VIERNES 30 de Octubre
VIERNES 30 de Octubre // GENERAL PICO, LA PAMPA
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  VIERNES 30/10/2026
La charla que me quitaron con “El Pampa” en la plaza España a 43 años de recuperar la democracia
Por Carlos De Laturi (*)
De la calle 14 en el Barrio Este y la Comisión de Fomento de “La Taña” al país de hoy: un relato íntimo de padre a hijo con Salvador Abelardo De Laturi -si hoy tuviera sus 83 años- sobre cómo cambió la humanidad, la herida abierta de la impunidad y lo que nos diría a los argentinos.

Hace mucho tiempo que llevo estas letras guardadas en la cabeza y no sabía cómo bajarlas al papel. Hoy, que se cumplen 43 años de aquel 30 de octubre de 1983 en que los argentinos recuperamos la democracia, siento que llegó la hora de soltarlas, aunque me emocione en cada renglón y sepa que detrás de cada palabra que escribo cae una lágrima.

Empecemos, me siento a mis 54 años en un banco de la plaza España ahí en la avenida y 27 frente a la capilla de lujan acá en Pico, bajo el sol tibio de la tarde, y cierro los ojos para regalarme por un rato la escena que la historia me negó: cómo sería este día si a mi papá, Salvador Abelardo «El Pampa» De Laturi, no me lo hubieran arrancado de nuestra casa allá en Ensenada de Barragán aquella noche del 13 de enero de 1976 junto a su compañero Juan Carlos Scafide.

Justo anoche, mientras paseaba por la calle 300 -donde vivo- con mi nieta y mi hijo Gonzalo, haciendo tiempo mientras la abuela Nana hacía los ñoquis del 29, cayó una estrella fugaz en el oeste y eso me dio sentido a hacer estas letras de mi vida. Habitualmente escribo las columnas los viernes, pero esta vez me sale estas palabras, porque hoy se cumplen 43 años de aquel 30 de octubre de 1983 en que recuperamos la democracia y la democracia merece contar esto, aunque lleve estas letras guardadas en la cabeza desde hace mucho tiempo, me emocione constantemente y sepa que detrás de cada palabra que escribo hay una lágrima.

Si los asesinos de la CNU lo hubieran dejado vivir, mi viejo hoy tendría 83 años. Entonces lo veo aparecer despacio por la esquina de la plaza, caminando como si viniera desde su casa de la calle 14 en el Barrio Este, con esas canas blancas que no le dejaron peinar, con sus manos grandes y curtidas de mecánico diésel de la Chevrolet y de obrero metalúrgico de Propulsora Siderúrgica, pero con los mismos ojos luminosos del color del día diria mi madre Maria del muchacho que corría en bicicleta por las calles de tierra de Pico.

Se sienta al lado mío en el banco de madera -un padre de 83 años y un hijo de 54- y primero nos quedamos callados, fundidos en ese abrazo largo y apretado que nos debíamos desde que yo era un nene. Cuando nos separamos, mi viejo me apoya su mano arrugada en la mejilla, me mira fijo para descubrir en mis rasgos el paso de las décadas y me pregunta por mi hermana -aquella beba que estaba en la panza de mi mamá la noche que lo secuestraron y a la que nunca llegó a conocer- y por mi vida. Le cuento cortito, para que su corazón de padre descanse en paz, que la vida pudo más que la muerte: que a mis 54 años formé hace tiempo una familia excelente y hermosa, que tengo hijos y que ya soy abuelo de unas nietas que son mi luz. Y enseguida me pregunta por sus rincones piquenses: por el Barrio Este y por el otro lado de las vías, allá en el barrio El Molino - “La Taña”, como le dijeron durante tanto tiempo-, donde él cruzaba de jovencito para juntarse con los ferroviarios y los obreros del viejo Molino Fénix, donde fue uno de los que crearon la primera Comisión de Fomento del barrio y donde transpiraba la camiseta amarilla y negra jugando a la pelota en el Club Sarmiento. El Sarmiento todavía existe allá en El Molino, viejo, aunque hoy ya no tenga fútbol -le digo sonriendo entre lágrimas-, y la Comisión de Fomento que ustedes levantaron sigue en pie.

El Pampa sonríe mirando hacia el lado de las vías y se le humedecen los ojos. No sabés qué lindo escucharte decirme “viejo” a mis 83 años, Carlitos -me dice con la voz ronca-. Perdoname por todas las tardes en que me buscaste y no estuve. Pero no te creas que me fui del todo: estuve al lado tuyo cada vez que te plantaste en una plaza con la pancarta de H.I.J.O.S. y cada vez que viajaste a sentarte en los tribunales federales de La Plata.

