DOMINGO 01 de Marzo
DOMINGO 01 de Marzo // GENERAL PICO, LA PAMPA
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  SÁBADO 28/02/2026
Carlos “Toco” Carrizo: Veterinario en Pico y Maestro Carrocero en los carnavales de Lincoln
Por Agustín Moreno
En un galpón de Lincoln, entre fierros, papel y estructuras a medio terminar, un veterinario de General Pico pega cartapesta con paciencia quirúrgica.

Afuera, su vida transcurre entre el campo y la universidad. Cada verano, su rutina cambia, deja momentáneamente a los animales y se convierte en Maestro Carrocero para viajar al carnaval de Lincoln, en donde hace más de tres décadas encontró su lugar y hoy es considerado un referente de la movida, homenajeado incluso durante la presentación del libro “Historia del Carnaval de Lincoln” en este 2026.

Él es Carlos “Toco” Carrizo, tiene 45 años y nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires. En 1999, vino para formarse en la Facultad de Ciencias Veterinarias de General Pico, donde actualmente se desempeña como docente.

En la ciudad no solo descubrió su vocación. También encontró el amor, motivo por el cual decidió quedarse en la ciudad pampeana.

Por qué “Toco”, ese particular apodo de Carrizo. “De chiquito le decía así a una mascota de un tío y ahí me quedó el apodo a mí”.

Junto a Nora, formaron una familia, con su hijo Santiago, de 10 años. Además de su labor como veterinario en Pico, “Toco” se dedica a la construcción de carrozas para los carnavales de Lincoln.

“Es un desfile que no termina nunca”, dice, intentando definirlo. El carnaval de Lincoln combina lo artesanal con lo masivo: un espectáculo gratuito con una ciudad entera involucrada. “Es muy difícil encontrar una fiesta con tan buena organización y tanto volumen de gente” asegura Carlos.

Sin embargo, la diferencia para él no está solo en la magnitud. “La diferencia es el compromiso de la ciudad con la fiesta”.

Para él, el público no es solo espectador, hay una relación directa con quienes desfilan, un ida y vuelta constante. “El que va a participar como espectador genera una sinergia con el desfile. Conoce quién está, lo espera, aplaude, festeja y acompaña. No lo veo en ningún otro lugar” afirma “Toco”.

Sus inicios en este mundo empezaron mucho antes de pensar en una profesión. “Siempre, desde muy chiquito, pego papeles y armo muñecos” recuerda.

El carnaval infantil fue su puerta de entrada, en donde podía disfrazarse, construir y jugar. En el año 1996, a los 16 años dio el salto al carnaval mayor, aunque sin una guía clara; aprender implicaba equivocarse.

La primera carroza fue, justamente, un gran error: “Era una máscara gigante, no la iba a llevar nadie de lo pesada que era”, pero ese fracaso inicial fue aprendizaje; entender materiales, estructuras y pesos.

Durante años, el carnaval convivió con su otra vida. Estudió, se recibió de veterinario y empezó a ejercer, la carroza seguía ahí, pero como un hobby. Hasta que llegó el momento de decidir.

“A los 31 años dije: esto es lo que me hace bien”. No dejó la veterinaria, pero le dio a la carroza un lugar real en su vida. Desde entonces, reparte el tiempo entre ambos trabajos, aunque en el verano se dedica exclusivamente al carnaval.

El proceso de trabajo empieza con un dibujo técnico: “Ahí se plantea si es realizable, sobre todo desde lo mecánico: estructuras, formas, apoyos”. Recién ahí llegan los detalles. Cada pieza debe ser pensada no solo para que se luzca, sino para que entre en un galpón, se pueda trasladar y se pueda sostener.

El trabajo dura todo el año. Cuando termina un carnaval, empieza otro: desarmar, hacer espacio y pensar en el próximo. Dentro de ese proceso, hay momentos preferidos: “Pegar papel es muy terapéutico”. A diferencia de las estructuras, que exigen una concentración constante, la cartapesta permite un ritmo más automático y relajado.

Las ideas, en cambio, aparecen de formas inesperadas: “Es un chispazo de la nada”.  A veces parten de algo actual, otras de algo cotidiano, pero siempre necesitan un desarrollo. Un ejemplo reciente fue su última carroza. “Bob es ponja y Patricio es argentino”, inspirada en la estrella de mar hallada por científicos del CONICET.

https://www.instagram.com/reels/DU0hXHFDqEG/

La elección no fue casual: busca generar impacto en los más chicos. “Cuando veo que los nenes se quedan mirando una carroza, me remonta a cuando me picó el bichito”, cuenta con mucho entusiasmo “toco”.

Más allá del impacto visual, no se define como alguien que quiera transmitir grandes mensajes: “No me siento una persona referente para andar enviándole un mensaje al mundo” responde con honestidad. Si hay uno más simple: sumarse. Entender que el carnaval es una construcción colectiva, uno solo no puede hacer un carnaval”.

Sin embargo, esa lógica enfrenta un desafío. El recambio generacional no es el mismo que antes: “Somos cada vez menos” advierte. En un contexto donde los niños tienen múltiples formas de entretenerse, cada vez cuesta más que alguien dé el paso de mirar a hacer. Y ahí aparece su consejo: empezar de a poco, entendiendo que detrás de cada carroza hay años de prueba y error.

Porque, al final, todo vuelve a ese galpón. Al papel, al pegamento, al trabajo silencioso que no se ve en el desfile. Ahí donde un veterinario, lejos del ruido del carnaval, empieza a construir, pieza por pieza, una fiesta que solo cobra sentido cuando otros deciden ser parte.

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