Argentina ganó dos partidos y el país volvió a hacer eso que sabe hacer mejor que nadie: detenerse frente a una pantalla.
Las calles se vacían. Los grupos de WhatsApp se llenan de banderas, memes y cábalas. Hasta quienes reniegan del fútbol terminan preguntando como salió el partido o viendo los goles de Messi en silencio, como quien espía una ceremonia popular imposible de evitar.
La Selección volvió a ganar y Lionel Messi, otra vez, parece desafiar el tiempo. Argentina venció a Austria 2 a 0 después del debut frente a Argelia, y ya hay quienes hablan de otra copa, de otra hazaña, de otra alegría colectiva.
Y mientras tanto, afuera del Mundial, el país sigue siendo el mismo.
Siguen los aumentos.
Las discusiones políticas.
La incertidumbre.
Las cuentas sin pagar.
Los jubilados haciendo equilibrio.
La salud mental deteriorada.
Las familias rotas.
La gente que trabaja doce horas y no llega.
Las angustias privadas que no aparecen en televisión.
Pero durante noventa minutos ocurre algo extraño: millones de personas sienten exactamente lo mismo al mismo tiempo. Y eso, en un país tan fragmentado, no es poca cosa, y hay que reconocerlo.
Desde la Psicología Social, el Mundial puede pensarse como un enorme fenómeno de pertenencia colectiva. Pichon-Rivière decía que el sujeto se construye en una trama de vínculos. Tal vez por eso el fútbol nunca es solamente fútbol. Es el barrio. La infancia. El padre gritando un gol. La camiseta heredada. La mesa familiar. El abrazo con desconocidos. La ilusión de formar parte de algo más grande que uno mismo. El que lo mira solo porque no tiene familia ni amigos, pero de alguna manera se conectan con el “otro”, en la alegría de creer que hemos ganado. Ganado qué, me pregunto, pero eso sería para analizar en otra crónica más larga.
La Selección se convierte entonces en un “emergente social”: expresa emociones, deseos y necesidades colectivas que muchas veces no encuentran otro lugar donde manifestarse. En medio de tanta incertidumbre económica y emocional, el Mundial ofrece algo que escasea: una sensación de comunidad.
Y ahí aparece la contradicción.
Porque el fútbol une, pero también distrae. Abraza y anestesia. Nos permite recordar que todavía somos capaces de emocionarnos, aunque también posterga conversaciones incómodas que siguen esperando después del pitazo final.
No es nuevo. La historia argentina ya mostró cómo el fútbol puede funcionar como refugio emocional, escenario político o mecanismo de evasión. Pero sería injusto reducir el Mundial solamente a eso. Hay algo genuino en esa alegría compartida. Algo profundamente humano.
Quizás por eso conmueve tanto.
Porque durante un rato dejamos de ser individuos aislados peleando con nuestras propias angustias y volvemos a sentirnos parte de un nosotros. Aunque sea efímero. Aunque dure apenas noventa minutos.
Después termina el partido.
La televisión se apaga.
Y el país vuelve a aparecer entero, con todas sus grietas. Y cada individuo vuelve a sus problemas, y sus miserias, a sus enfermedades.
Pero mientras pasa el Mundial, Argentina respira distinto.
(*) María Virginia Figal
Profesora y Psicóloga Social - Miembro de SADE y de APPSA.