Es duro ver que pasaron 50 años de nuestro asesinato y que todavía hoy la Justicia siga dando vueltas para condenar a todos los culpables de la CNU o les regale la comodidad de una casa a los verdugos. Pero mirate, hijo: ellos quisieron sembrar terror para que ustedes crecieran de rodillas, y vos transformaste el dolor en memoria viva, en estudio y en dignidad.

Trago saliva porque el pecho me aprieta y le abro el corazón como solo se le habla a un padre: -Pasaron demasiados años, papá, y a veces cuesta entender en qué nos convertimos. Desde que te fuiste, la Tierra cambió, la humanidad cambió y la vida humana es otra. Tenemos avances y tecnologías que en tu época parecían de otro planeta y que hoy sirven para salvar vidas en la salud, pero al mismo tiempo algo se nos rompió adentro como sociedad: estamos más conectados que nunca por un aparato y más solos que nunca en la calle pero de a poquito va queriendo prender esa mecha.

Hoy cumplimos 43 años de democracia, viejo, y me parte el alma ver que nos gobiernen personajes con tanta crueldad y tanta bajeza intelectual. Gente sin corazón que festeja cuando despiden a un trabajador, que se burla de las familias que no llegan a fin de mes, que insulta a los médicos, a los científicos y a los maestros, y que les mete en la cabeza a los pibes que nadie necesita de nadie y que cada uno tiene que salvarse solo. ¿Qué nos dirías hoy a nosotros, viejo, si pudieras agarrar un micrófono acá en la plaza de Pico?

Mi papá apoya las dos manos sobre sus rodillas, mira a unos chicos que pasan corriendo por la vereda y me contesta despacio, con esa sabiduría sencilla que aprendió primero en los talleres de la Chevrolet y en las reuniones vecinales de La Taña, y después en sus viajes de juventud a Italia y Alemania  y en las asambleas de Propulsora Siderúrgica: -Mirá, hijo, si hoy pudiera hablarle a tu generación y a los más jóvenes, les diría que no se dejen engañar por el brillo de las pantallas ni por los gritos de los prepotentes. Cuando nosotros éramos muchachos y armábamos la Comisión de Fomento en El Molino, no teníamos un peso partido al medio, pero sabíamos una verdad que ninguna máquina puede cambiar: que si un vecino no tenía agua o un pibe no tenía zapatillas para ir a la escuela, ese dolor era problema de todo el barrio. A nosotros en el ‘76 no nos mataron porque éramos locos; nos mataron porque una clase trabajadora unida, que estudiaba, que leía y que paraba todas las fábricas cuando tocaban a un compañero, no les dejaba pasar el saqueo.

Por eso hoy -continúa el Pampa mirándome fijo a los ojos- los que defienden los mismos privilegios de siempre necesitan esa bajeza intelectual que a vos tanto te duele. Necesitan gobernantes que griten groserías, que odien los libros, que cierren universidades y que humillen al que piensa, porque el ignorante grita para que nadie haga cuentas. Quieren que el trabajador agotado llegue a su casa, mire el teléfono y crea que su pobreza es culpa suya. Pero no les tengan miedo, Carlitos, porque son de cartón: el que gobierna sembrando odio e individualismo puede ganar un rato, pero tarde o temprano se choca contra una pared que nunca pudo entender: la necesidad humana de abrazarse con el otro cuando aprieta el frío. O te falta la comida caliente.

El sol empieza a caer detrás de los árboles de la plaza de General Pico y sé que se acerca el momento de que mi viejo vuelva a su estrella. Se levanta despacio apoyándose en mi brazo -sus 83 años imaginados sosteniéndose en mis 54 años reales-, me da un beso en la frente y me deja su último encargo antes de caminar rumbo a la calle 14: “Cuidá mucho a tus hijos y a tus nietas, Carlitos, y no llores con tristeza cuando escribas sobre mí. Decile a los maestros en las escuelas, a los científicos, a tus compañeros militantes de Derechos Humanos y a cada vecino de La Pampa que estos 43 años de democracia nos costaron la vida a treinta mil, y que a la democracia no se la defiende quedándose encerrado en casa: se la defiende estudiando, organizando el barrio como hacíamos en La Taña y no dejando jamás a un hermano tirado en el camino”.

Abro los ojos frente al banco vacío, me seco la última lágrima y siento una paz inmensa: mi viejo, el Pampa, sigue acá con su camiseta amarilla y negra de Sarmiento, recordándonos que mientras tengamos memoria y corazón, el amor siempre le va a ganar al olvido.

(*) Hijo de Salvador Abelardo “El Pampa” De Laturi, detenido-desaparecido y asesinado en enero de 1976. Militante de Derechos Humanos en H.I.J.O.S. La Pampa y FEDEFAM. Politólogo en tesis por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), diplomado en Historia Argentina por la UCES, consultor y analista político.

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