A esta altura de la vida me doy el lujo de demorarlo todo un poco más, de pensar lo que quiero decir antes de que el mundo me lo dicte.
El teléfono insiste. Es una de mis primas, vive en Trenque Lauquen, es quien aparece cuando uno necesita conversar.
—¿Estás ocupada? —pregunta. Sonrío.
Durante muchos años la respuesta hubiese sido automática: sí, siempre ocupada. Con las clases, con los hijos, con la casa, con la cocina, con todo lo que parecía urgente.
Hoy no. Hoy soy jubilada, con 33 años de docencia, escribo desde la experiencia, es lo que me encanta, no por obligación sino por elección, lo disfruto, me sana, me alivia.
Le respondo rápido, y a los pocos minutos ya estamos hablando. No de grandes cosas, sino de esas angustias pequeñas que a veces aparecen en medio del día, cuando una cree que todo está más o menos en orden.
Las mujeres tenemos esa costumbre: sostener conversaciones donde se cuelan las preocupaciones, los cansancios, las preguntas que nadie ve.
Tal vez por eso marzo tiene algo distinto. Porque entre un texto sobre Alfonsina, una charla, entre lo cotidiano y lo que nos duele, seguimos armando redes invisibles para sostenernos unas a otras. Aún a la distancia.
Estoy convencida que marzo llega con un aire distinto. No es sólo el cambio de estación ni el comienzo de las rutinas después del verano. Es ese mes en que volvemos a nombrarnos.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que nuestras historias quedaban muchas veces en conversaciones y confidencias dichas en voz baja. Eran relatos que circulaban casi en silencio, como si no tuviéramos derecho a ocupar demasiado espacio.
Durante años nuestro lugar fue el de sostener sin hacer demasiado ruido. Sostener la casa, los hijos, los matrimonios violentos y desgastados, las ausencias, aguantar, aún cuando el cansancio no tenía lugar para decirse.
Crecimos aprendiendo que ser mujer era adaptarse. Ser buenas, ser pacientes, ser comprensivas.
Pero algo empezó a cambiar. Yo también cambié, dejé de pedir permiso para ocupar mi lugar.
Este domingo el calendario marcará el 8, pero en realidad todo marzo parece atravesado por esa pregunta que no termina de irse:
¿Qué lugar ocupamos hoy las mujeres en este mundo que todavía muchas veces nos exige silencio?
Comenzamos a hablar, a escribir, a marchar, a decir que no. A contar historias que durante décadas quedaron encerradas en el silencio de las familias, de las instituciones, de los pueblos chicos donde todo se sabe, pero poco se dice.
“El Día Internacional de la Mujer” no nació como una celebración sino como un reclamo. Fue la voz de trabajadoras que exigían derechos básicos: salarios justos, condiciones dignas.
En 1908, un grupo de trabajadoras de la fábrica Cotton en Nueva York, realizó una huelga exigiendo reducción de la jornada laboral a 10 horas, igualdad salarial y mejores condiciones de trabajo. El dueño cerró las puertas del edificio, y un incendio provocó la muerte de 129 mujeres, lo que marcó un episodio trágico que impulsó la lucha por los derechos de las mujeres.
Por eso no hay nada para festejar, sino conmemorar, reconocer que aquellas primeras voces se multiplicaron.
Ya no se habla sólo del trabajo. Hablamos de respeto, de autonomía, de igualdad, pero también de algo más profundo: del derecho a vivir sin miedo y sin violencia. En una sociedad donde los femicidios siguen siendo la expresión más brutal de la desigualdad.
A veces pienso en nuestras madres y en nuestras abuelas, vivieron en un tiempo donde casi todo estaba decidido de antemano. El matrimonio, la maternidad, el lugar dentro de la casa.
No era rebeldía lo que faltaba. Faltaban caminos.
Las generaciones que vinieron después empezaron a abrirlos. Con errores, con contradicciones, con discusiones que todavía continúan.
Porque la historia de las mujeres nunca fue lineal. Avanza, retrocede, vuelve a avanzar.
Lo que sí cambió es algo fundamental: hoy ya no estamos dispuestas a callar lo que duele.
Y esa transformación no ocurre solamente en las grandes ciudades ni en las marchas multitudinarias.
También sucede en lugares como el nuestro, donde nos comenzamos a reconocer. En la plaza de nuestra ciudad cuando nos convocamos, en una conversación entre amigas, o compañeras, en un grupo que se reúne a cenar, a escribir, en una mesa compartida donde alguien por primera vez se anima a contar su historia.
Ahí también ocurre el cambio. Quizás por eso marzo tiene algo especial. Porque nos recuerda que la historia de las mujeres no es una historia terminada.
Es una historia que todavía se está escribiendo.
Y tal vez la mayor revolución no sea sólo ocupar espacios públicos o reclamar derechos —que sin duda son fundamentales— sino algo más silencioso y profundo: aprender a vivir con dignidad, con libertad y con voz propia.
Que marzo sea de la mujer no significa que el resto del año no nos pertenezca.
Significa que este mes nos invita a mirar hacia atrás, reconocer lo recorrido, y recordar que cada derecho conquistado empezó alguna vez con una mujer que se animó a decir: basta.
Y también con otra que estuvo a su lado para decirle: no estás sola.
¡Hasta Pronto!
(*) María Virginia Figal. Profesora, Psicóloga Social. Miembro de APPSA, SADE,y Registro de escritores. Integrante de “Revoviejas”.
https://registrodeescritores.com.ar/project/maria-virginia-figal/