Hay una pregunta que me viene dando vueltas en la cabeza y que no me deja dormir tranquilo. Una pregunta que no tiene que ver con los números de la inflación, ni con las disputas del Congreso, ni con la última chicana en las redes sociales. La pregunta es mucho más incómoda, más íntima y bastante más dolorosa: ¿qué carajo nos está pasando como sociedad?
Escribo estas líneas mientras de fondo suena Charly García y su Inconsciente colectivo. Hay una frase de esa canción que se me clava en el pecho y que parece escrita para la Argentina de estas horas: "La mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver más allá".
Y la pregunta me golpea de frente, incómoda y urgente: ¿en qué momento empezamos a considerar "normal" lo que es una absoluta y perversa anormalidad? Porque esto que estamos viviendo no es normal. No tiene nada de normal.
No es normal que una familia tenga que andar desesperada, presentando recursos de amparo para que no le corten las terapias básicas a un pibe con discapacidad. No es normal que los médicos de nuestros hospitales públicos, los mismos que ponen el cuerpo en las guardias sin dormir, tengan que hacer malabares sin gasas, sin insumos y con sueldos que dan vergüenza para salvarle la vida a un vecino. No es normal que, a nuestros científicos y docentes universitarios, las mejores cabezas que formó este país tras largas décadas de inversión colectiva, se los trate de ñoquis o se los empuje a apagar los laboratorios para irse a lavar copas afuera. Y ciertamente no tiene nada de normal que un jubilado cuente monedas con las manos temblorosas frente al mostrador de una farmacia para ver si le alcanza para la mitad del remedio del corazón, mientras nosotros seguimos caminando por la vereda como si nada pasara.
El golpe siempre va al mismo lugar: a los más vulnerados y a los que sostienen lo poco que nos queda de comunidad.
Lo que vimos esta semana con el asado en Olivos fue la radiografía obscena de esta época. Por un lado, el encierro del poder: una dirigencia atrincherada entre rejas, quincho, copas de vino y aplausos complacientes, festejando como una gesta heroica haberles negado quince mil miserables pesos a los abuelos. Viven en una burbuja blindada, intoxicados de redes sociales y algoritmos de odio, convencidos de que gobernar es humillar al que sufre y celebrar el sufrimiento del más débil. No ven la calle. No la huelen. No la sienten. No les importa nada de nada.
Pero lo más aterrador no es ese poder sordo y cruel. Lo verdaderamente angustiante es lo que pasa de este lado: la orfandad y la anestesia colectiva.
En la sociología política existe un concepto clásico para ponerle nombre a esto: la anomia social. Es esa fractura —que ya describía Émile Durkheim y que llega hasta nuestros días— para explicar el momento exacto en que se disuelven las normas de solidaridad comunitaria y la sociedad queda fragmentada bajo la ley del "sálvese quien pueda". Pero detrás del rigor de los libros, lo que se siente en la calle es algo mucho más crudo: el desamparo más absoluto.
Nos fueron corriendo el límite tan despacio que terminamos naturalizando el horror. Nos vendieron la fábula de la salvación individual: "mientras no me toque a mí, que el resto se arregle". Nos rompieron la empatía cotidiana, que es el único puente real que nos mantiene en pie como sociedad organizada. Porque cuando un país acepta en silencio que descarten a sus enfermos, a sus discapacitados, a sus médicos, a sus investigadores y a sus viejos, no está ordenando las cuentas: está pudriendo sus cimientos éticos.
Charly cantaba en esa misma canción: "Ayer soñé con los hambrientos, los locos, los que se fueron, los que están en prisión...". Soñaba con la redención y con la libertad de un pueblo que no se resignaba a la muerte.
Hoy parece que cambiamos el inconsciente colectivo por la anestesia colectiva. El poder siempre se encierra cuando le tiene miedo a la realidad; la historia ya nos enseñó mil veces cómo terminan los banquetes del palacio. La duda que debería quitarnos el sueño a todos es hasta cuándo nos va a durar el efecto de la anestesia. Porque el día que terminemos de apagar la indignación y aceptemos esta anormalidad como destino, no solo nos habremos quedado sin salud, sin ciencia y sin jubilaciones: nos habremos quedado sin alma y sin país.
(*) Politólogo en formación por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), consultor y analista político. Militante DD-HH de H.I.J.O.S. La Pampa