Hay discursos que informan. Otros que conmueven. Y están los que simplemente suenan, e incluso molestan. Los actuales, los que dejan atónitos a los argentinos por la inconsistencia de argumentos, por la capacidad de reinventarse en tiempo récord y también esquivar la verdad.
Se leen como si las palabras fueran eso: un simple sonido sin cuerpo.
En tiempos donde la realidad aprieta en el bolsillo y repercute en los vínculos. Estas voces públicas no acompañan, no explican, no contienen. Ejecutan. Repiten. Decoran. Como si el lenguaje hubiese perdido su función más básica: nombrar lo que nos pasa.
Y además no se trata sólo de lo que se dice, sino de cómo se dice. Y, sobre todo, de lo que no se dice.
Y ahí aparece la distancia. Deja de ser puente. Se vuelve vidrio. Se mira a través, pero no se atraviesa.
Pero hay algo que queda flotando.
Sobre decisiones, sobre gastos, sobre viajes, sobre patrimonios. Sea como fuere, lo cierto es que ejemplo de esta reflexión, en sus discursos, y entrevistas, es el vocero presidencial que demuestra ser un político bastante versátil, y poco creíble.
En marzo era un padre humilde, un argentino de bien que sólo quería disfrutar unos días con sus hijos, y en abril es un funcionario “acosado” por "manifestaciones tendenciosas" y “operaciones políticas”, que busca protegerse tras el escudo del sistema judicial.
Y cuando el lenguaje de su discurso deja de ser un informe y se convierte en tono de enfrentamiento y show político, especialmente en el Congreso, ya no busca explicar sino provocar, y lo peor, encontrando aplausos y gritos que no celebran idea, sino agresión.
Cuando lo que importa no se nombra, o distorsiona, el discurso pierde espesor. Se vuelve superficie. No hay temblor. No hay duda. No hay registro del otro.
No se trata de exigir sensibilidad exagerada, sino de algo más básico: reconocer que del otro lado hay vidas atravesadas por lo que se está diciendo, hay angustias, miedos, incertidumbres.
Esta forma que tiene de comunicar, no se implica, no se compromete. No se deja afectar.
Desde la Psicología Social sabemos que el lenguaje es vínculo. Es la manera en que nos reconocemos, nos incluimos, nos alojamos en un “nosotros”.
Cuando ese “nosotros” desaparece, algo se rompe.
La gente no siempre puede explicar qué le pasa cuando escucha. Pero lo siente. Se siente lejos. Se siente afuera, se siente no nombrada.
Y ahí aparecen la bronca, el cansancio, el descreimiento.
No es sólo desacuerdo. Es desconexión.
Cuando las palabras no alcanzan para explicar la realidad, o peor, cuando parecen negarla, dejan de tener valor. Y cuando el lenguaje pierde valor, lo que se debilita no es sólo un discurso: es la confianza.
Y sin confianza, no hay lazo social que resista.
A veces, el verdadero discurso, empieza cuando alguien habla y nadie se siente nombrado, sólo algunos privilegiados.
¡¡Hasta Pronto!!
(*) María Virginia Figal
Profesora, Psicóloga Social - Miembro de APPSA, SADE - Militante en “Revoviejas”
https://registrodeescritores.com.ar/project/maria-virginia-figal/
Referencias; Infobae- La Política On Line. -Agencias Argentinas.com- El proceso grupal" (Del psicoanálisis a la psicología social I):