Ese día de calor agobiante llegó a casa cansada, con la cara desgastada y los hombros caídos. Apenas entró dijo:
—Dame agua.
La noté distinta, y como la conozco, la abracé sin preguntar. Ya había leído las últimas noticias. Sabía de los despidos en el frigorífico de General Pico y Trenel. Sabía que algo estaba pasando.
Empezó a llorar. La abracé fuerte. Lo entendí antes de que lo dijera.
—Echaron a mi marido.
Sentí una mezcla de tristeza y bronca. Entre lágrimas me dijo que su vida ya no sería la de antes. Con tres chicos en edad escolar —aunque aprovechen todas las actividades gratuitas del municipio— nada volvería a ser igual.
La vi secarse la cara con la remera húmeda por el calor. No era sólo el llanto de una mujer. Era el sonido conocido de una época. Ese llanto que ya escuché en la pandemia y que ahora reaparece en los grupos de WhatsApp, compartiendo más malas noticias que buenas; en las colas del supermercado, cuando un jubilado hace cuentas antes de comprar un trozo de carne.
Un llanto reiterado, una queja, como una marea que parecía haberse retirado, pero nunca se fue del todo.
En ese abrazo entendí que las noticias habían dejado de ser titulares. Ya no eran números ni estadísticas. Tenían nombre, tenían rostro, tenían tres mochilas colgadas en la cocina esperando el inicio de clases.
La Psicología Social explica estas grietas invisibles: cuando la incertidumbre se vuelve cotidiana, cuando el miedo se instala en la mesa familiar, cuando la conversación deja de ser qué queremos para el futuro y pasa a ser “cómo llegamos a fin de mes”, las crisis no sólo vacían bolsillos; reorganizan sueños y cambian silenciosamente la forma en que las personas se miran entre sí.
Y mientras esto sucede, aparece en primera plana la palabra que flotaba en las noticias desde hacía semanas: “reforma laboral”. O “modernización”. Palabras técnicas, frías, lejanas. Y fue ahí, en ese living caluroso, que dejaron de ser abstractas. Se volvieron domésticas: la heladera más vacía, las cuentas sobre la mesa, el cálculo mental constante, el nudo en la garganta.
Me pregunté cuántas conversaciones iguales estaban ocurriendo esa misma tarde en otras casas del país. Cuántas amigas/os abrazaban a otras amigas/os. Cuántas familias empezaban a ensayar nuevas rutinas, nuevos miedos, nuevas estrategias de supervivencia. Porque los recortes no llegan primero al Estado: llegan primero al ánimo.
Mientras ella hablaba, recordé a esos hombres y mujeres que esa misma semana salieron a la calle a reclamar su salario, su trabajo, su lugar en el mundo. Los vi bajo el sol de la mañana, con carteles improvisados, con la bronca y ese gesto serio que aparece cuando la preocupación deja de ser individual y se vuelve colectiva.
Pensé en las familias detrás de cada movilización y protesta, en los mates compartidos en la vereda esperando una respuesta que no llega, en las persianas que bajan antes de que alguien alcance a contarlo en voz alta.
La historia de mi amiga empezaba a mezclarse con otras historias que todavía no conozco, pero sé que existen. Las crisis tienen esa capacidad de repetirse como un eco: cambian los nombres, cambian las ciudades, pero el guion emocional es el mismo.
Los psicólogos sociales lo llamamos malestar de época: esa sensación compartida, difusa, que no siempre se puede explicar con palabras, pero se siente en el cuerpo. En la forma en que la gente habla en voz baja. En las frases que se repiten: “por las dudas”, “no sabemos qué va a pasar”, “hay que ajustarse”.
Lo personal deja de ser individual y se vuelve colectivo.
Cuando el trabajo se vuelve incierto no se rompe sólo una economía doméstica: se resquebraja una red invisible de vínculos, rutinas y proyectos. Se reacomodan los roles familiares, se tensan las parejas, se adelgazan los planes. Los chicos escuchan conversaciones que antes no existían. Las cenas se vuelven más silenciosas.
Y en este presente que nos atraviesa, no es ajeno a lo que ocurre en toda Latinoamérica, ese territorio tantas veces nombrado como el “patio trasero” de otros intereses. Un continente acostumbrado a empezar de nuevo, a reinventarse, a resistir ciclos que se repiten con distintos nombres. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, cambian las promesas, pero la palabra incertidumbre permanece como una vieja conocida.
No es sólo Argentina. Son los trabajadores informales de Perú, las fábricas que se apagan en Brasil, los jóvenes que migran desde Centroamérica buscando una estabilidad que no encuentran. Es la región entera aprendiendo a vivir con la fragilidad como norma. Un territorio donde el empleo dejó de ser sinónimo de futuro y pasó a ser, muchas veces, apenas una tregua.
Esa noche, cuando se fue, la casa quedó en silencio. Pero no era el silencio de siempre. Era un silencio lleno de preguntas. De esas que no encuentran respuesta en las noticias ni en los discursos políticos.
Recordé cuántas veces la historia de este país se escribió así: en cocinas, en veredas, en abrazos largos que empiezan con una frase simple y devastadora:
“Se quedó sin trabajo”.
La política habla de reformas, competitividad y modernización. Palabras grandes que prometen futuro. Pero el presente se mide en cosas mucho más pequeñas: una mochila nueva que tal vez no se compre, una cuota que empieza a preocupar, una noche de insomnio que no estaba en los planes.
Ahí la economía se vuelve emocional.
Ahí la política deja de ser abstracta y se vuelve doméstica.
Las sociedades no se rompen de golpe. Se desgastan. Se cansan. Se acostumbran a vivir en estado de alerta. Y ese cansancio colectivo es una de las formas más silenciosas de la desigualdad.
Porque el miedo, cuando se vuelve cotidiano, deja de ser noticia, se vuelve clima.
Tal vez por eso esta crónica no trata sólo de despidos, ni de leyes, ni de reformas. Trata del momento exacto en que la incertidumbre entra en una casa y se sienta a la mesa sin pedir permiso.
Y de cómo, aun así, seguimos abrazándonos para no caer.
¡Hasta Pronto!
(*) María Virginia Figal
Profesora, Psicóloga Social - Miembro de APPSA, SADE,y Registro de escritores
https://registrodeescritores.com.ar/project/maria-virginia-figal/
Referencia Bibliográfica:
Pichon Riviere: (1985). El Proceso Grupal: Del Psicoanálisis a la Psicología Social . Nueva Visión.
Castell, Robert (1997) La metamorfosis de la cuestión social : Una crónica del asalariado. Buenos Aires. Paidos.