MIÉRCOLES 29 de Abril
MIÉRCOLES 29 de Abril // GENERAL PICO, LA PAMPA
Seguinos en
Compartir
Twittear
  MARTES 28/04/2026
Fue campeón de TC Pista, quedó ciego en un tiroteo: hoy emociona con su nueva pelea
Roberto Carlos Rivas, ‘Kaki’ para todo el automovilismo argentino, habló sobre el ataque que lo cambió, cómo logró reinventarse tras perder la vista y por qué ahora busca ganar “el campeonato de la vida”.

Mientras se dirigía al banco acompañado por personal de seguridad, quedó atrapado en medio de un tiroteo durante un hecho de inseguridad. Fueron segundos que cambiaron todo para siempre. Recibió múltiples perdigones en la cabeza y en los ojos, lo trasladaron de urgencia al Hospital Italiano y pasó 15 días internado en terapia intensiva, en coma. Cuando despertó, todavía pensaba en la próxima final que debía correr. Poco después entendió la verdadera dimensión de la tragedia: había perdido la vista.

Del otro lado del teléfono, sin embargo, no aparece un hombre vencido por aquella historia, sino todo lo contrario. La voz suena firme, cálida, llena de energía. “¿Qué hacés, papu?”, tira apenas atiende, como si la vida nunca le hubiera quitado nada. Así es Roberto Carlos Rivas, ‘Kaki’, un tipo jovial, cercano y querible, que ya había cumplido buena parte del sueño que perseguía desde chico: después de consagrarse campeón del TC Pista en 1998, había dado el salto al Turismo Carretera para medirse con los mejores pilotos del país.

El golpe fue devastador. Tenía por delante una carrera prometedora, proyectos deportivos y la ilusión intacta de pelear arriba. Pero con el tiempo convirtió el dolor en una nueva búsqueda. En diálogo telefónico con TyCSports.com, ‘Kaki’ reconstruyó aquel antes y después, contó cómo tardó 12 años en aceptar su nueva realidad, y explicó por qué hoy sigue compitiendo en la Selección Argentina de tenis para ciegos, soñando y yendo detrás de otra carrera: la de la vida.

Fuiste piloto en un deporte donde todo pasa por ver milésimas de segundo. ¿Sentís que hoy desarrollaste una forma distinta de “percibir” el mundo que antes no tenías?

-Sí, cuando uno pierde un sentido, desarrolla los otros. Antes, cuando veía, quizás no me fijaba en pequeñas cosas. Uno utiliza los ojos para ver lo que está viendo, pero hay muchas cosas que no ve. Por eso muchas veces digo que una persona que ve, a veces es más ciega que un ciego.

Dame algún ejemplo.

-Quizás voy caminando y voy escuchando un montón de sonidos. En la calle puedo escuchar a una cuadra a alguien cortando el pasto, o a veinte metros a alguien que pinchó una goma. Y uno podría decir: ‘¿Cómo puede ser que un ciego sepa que alguien pinchó una goma?’. Simplemente porque se cayó la herramienta que usaba para cambiarla. Ese ruido que impacta en el piso me hace dar cuenta de que es una llave cruz y que está cambiando una goma. Es difícil de explicar, pero es increíble. Antes no me daba cuenta de eso.

Si hoy pudieras subirte a un auto de carrera con total seguridad, aunque no compitas, ¿qué necesitarías escuchar o sentir para volver a confiar plenamente?

-Subirme a un auto de carrera, para mí, es algo fácil. Nada complicado. Esa pasión no se pierde, la llevo adentro de la sangre. Simplemente necesito un compañero al lado que me vaya guiando. Uso los ojos de mi compañero para que me diga: ‘Tenés 500 metros libres’, ‘curva a la derecha’, o que me marque un poco el camino. Si es un circuito que yo recuerdo, olvidate: eso queda en la memoria. Los circuitos me los acuerdo todos, en qué cambio se entra, cómo tomar la curva abierto y después cerrarla. A veces veo más complicado cruzar una avenida que andar en un auto a 250 km por hora.

