El domingo 5 de Abril amanecimos con esa noticia que nadie quiere escuchar. Otra vez un niño. Otra vez la sensación de llegar tarde, de no haber visto, de no involucrarse lo suficiente. Otra vez el grito que nadie oyó.
Y entonces el dolor, ese que no tiene palabras, pero igual insiste, es imposible que no nos aturda, que no nos interpele duramente.
Otra vez la infancia interrumpida. Un cuerpo pequeño pidiendo y un mundo grande que no escucha. Nos retuerce algo adentro, y una pregunta que vuelve como eco ¿en qué momento se dejó de mirar?
Otra vez la infancia arrebatada, la voz de Ángel que no alcanzó a ser escuchada. Aún con lágrimas y suplicas de no querer volver allí, donde no se sentía cuidado.
En la tele retumba su llanto como una plegaria, repetidamente, en todos los canales y nosotros, del otro lado, apretando los dientes y la bronca, preguntándonos no sólo quien es el culpable sino por qué no lo vieron, no lo respetaron los que están ahí, quienes tienen la posibilidad de intervenir.
Y una certeza que incomoda, que no es lo que nos enseñaron, una creencia instalada de amor biológico incondicional. Sabemos que no todos los que cuidan, aman. No todos son buenos padres, ni buenas madres, y sin embargo, seguimos sosteniendo esa idea como si fuera una verdad incuestionable.
Desde la Psicología, sabemos que el sujeto no se construye en soledad.
Se construye en vínculo, en trama, en red, y cuando esa red falla, no hay caída individual: hay caída colectiva, una caída de todos.
No es sólo una casa donde algo sucede. Es un entorno que no pregunta, una institución que llega tarde, o no es escuchada, un sistema que no articula, una parte de la sociedad que mira para otro lado.
Las denuncias cruzadas, las claves negadas, las ausencias en el hospital en su estado más crítico, no son sólo datos, son señales. Y son pruebas contundentes. Indicadores de un vínculo roto, de un entramado que ya venía deshilachado.
Y ahí es donde la pregunta deja de ser sólo “qué pasó”, para convertirse en otra más incómoda: ¿qué no se quiere ver?
Pichon Riviere hablaba de los vínculos enfermos, de esas relaciones donde el cuidado se transforma en control, en violencia, en desahogo de otras cuestiones, y el “otro” deja de ser sujeto para convertirse en objeto.
Cuando eso ocurre, el niño deja de ser niño. Y pasa a ser territorio de descarga, de lo no resuelto.
Este análisis no va a consolarnos ni a convencernos de esta terrible realidad. Yo escribo para entender, para desahogarme, porque estos finales me destrozan como madre, como abuela, como educadora que fuí.
No es la primera vez, pasó con Lucio, aquí mismo, por eso duele distinto, duele con memoria, duele con nombres que ya no están. Y mientras sigamos creyendo que esto ocurre esporádicamente, la historia va a seguir encontrando nuevos cuerpos donde escribirse.
Hasta que alguien, de verdad, decida interrumpirla. Y deje de mirar para otro lado.
(*) María Virginia Figal
Profesora, Psicóloga Social - Miembro de APPSA, SADE y Registro de escritores.
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