En Europa, el Presidente soltó una frase que sintetiza el desierto intelectual de este siglo: proclamó que «Maquiavelo ha muerto», y se autodefinió como «el topo que vino a destruir el Estado desde adentro».
Si Nicolás se despertara de su tumba, se enterraría de nuevo solo: «¿Para qué me puse a escribir si un mamotreto iba a querer destruir mis teorías?». En El Príncipe, la política nació para fundar orden civil y rescatar a la comunidad de la barbarie.
Romper las instituciones desde el poder no es una hazaña; es la deserción más cobarde de una república, reduciendo el destino nacional al capricho de un reality show.
Detrás de la pose transgresora se esconde la farsa del Flautista de Hamelín.
El relato medieval advierte sobre ese personaje que, con melodía hipnótica, condujo a una marea de roedores al río sin mirar el camino. En la era digital, el Flautista se puso campera de cuero y cambió la flauta por una motosierra.
Mientras las universidades mendigan presupuesto y los palos a los jubilados son paisaje fijo de los miércoles, el Ejecutivo monta un pogo de utilería en el Movistar Arena para promocionar un documental: meten ruido para que nadie mire el suelo.
Para la ciencia política, esta fascinación de masas es doctrina pura. Walter Benjamin advirtió que cuando un régimen no puede garantizar derechos materiales, apela a la estatización de la política.
No da salario ni futuro; ofrece la ilusión tribal de una masa encandilada. La autoalienación llega a un punto tan perverso, que la sociedad vive su propia degradación como un goce estético: festejan el rugido del león en la pantalla mientras abajo licúan el plato de comida. La despolitización no es apatía espontánea; es una estafa deliberada para anestesiarnos.
Este dispositivo consagra lo que Bernard Manin llamó la democracia de audiencia. El ciudadano deliberativo es degradado a espectador pasivo, capturado por las redes y el rating.
Debe darnos una bronca profunda ver cómo nos arrebatan la condición de pueblo soberano, para convertirnos en hinchada dócil de un show privado. El mandatario ya no rinde cuentas: su legitimidad se valida en el fervor de un estadio. Vivimos en el domo de The Truman Show: nos llenan de cotillón digital para que nadie note que las paredes son de cartón, y que afuera el país real se desmorona.
Toda tiranía del espectáculo choca contra un límite infranqueable. En la película, Truman camina hasta el horizonte, toca el borde del escenario y comprende la estafa.
Ningún pueblo sobrevive festejando algoritmos mientras las tarifas son impagables. A la realidad no se le hace una versión remasterizada: las aulas siguen necesitando tiza, los hospitales insumos y los laburantes llegar a fin de mes.
Cuando se apagan los amplificadores y el set, el país real sigue ahí: desamparado y golpeado, pero despierto.
Escribir cada semana en estas líneas no es un ejercicio académico neutro ni catarsis de escritorio: es un acto de legítima defensa cívica frente a la bajeza de esta época. Nos tiene que hervir la sangre ante el intento de domesticarnos con un recital apócrifo y de poca monta, ese pseudo-evento montado para la cámara.
La despolitización es la victoria del verdugo: cuando vos dejás de hacer política, otros la hacen contra vos y contra tus hijos.
Un país no es una platea de fanáticos anestesiados; es la mano que le tendés al compañero caído, la mesa donde comen todos y el aula donde el hijo de un laburante sueña con recibirse.
Frente a tanta frialdad escenográfica, el acto más profundamente rebelde que nos queda es apagar la pantalla un rato, bajarnos del decorado, mirarnos a los ojos, recuperar la argentinidad, la hermandad y la palabra revolución.
(*) Militante de Derechos Humanos en H.I.J.O.S. La Pampa y FEDEFAM. Politólogo en tesis por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), diplomado en Historia Argentina por la UCES, consultor y analista político.