En tu etapa como piloto, ¿qué creés que entendías mal sobre el éxito que hoy, con otra mirada, resignificaste completamente?

-Yo salí campeón de TC Pista en 1998. Cuando pasé al Turismo Carretera, hoy me pongo a pensar y no sé si puse todo lo que había que poner para pelear un campeonato. Mi mente estaba en que iba a ser un año de experiencia. Me daba un poquito de miedo correr contra los grandes: Traverso, los Di Palma y tantas figuras. Iba con miedo, respeto o no sé cómo llamarlo, pero ese año siguiente, deportivamente, no existió para mí. Hoy, después de lo que me pasó, digo que en la vida tenés que poner todo en el presente, en el minuto, en lo que estés haciendo. Hoy es la vida. Mañana no sabemos y ayer ya no existe.

¿Hay algo de la vida “a toda velocidad” que llevabas antes que hoy directamente no extrañás en absoluto?

-Extraño manejar. Nací con esa pasión de subirme a los autos de carrera, de estar con un fierro divino y manejarlo. Al estar ciego, no lo puedo hacer. Lo que valoro de esta nueva etapa es que soy dueño de mis tiempos. Antes iba tan fuerte, haciendo tantas cosas y con tanta actividad, que no disfrutaba lo simple, lo que nos regala la naturaleza: escuchar los pajaritos y tomar mate es algo hermoso. Antes, al ir tan rápido, no tenía tiempo para eso. Tenía tanto apuro por todo, que no me hacía diez minutos, media hora o una hora para relajarme. Antes era feliz con ganar una carrera, con salir campeón o con cosas más materiales. Hoy soy feliz con lo simple.

Muchos te ven como un ejemplo de fortaleza, pero… ¿en qué momentos sentís que seguís siendo vulnerable o te cuesta?

-El día puede arrancar diez puntos, con todas las ganas de hacer un montón de cosas. Pero en el transcurso del día, a medida que voy haciendo actividades, me voy desinflando por las dificultades que encuentro en la calle. Ir a una parada de colectivo puede ser difícil. Si no hay nadie, ¿cómo sé cuándo viene el bondi? ¿Cómo sé qué colectivo viene, si en esa parada pasan diez líneas? Si hay gente, diez puntos, porque la gente es hermosa y siempre me da una mano. Yo no quiero depender de nadie. Quiero ir al almacén y comprar. Pero se hace difícil. Entrás a un almacén, tenés que comprar yerba o cualquier cosa, y no sabés dónde está, para dónde ir, cómo agarrarla o cuál es el precio. No está todo marcado en braille. No podés.

Tu historia está muy ligada al azar y a lo imprevisible. ¿Cambió tu relación con el miedo después de lo que te pasó, o desapareció por completo?

-Es difícil decir que no tengo miedo a nada, pero sí aprendí a convivir con el miedo. Aprendí a convivir con la vergüenza. Si le tuviera miedo a todo lo que me pasó, prácticamente no saldría de mi casa. Obviamente tenés miedo, pero la vida es hoy y hay que vivirla. Al principio tardé bastante en agarrar el bastón. Tardé doce años, porque no asumía que era ciego. Pero el día que la acepté dije: ‘Listo, ahora tengo que jugar con las cartas que tengo: soy ciego y tengo que hacer como todos los ciegos que salen con bastón’.

¿Cómo fue el proceso de animarte a agarrar el bastón después de doce años?

-Me acostumbré a que me llevaran para todos lados. Me agarraba del brazo de alguien y dependía siempre de otra persona para ir a cualquier lado. Me cansé de depender. Que me dijeran: ‘A las nueve te paso a buscar’. Me bañaba, me cambiaba, me preparaba, y después eran las nueve y diez, las nueve y media, las diez, y capaz me avisaban que no iban.

