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  VIERNES 28/08/2026
Están rotos y nos enferman: la patocracia en el poder
Por Carlos De Laturi (*)
La palabra suena rara, pero explica perfectamente el calvario que vive el laburante que hoy se quedó sin trabajo o el comerciante que tuvo que bajar la persiana en el barrio.

Se llama patocracia y significa, literalmente, el gobierno de los enfermos.

La ciencia política usa este término para diagnosticar qué pasa cuando el poder total de una sociedad es capturado por una minoría de individuos con trastornos graves de la personalidad, como el narcisismo patológico o la psicopatía.

No es una discusión económica ni una disputa de modelos fiscales; es un sistema donde quienes gobiernan carecen por completo de empatía y usan las herramientas del Estado para descargar sus propios traumas y resentimientos.

El verdadero peligro de la patocracia no es solo lo que rompe en los bolsillos; el peligro real es que nos enferman a todos, contagiando su crueldad y haciéndonos perder la capacidad de conmovernos ante el dolor del vecino.

El escenario actual se vuelve todavía más oscuro cuando miramos el horizonte político provincial. La instalación de esta patocracia en el poder central está generando un efecto de atracción previsible pero indignante: el apuro de la vieja política por reconfigurarse.

Ya se empiezan a ver los primeros movimientos de rejuntes políticos oportunistas en la oposición, un rejunte de dirigentes sin bandera ni principios que están dispuestos a acompañar a estos patócratas con tal de retener un pedazo de poder o conseguir un cargo.

Son camaleones de la gestión que, lejos de defender a los ciudadanos que los votaron, actúan como cómplices necesarios. Al sumarse al circo de los insensibles, estos sectores no hacen más que legitimar y aceitar la maquinaria de desguace estatal, demostrando que su única meta es la supervivencia personal, aunque eso signifique cambiar y rematar su propia ideología por el "anti".

La patología de la insensibilidad

La patocracia no es una teoría de laboratorio, se evidencia todos los días en la narrativa oficial. Cuando Javier Miel afirma textualmente que se siente un "topo" infiltrado para destruir al Estado desde adentro, o cuando se autodefine como una máquina destructora al estilo "Terminator", está reconociendo en voz alta los síntomas de su alienación. No estamos ante metáforas simpáticas; estamos ante la confesión explícita de un desprecio total por los lazos sociales que sostienen a una comunidad.

Bajo una patocracia, la insensibilidad se convierte en doctrina de gestión. Al ser consultado por los efectos de la recesión en la pobreza, la respuesta presidencial de que "la gente va a decidir no morirse de hambre" constituye un hito de deshumanización teórica. 

En su lógica retorcida, el Estado que debe proteger al ciudadano es una "organización criminal", los que fugan divisas son "héroes" y es preferible la mafia porque "tiene códigos".

Ante semejante nivel de deshumanización, se entiende por qué sus funcionarios actúan en perfecta sintonía: Sandra Pettovello reteniendo toneladas de alimentos en galpones mientras los comedores populares se vacían, o Luis Caputo desentendiéndose con una sonrisa cínica de las pymes que quiebran.

No hay remordimiento; hay un goce patológico en el desmantelamiento de lo público porque el poder se emplea para cobrarle una factura histórica a la sociedad que el líder percibe que lo rechazó en su pasado.

El imperativo de la reconstrucción

¿Cómo arribamos a este umbral de degradación? Durante el siglo XX y parte del XXI, con todas sus crisis, la política tradicional funcionaba bajo la lógica de la representación. El malestar se politizaba colectivamente en clubes, sindicatos en la calle o partidos para organizar la demanda.

Sin embargo, la política clásica ingresó en la era de la vulgaridad y se quedó totalmente desconectada del llano.

Al alejarse de las necesidades materiales de la calle, dejó un vacío que la frustración social terminó llenando con un voto de ruptura absoluta.

La patocracia no es una generación espontánea, es el síntoma de una democracia que renunció a la misión de cuidar.

Ante la insensibilidad del discurso oficial que celebra el desamparo y el desmantelamiento de la estructura federal, los actores políticos tradicionales y los grupos económicos concentrados de la provincia tienen el deber de abandonar una postura pasiva.

Reducir la reacción a la mera condena moral o pretender usufructuar los dividendos del ajuste en el corto plazo representa una complicidad miope e irresponsable.

La contención y neutralización de esta patología psicopolítica demanda refundar un pacto social con visión de futuro.

El dilema es contundente: o las corporaciones locales junto con los cuadros de representación institucional retoman la responsabilidad de construir soluciones efectivas apoyadas en la solidaridad y el sostén mutuo, o asistiremos indefectiblemente a la destrucción de la convivencia democrática desde las cúpulas del poder.

(*) Carlos De Laturi
Politólogo en formación (UNTREF), militante de los Derechos Humanos e integrante de H.I.J.O.S. La Pampa.

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