MARTES 14 de Julio
MARTES 14 de Julio // GENERAL PICO, LA PAMPA
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  MARTES 14/07/2026
El que no salta…
Por Agustín Moreno
Este miércoles se juega la semifinal de la Copa del Mundo: Argentina contra Inglaterra. Es un dato duro, una coordenada en el almanaque.

Desde el momento exacto en que clasificamos, la prensa nuestra, que siempre tiene un hambre voraz de épica, les fue a preguntar a los jugadores y también al técnico.

Lionel Scaloni, con esa firmeza tan suya de chacarero sensato, respondió sin parpadear que se trata "solo de un partido de fútbol". Cortito y al pie. Como para apagar el fuego.

Y yo, personalmente, desde el sábado a la noche, cuando volví a casa con las piernas cansadas de los festejos por los cuartos de final, me pregunto siempre lo mismo en el silencio de la cocina, mientras calienta la pava: ¿es solo un partido de fútbol?

Hay una parte de mí, la consciente, la moral, que quiere ser un tipo civilizado, que afirma muy segura que sí. Que Scaloni tiene razón. Que el fútbol no tiene nada que ver, que es un deporte nada más, veintidós tipos corriendo atrás de una pelota.

Que no tiene un carajo en común con una guerra que pasó hace 44 años. Una guerra trágica, absurda, fría, que le costó la vida a miles de chicos argentinos que tenían mi edad.

Esta parte de mi cabeza me dice que es una locura mezclar los tapones con las trincheras, que lo más sensato es mantener la paz en todas sus expresiones.

Inclusive, razona este yo civilizado, si en algún momento el fútbol tuvo algo de revancha, si existía esa posibilidad remota de vengarse, ya lo hizo Maradona en el 86. Asunto sellado. San Seacabó.

Pero hay otra parte. Una parte que no sabe de diplomacia. Una parte instintiva, pasional, que vive un par de centímetros abajo del pecho. Esa parte, mañana a la tarde, se va a encargar de disfrazar a esos once tipos vestidos con camiseta y short blanco, impolutos y millonarios, en aquellos militares del imperio que se llevaron a nuestros pibes.

En aquellos que se robaron las islas que nos pertenecen, que son nuestras aunque estén en el mapa con otro nombre.

Y por eso el fútbol se vuelve esta locura tan importante para nosotros. Porque le da la oportunidad, a un país tantas veces golpeado como el nuestro, de poder vengarse sin armas.

En 1986, aquel domingo al mediodía en el Azteca, el Diego hizo justicia. Le robó en su propia cara al ladrón con la viveza del potrero y por si les quedaba alguna duda, les dibujó el segundo gol para demostrarles la sutileza de su talento.

Pero parece que todavía hace falta algo más. Hace falta demostrarles, una vez más, que en estas tierras nuestras nació otro distinto. Otro talentoso. Este nuevo distinto está jugando su último Mundial. Está en la recta final de su carrera, defendiendo la corona, y ya demostró mil veces que dejaría la vida por la bandera, por estos colores.

Y más que compararlo con Diego, lo que dan ganas es de mostrarles a ellos, a los inventores del juego, que acá nacieron los dos mejores jugadores de la historia de su propio invento. Del deporte que ellos crearon, del que siempre se quisieron adueñar. Dos argentinos les sacaron ese privilegio. Se hicieron los dueños de su pelota.

Por eso mañana quiero que se repita la historia. Quiero que Argentina les demuestre quién manda cuando la pelota rueda, que el fútbol se pueda vengar tan pacífica como poéticamente por aquellas casas que mañana, cuando empiece el partido, van a tener una silla vacía.

Yo no fui contemporáneo a la guerra de Malvinas. No la viví, no la sufrí en carne propia. Pero heredé lo que significa. Y lo que deseo para mañana no es una muestra de haber heredado el odio, al contrario. Soy parte de una generación que lo que heredó, por suerte, es la memoria.

Y la memoria, cuando la pelota se suspende en el aire, no razona. Se vuelve lágrima, se vuelve grito, se vuelve barro. Al final, que me disculpe la cordura, que me perdone la moral y que me disculpe también Scaloni.

Mañana no es solo un partido. Mañana salimos a la cancha con los ojos de los que ya no están mirándonos desde el cielo de la patria. Mañana jugamos por la herencia, por los pibes, y por la poesía hermosa de ver a un pibe de Rosario gambetear al olvido.

Que ruede la pelota, que el corazón ya sabe perfectamente de qué lado jugar.

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