Mientras algunos eligen la queja -ese camino corto que desemboca en el ostracismo-, otros deciden creer. Y creer, en este caso, fue construir. Creer que la unión hace la fuerza. Creer que los sueños no son una entelequia lejana. Creer, sobre todo, que el arte y la palabra pueden -y deben- salir a buscar a su público, incluso a ese público que todavía no sabe que los está esperando.
Lo que sucedió anoche fue, en ese sentido, profundamente revelador. Un grupo de personas sostenidas por la amistad, la generosidad y el deseo genuino de compartir, logró esa alquimia difícil de definir, pero fácil de sentir: un encuentro cultural vibrante, cercano, sin rigideces ni protocolos que enfríen la emoción.
Desde Santa Rosa, Eduardo Castex y Mauricio Mayer llegaron artistas con sus libros y sus obras, sumándose a una trama organizativa, que tuvo como protagonistas al Centro Cultural El Alero, SADE Filial General Pico, SADE Juvenil y el ciclo Poesía y Pico. No fue sólo una suma de voluntades: fue una red viva, en movimiento.
Las presentaciones literarias fueron tan diversas como potentes. Marita Barabaschi compartió “Al conjugar los verbos”; Diana Maxenti hizo lo propio con “Apocalipsis nuestro de cada día”; y Griselda Álvarez presentó “Sensaciones pinceladas”, con ilustraciones de Azucena Allivelatore. Cada libro fue una puerta abierta, una invitación a habitar otras miradas.
Pero la noche no se detuvo en la palabra. La música irrumpió como una celebración dentro de la celebración. El grupo “Las Aliadas”, en sus primeros pasos, ofreció un repertorio cargado de frescura y complicidad escénica.
Las voces de Marce Otaviano, Mile y Eve Contreras y Anto Barabaschi, acompañadas por la solidez musical de Juanjo Dany, Claudio Torchio, Nico Dany y Aldo Iranzo, tejieron un clima que osciló entre la emoción y la alegría compartida.
Y entonces ocurrió lo más importante: el público respondió. No como espectador pasivo, sino como protagonista. Hubo aplausos sostenidos, de esos que no obedecen a la cortesía sino al entusiasmo. Hubo sonrisas que se buscaban entre las filas, miradas cómplices, cuerpos que no querían irse. Porque cuando algo sucede de verdad, cuando el arte deja de ser distante y se vuelve experiencia, el tiempo se dilata. Nadie miraba el reloj. Nadie tenía prisa.
La conducción de Rocío Mailén Villalba aportó profesionalismo y calidez, guiando la noche con precisión y sensibilidad. El sonido y la iluminación, a cargo de Juan Hernández y Pablo Díaz, sostuvieron la atmósfera con eficacia. Y detrás -como siempre ocurre en estos casos- hubo un entramado de manos invisibles pero imprescindibles: Ariel Dietz, María, Sonia Rossi, Mercedes Morán, Didi Ferrero, Ana Viglianco, Marcela Llacone, Cesia Robledo, Julián Valinotti, Sonia Barreix, miembros de SADE Filial General Pico y SADE Juvenil. Y todas las familias.
Cada gesto sumó. Cada presencia amplificó. Cada aplauso fue una confirmación.
Al final, cuando llegaron los agradecimientos de Olga Liliana Reinoso, ya no se trataba sólo de cerrar una actividad. Se trataba de reconocer que algo había ocurrido: una comunidad que se encuentra, que se escucha, que se celebra a sí misma.
Y tal vez esa sea la verdadera noticia.
Que en tiempos donde abunda el desencanto, todavía hay quienes eligen creer. Y, lo que es más importante, hacerlo juntos.