En septiembre de 2025 en Barcelona, un equipo de 100 médicos trabajó 24 horas en una cirugía que significó el primer trasplante de rostro, posibilitado por una donante que había decidido practicarse la eutanasia. Lo novedoso no fue el transplante en sí, sino el origen del rostro.
Este hito científico ocurrió en el Hospital Universitario Vall d’Hebron de Barcelona, hecho con técnicas de microcirugía neurovascular. Y fue recién a principios de febrero, que el equipo médico presentó los resultados con la paciente en persona. Esto abrió una serie de debates bioéticos, tanto en la academia como en la prensa mundial.
Infección bacteriana
La mujer con nuevo rostro se llama Carme, y había sufrido una necrosis facial a partir de una infección bacteriana por la picadura de un insecto que la desfiguró, y le dificultaba comer y respirar. Ya recuperada de la operación, hizo declaraciones el 2 de febrero: “No podía comer porque mi boca no se abría, me faltaba medio trozo de nariz y no respiraba bien; físicamente era bastante desagradable y no podía hacer vida normal para nada; ahora mi vida empieza a mejorar un poco. Después de cuatro meses, puedo hablar, comer y beber de nuevo”.
Contó que “antes de la operación no podía ni salir a tomar un café porque no podía tragar; estoy en casa y a veces estoy mirándome en el espejo, haciendo las muecas como diciendo ‘ya me parezco más a mí, ya empiezo a parecerme más’”. Y tuvo palabras de profundo agradecimiento hacia la mujer que donó su rostro, y su familia, “de corazón”, por su “acto de generosidad”.
El caso de Carme pasó a la historia, por ser la primera oportunidad en que la donante era una paciente de eutanasia que aceptó ella misma ese rol solidario. Esto permitió un panorama novedoso: se pudo organizar todo con la donante aún viva, haciendo planificaciones preoperatorias en 3D, para comprobar si las medidas antropomórficas coincidían, algo fundamental, además de la coincidencia en género y grupo sanguíneo.
La decisión en vida de la donante redujo el tiempo de isquemia del tejido (la disminución o interrupción del flujo de sangre en un tejido u órgano que daña a las células).
Debate ético
Entre los debates bioéticos está la pregunta sobre si puede una persona que va a morir por eutanasia, tomar una decisión completamente libre y autónoma de donar su rostro. La ley española garantiza la voluntad de donar libremente, que en el caso de Carme fue informada y reiterada por parte de la donante, de manera independiente a la petición de eutanasia: es decir, no decidió morir para donar la cara, sino por otras razones.
El equipo médico y la ley en España defienden la autonomía de la donante, destacando su generosidad y la libertad de su decisión. Por otro lado, la reflexión ética se pregunta si esa decisión puede estar influenciada, aunque sea sutilmente, por la magnitud del deseo de la receptora. El hecho de que el Dr. Barret, que lideró la operación, conociera y se reuniera con la donante para explicarle el proceso -esto no ocurre en los trasplantes convencionales- añade una capa más de complejidad a este vínculo.
Impacto psicológico
Respecto de la receptora de la donación, el asunto es qué impacto psicológico tiene recibir el rostro de alguien que decidió activamente morir, y cómo se construye la nueva identidad con otro rostro, sabiendo el origen del trasplante.
Para Carme, el trasplante ha sido “un rayo de luz” que le ha devuelto funciones como comer y hablar, y la posibilidad de reintegrarse socialmente. Los trasplantes de cara no están exentos de riesgos de impacto emocional a largo plazo. Y la ley española impide el contacto entre donante y receptor, para evitar “transferencias psicológicas” complicadas.
Abrir una puerta
Uno de los debates surge a partir de que la posibilidad de planificar la cirugía con antelación -al conocerse la fecha de la eutanasia- podría abrir la puerta a un “mercado” de restos humanos de muertes anticipadas.
Algo similar se planteó cuando se debatió la legislación de la donación de órganos: brotó el prejuicio -a todas luces una falacia- de que era peligroso donar los órganos, por miedo a que a uno lo maten con ese fin.
La planificación preoperatoria con la donante aún viva, permitió una preparación quirúrgica “milimétrica”.
A la vez, plantea la preocupación deontológica sobre si esto podría sentar un precedente para el uso de restos de otras “muertes anticipadas”, como fetos abortados. Y se establece un paralelismo con debates como el de la gestación subrogada, donde el cuerpo de una persona (la donante) podría ser visto como un medio para un fin.
Uno de los temores sería que la donación de órganos pueda convertirse en una justificación para la eutanasia, o en un incentivo que nuble la autonomía del paciente, llevándole a solicitar la muerte no sólo por su sufrimiento, sino también para ayudar a otros, o en un escenario extremo, por presión social o familiar.
Pacientes que solicitan la eutanasia suelen estar en una situación de profunda vulnerabilidad (enfermedad terminal y sufrimiento). Se teme que, si existe cualquier tipo de beneficio asociado a la donación -aunque no sea dinero directo para la familia, sino el “beneficio moral” de ser un héroe- se pueda ejercer una presión psicológica sobre ellos.
Deontología médica
El Código de Deontología Médica es tajante: la donación debe ser altruista y anónima, y se debe impedir cualquier actividad que suponga el comercio de órganos. La posibilidad de que un paciente o su familia pudieran recibir una compensación (económica o de otro tipo) es vista como una línea roja que no se debe cruzar, ya que atenta contra el principio de gratuidad, y podría abrir la puerta a abusos.
Se teme que la donación pueda convertirse en un “dispositivo de compromiso”. Es decir, que al permitir la donación, se esté dando a los pacientes una razón adicional -ser recordado como un salvador de vidas- para terminar con su vida.
El caso de Carme ha abierto una caja de preguntas éticas sobre los límites de la donación, la pureza de la autonomía en circunstancias extremas, y cómo la sociedad debe gestionar la intersección entre el derecho a morir y el deseo de regenerar la vida de otro, especialmente cuando lo que se dona, es algo tan simbólico como la cara.
El papel de los médicos
Entre los cien profesionales de la salud que trabajaron en la intervención quirúrgica y todo el tratamiento posterior, había médicos de cirugía plástica, expertos en trasplantes y microcirugía vascular y nerviosa, de inmunología, psiquiatría y psicología clínica, anestesiología, enfermería, rehabilitación y cuidados intensivos.
Carme necesitaba un transplante tipo 1: la parte central del rostro. La doctora Elisabeth Navas, coordinadora médica de Donación y Trasplantes del Vall d’Hebron, habló de “un acto inmenso de generosidad y altruismo”, y contó la situación de la donante como “alguien que ha decidido dejar de vivir y dedica una de sus últimas voluntades a una desconocida, dándole una segunda oportunidad de esta magnitud”.
(Julián Varsavsky - Página12)