Mi clic fue cuando nació mi hija. A los pocos meses, a mi vieja le detectaron cáncer de colon. Mi hija era bebé y mi vieja estaba internada a cuatro cuadras de donde yo vivía. Yo quería estar con mi vieja, pero dependía de alguien que me llevara. Ahí dije: ‘No quiero depender más de nadie. Si todos los ciegos se manejan solos con el bastón, yo tengo que ser uno más’. Y me dije: ‘Me chupa todo tres huevos, tengo que salir a la calle’. ¿Cuántas cosas dejamos de hacer por lo que digan los demás? A veces nos importa más lo que dicen los demás que lo nuestro. Ese es el valor que le di al bastón. Dije: ‘Tengo que poder salir a la calle’, y lo hice. Hoy para mí caminar con el bastón es una boludez. Es como mis ojos.

En el tenis para ciegos competiste en Mundiales representando a Argentina. ¿Sentís esa misma adrenalina competitiva que tenías en el automovilismo o es una emoción distinta?

-Es muy cómico, porque antes, en el automovilismo, en una clasificación podías echar culpas: que el auto no andaba bien, que el motor, que se iba de trompa, que el motorista, que el chasis o que un piloto te tapó la vuelta. En el tenis sos vos y nada más que vos. Si no le pegaste a la pelotita, el pelotudo sos vos. Acá no podés echar culpas.

Me encantó representar a la Argentina. Estoy enloquecido con eso. Lo que no me gustó es que en mi país no me apoyan en nada. Fui a cuatro o cinco países y nunca recibí apoyo. Del Estado no recibí nada. No es un deporte paralímpico todavía, entonces el Estado no aporta. Y eso cuesta, porque el Mundial dura una semana, pero para esa semana entrenaste todo un año a pleno.

Viviste dos vidas muy marcadas: una antes y otra después. ¿Hay algo de tu “yo” anterior que sentís que todavía no lograste reconstruir del todo?

-Yo pienso que se puede todo en la vida. No hay imposibles. Depende de las ganas. La palabra ganas es muy importante, porque cuando tuviste tantos palos en la vida, tantas trabas y tantas cosas difíciles, llega un momento en que uno se afloja y ya no pelea con las mismas ganas de antes. Para el deporte necesitás ganas de triunfar, de ganar. De tantos palos que me comí en la vida, a veces me encuentro medio flojito en eso. Capaz me dura poco y enseguida arranco de nuevo: ‘Vamos, vamos, vamos, que quiero salir campeón’. Mi meta es ser campeón del mundo.

A veces me puteo un poquito a mí mismo por cómo era cuando veía. Me hacía mala sangre por un montón de cosas que, después de quedar ciego, digo: ‘Sos campeón, pero campeón de los boludos. Te hacías problema por esto, por aquello y por lo otro, y esas cosas no eran problemas. Era todo solucionable’.

Decís que querés ser “campeón de la vida”. Si eso fuera una carrera, ¿cómo sabés hoy que estás ganando?

-Sé que voy ganando cuando soy feliz, cuando disfruto el momento con una sonrisa. Cuando hacés actividades durante todo el día, llega la noche y terminás cansadito, pero contento por todo lo que hiciste. Ese día sumás puntos para el torneo de la vida. El día que te acostás puteando, triste, con bronca o mal, ese día restás.

Ahora me animé a hacer streaming. No sabés lo que fue para mí. Muchas veces te agarra vergüenza: ‘¿Qué digo? ¿De qué hablo? ¿Para dónde miro la cámara?’, pero me animé y lo hice. Me encantó sentirme como uno más, dar consejos a la gente. En esta nueva etapa de mi vida, estoy para dar. Estoy para levantar a la gente, para que esté al cien por ciento y no al diez, al quince o al veinte de lo que puede dar.

(TyC Sports)

Comentarios
 
ACLARACIÓN: No se publicarán insultos, agravios, ni cualquier otro texto con términos injuriosos.
Tampoco se publicarán comentarios con mayúscula fija.
No observar estas condiciones obligará a la eliminación automática de los mensajes.
 
Escriba su comentario



Diseño y diagramación: A P