Hay una grieta imperceptible que se está ensanchando en las democracias occidentales y que explica la parálisis de nuestro presente. No es la clásica división partidaria, sino algo mucho más profundo, que la teoría política global empieza a diagnosticar con alarma: la desconexión absoluta entre la geografía del poder y la geografía del sufrimiento.
Quienes gobiernan parecen haber mudado sus despachos a una especie de inframundo flotante, un no-lugar hecho de pantallas, indicadores financieros y cumbres internacionales, totalmente blindado contra el barro y el asfalto de las ciudades que dicen representar.
El viaje de trece gobernadores argentinos a París es la postal perfecta de este fenómeno. Mientras en el suelo real las familias hacen malabares salvajes para estirar el sueldo y los inquilinos se asfixian frente a contratos impagables, la dirigencia política despliega una manta a la sombra de la Torre Eiffel para ofrecer el país en liquidación.
El problema no es sólo el despojo de los recursos; es la mirada. Se gestiona con la perspectiva del satélite o del fondo buitre: la tierra ya no se piensa como arraigo, trabajo o memoria comunitaria, sino como un mapa de coordenadas extractivas.
Para esa burocracia aérea, el pueblo real no es un sujeto político: es apenas un dato demográfico que encarece los costos de operación.
La domesticación social en tres actos
Esta retirada de las élites hacia sus burbujas globales produce, puertas adentro, una domesticación social planificada. Nos empujan a una supervivencia tan desgastante, que la energía diaria se agota en la bicicleta de las deudas o en la falsa catarsis de indignarse detrás de un teléfono.
Mientras el debate público se anestesia en el algoritmo, las instituciones terminan funcionando como meras escribanías coloniales que legalizan el desalojo nacional por decreto, entregando las llaves de la casa al capital transnacional sin que nadie levante la voz.
Mirado con perspectiva histórica, este divorcio entre el palacio y la calle es un viejo mecanismo de dominación. En el siglo VI a.C., la oligarquía de Atenas inventó a los hectémoros: labriegos asfixiados por deudas que debían entregar sus cosechas y clavar mojones de hipoteca en sus campos hasta perder la libertad en su propia tierra.
Fue la reforma de Solón la que comprendió que una sociedad no puede sobrevivir si sus miembros se convierten en inquilinos de su propia historia. Solón no buscó un consenso tibio: ejecutó la seisachteia, arrancó los mojones y devolvió la soberanía al suelo.
Hoy el desafío es exactamente el mismo: trazar una frontera clara entre la mayoría agredida que pisa el asfalto y esa casta que administra el remate desde el aire. Hay que bajar la política de las pantallas y devolverle el pulso vital en los barrios.
Las flores en el asfalto
Frente al suelo de hormigón gris, pesado e inflexible que nos quieren imponer como un destino inexorable, la resistencia adopta la paciencia de la semilla. No es una metáfora ingenua; es la certeza que nos recuerda una imagen que circula estos días por las redes: «¿Cómo no vas a poder? si hay flores rompiendo el pavimento».
El poder puede blindar sus oficinas en el extranjero y firmar contratos en el inframundo, pero nunca podrá controlar la fuerza de lo colectivo cuando decide organizarse. Desde esta llanura pampeana, la advertencia es urgente: la verdadera libertad no es la resignación de mirar el despojo desde afuera; es la dignidad de recuperar el territorio y volver a forjar una comunidad donde nadie sobre.
(*) Militante de Derechos Humanos en H.I.J.O.S., politólogo en tesis por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), consultor y analista político.