Llegaron primero parte de las Revo y algunas Femimusas. Sólo faltaron tres por otros compromisos, y sin embargo, la casa estaba llena.
Dos de ellas esperaron afuera varios minutos porque con el parloteo no se escuchó el timbre. Los perros ladraban como si mi casa fuera una estancia y ahí me di cuenta. Voy a tener que cambiar el timbre pensé, (aunque tenga la tarjeta detonada y espere que crezcan los arándanos en el patio).
– Por fin, ya nos íbamos, sonó la voz de la pampa, mientras sostenía dos botellas de Coca light, la “tenorina” le decimos, con su voz no sólo enamora, sino que salen las palabras justas. Quien venía con ella, la combativa del grupo, entró diciendo: “Estábamos ensayando la paciencia activa y la acústica acá en la vereda, ya pensábamos hacerte una revolución”, riendo irónicamente.
No faltaron los abrazos de reencuentro después de la última juntada. La cita era a la 21,30 y fueron exactas, como si hubieran ensayado la puntualidad toda la semana.
Entraron hablando al mismo tiempo, preguntando dónde dejar el abrigo, la cartera, y si usaríamos los platos que habían traído.
La flaca, que siempre tiene un plan de participación, recordó que a las diez de la mañana habría ensayo –A las 10 nuestro cuerpo está en actualización de sistema-, contestó la teóloga del grupo, las demás revoleamos los ojos.
La emperadora del entretenimiento en soledad inspeccionó la mesa con ojo clínico, y declaró:
—Esto no es juntada, esto es Resistencia, hay que brindar para desafiar la inflación. Y ahí largamos las carcajadas.
La Parten-viajes, quiso ayudar y terminó reorganizando las servilletas según una lógica que sólo ella entendía.
Mientras tanto, la mejor secretaria docente ya había encontrado la cocina y el mate, como si la casa también fuera suya. Y ahí supe que todo iba a salir bien, porque a las amigas se les permite todo.
Luego llegó la ciclista, con dos tortas que pesaban como secretos de familia, pero estaban riquísimas, de paso celebramos su cumple. Ella, la profe, que vino con ritmo de salsa fue la última en llegar. Entró moviendo los hombros como si todavía tuviera arena en los pies. —Qué me perdí –preguntó- — tres separaciones emocionales y dos análisis políticos, le respondimos, nada grave.
A esta edad, juntarse no es casualidad, no es rutina. Es decisión.
La mesa estaba servida como si todavía tuviéramos treinta años y los hijos pequeños corriendo alrededor. Pero no. Ahora los hijos son grandes, los cuerpos conocen el cansancio, y las ausencias ya no son metáfora: tienen nombre propio. La mesa era otra cosa, era territorio.
Territorio ganado después de divorcios, enfermedades, pérdidas, desencuentros, decepciones políticas y reconciliaciones íntimas. Territorio de mujeres que han llorado en silencio y han aprendido a no pedir permiso para reírse fuerte. Había jugo de limón y pomelo. Vinos blancos, rosados tintos, y comida hecha con tiempo y esmero.
No faltó la música suave para cenar. Los micrófonos y la consola, preparados, para la sobremesa, y sobre todo, había ganas y necesidad de charlotear. Todas hablamos y agradecimos por lo que tenemos y por cómo nos queremos.
La amistad después de los sesenta no es ingenua. No es la euforia adolescente ni la obligación social. Es una elección consciente, sabemos que la vida duele. Sabemos que el tiempo no espera. Por eso nos sentamos. Por eso brindamos, reímos, nos contamos las últimas novedades, y el pacto se mantiene intacto, aunque pasemos diferentes momentos.
Cada vez que estamos juntas se renueva la esperanza de seguir así. Nada sale del grupo, ni de la mesa. Cantamos y bailamos, y cuando lo hacemos, algo se ordena, la respiración se acompasa, la voz propia encuentra eco en la otra. No estamos solas. Somos todas escuchándonos, aun con la rodilla que duele, la alergia a flor de los ojos, la presbicia que jode y la presión que sube y baja, somos capaces de amar y ser amadas.
En Psicología Social aprendí que los grupos no se sostienen sólo por afinidad, sino por un pacto implícito. Un acuerdo silencioso que no se firma en ningún lado, pero se renueva cada vez que alguien llega con su historia y las otras escuchan. Un pacto de presencia. Un pacto de no juicio. Un pacto de sostén.
El grupo es un sostén simbólico frente a la intemperie social que nos atraviesa a las jubiladas. Y vaya si vivimos tiempos de intemperie.
Anoche, sin declararlo, renovamos ese acuerdo. Nos miramos con las arrugas visibles, con las cuentas ajustadas, con las preocupaciones sobre quién nos cuidará cuando el cuerpo ya no responda. Y aun así dijimos, con la simple acción de sentarnos juntas: acá estamos.
Cuando se fueron, quedaron los vasos vacíos, las migas, el murmullo suspendido en el aire.
Me quedé un rato sola, mirando la mesa desarmada. Pensé que llegar a esta edad con ganas de juntarnos, aún haciendo milagros con la jubilación, aún temiendo el futuro, aún cargando decisiones difíciles, no es un detalle menor. Es un acto de resistencia. La mesa como territorio. Sólo nuestro, nadie lo podrá privatizar.
Nuestro pequeño país sin fronteras hostiles. Nuestro pacto de amistad renovado en cada brindis. Nuestro sostén frente al viento.
Juntarnos es un acto político, es una forma de resistencia, es una manera de decirle al mundo que todavía estamos vivas.
¡La mesa, como territorio. Nuestro pequeño país sin fronteras!
¡Hasta Pronto!
(*) María Virginia Figal
Profesora, Psicóloga Social. Miembro de APPSA, SADE,y Registro de escritores.
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