El tablero político parece congelado en un reality de dirigentes y juventudes jugando a ver quién junta más aprobación virtual.
Mientras las conducciones en sus despachos y los pibes en las plazas se obsesionan con "farmear aura" —esa transacción compulsiva de estatus y likes estéticos en la pantalla—, las piezas reales de la transformación popular no entraron a la cancha todavía.
Nos hamacan en un trance digital de chicanas de quince segundos mientras, por abajo, la estructura material del país se hunde en una timba financiera silenciosa y brutal.
¿Qué nos están diciendo los pibes que la política tradicional no sabe descifrar? ¿O los verdaderos desorientados somos nosotros, queriendo combatir corporaciones cuánticas con discursos del siglo pasado?
Digamos la verdad y plantemos el debate sin hipocresías: quieras o no, hoy todos queremos acumular esa aprobación digital. El fetiche no es exclusivo de los pibes de Tik-Tok.
Los dirigentes que hoy se canibalizan en las internas políticas por sellos vacíos de poder y también están farmeando aura para su propio ombligo.
Los intelectuales de café que viven en su burbuja y los opositores provinciales resentidos por fracasar en las urnas pampeanas buscan desesperados su cuota de pantalla y también quieren farmear aura.
Sin embargo, por debajo de esa atracción constante hacia la pantalla, opera la faceta más descarnada de la propuesta tecnofeudal y libertaria de Javier Milei.
Mientras la población se distrae en el circo virtual del odio y la xenofobia, las grandes billeteras digitales (las plataformas amigas del poder que el Banco Central se niega a regular) ejecutan una estafa masiva, cobrándoles a las familias trabajadoras tasas de interés mortales de usura que trepan al 400%, al 700% y hasta el 1300% anual.
El filósofo Byung-Chul Han lo explica clarito en No-cosas: cambiamos la era de los objetos reales por la información flotante. El celular se transformó en un altar donde los cuerpos se vuelven usuarios dóciles.
El "aura digital" es la mercancía suprema que tapa la angustia de un presente precarizado, pero como digo siempre, la nube no llena la heladera de los pampeanos.
En el prólogo de El Alquimista, Paulo Coelho reescribe el mito de Narciso con un truco escalofriante: el lago no lloraba por la belleza del joven, sino porque en el fondo de sus ojos podía ver reflejada su propia hermosura. Esa es la radiografía del sistema digital.
El sistema nos alimenta el ego en las redes sólo para empujarnos al abismo del endeudamiento crónico, transformando a los laburantes en siervos de una aplicación que les manotea el sueldo a los poco formales y la guita a los que están en el rebusque de manera automática con un interés que cuadruplicó la morosidad en un año.
Mientras la clase política permanece absorta en una dinámica puramente autorreferencial, atrapada en la fascinación narcisista de su propio reflejo digital, los nuevos señores feudales avanzan sin tregua sobre la realidad material del suelo argentino.
Se refugian en el confort de Barrio Parque —donde recientemente fueron interpelados por una curiosa intervención estética de Gandalfs oscuros del señor de los anillos, diríamos Argentina nunca lo entenderías —.
El plan es claro: asfixiar el federalismo y confiscar ilegalmente los recursos viales, permitiendo que las rutas nacionales que surcan nuestra Pampa se conviertan en escombros. Sin embargo, la dignidad de los pueblos no se disuelve en el algoritmo.
La resistencia popular ya evidenció su potencia transformadora cuando la movilización en las calles logró fracturar la voluntad oficialista y rescatar artículos fundamentales de la Ley de Tierras.
El espejismo libertario y su usura tecnocrática encuentran hoy un límite biológico infranqueable: la frialdad del libre mercado colisiona, tarde o temprano, con la urgencia del hambre popular.
La tragedia de nuestra época no reside en la omnipotencia del adversario, sino en haberle cedido el monopolio absoluto de nuestra atención.
Cuando el quehacer político se degrada a la mera recolección de validación en plataformas foráneas, se aniquila la potencia para forjar un horizonte compartido.
Quienes militamos por la memoria y la justicia comprendemos que la dignidad popular no entra en subasta. La auténtica sublevación de estos tiempos demanda desviar la vista de ese lago narcisista, para reencontrarnos en el rostro del otro, fortaleciendo la organización territorial y la trinchera federal de nuestras tierras, para arrancarle, finalmente, el control de nuestras vidas a los mercaderes del algoritmo.
(*) Politólogo en formación (UNTREF) y militante de derechos humanos en H.I.J.O.S. La Pampa.