el ataque al estudiante, al jubilado, al discapacitado, al estatal, al artista y al periodista, fueron sacando de la ventana la solidaridad, la justicia social, la soberanía y la palabra revolución. Nos corrieron tanto el marco que hoy parece normal la ley de la selva y parece un delirio exigir que nadie sea descartado.

Sin embargo, la Ventana de Overton pierde su poder el día en que el pueblo descubre el truco de la manipulación. Cuando comprendemos que el odio hacia el vulnerable fue fabricado para tapar el saqueo, el hechizo se rompe. La salida es plantarnos y volver a correr la ventana hacia la dignidad humana: establecer que con un pibe, un discapacitado, una universidad o un abuelo no se juega jamás, y demostrar que, en democracia, recuperar la empatía y unir al pueblo es la verdadera revolución.

(*) Militante de Derechos Humanos en H.I.J.O.S. La Pampa y FEDEFAM. Politólogo en tesis por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), diplomado en Historia Argentina por la UCES, consultor y analista político.

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