JUEVES 08 de Enero
JUEVES 08 de Enero // GENERAL PICO, LA PAMPA
Seguinos en
Compartir
Twittear
  MIÉRCOLES 07/01/2026
Amigas, hablemos de plata
Cuando Laura lanzó esa frase a su amiga, se hizo un silencio. En su grupo de amigas, siempre era reconocida como ambiciosa, independiente y audaz. Era “la que había hecho plata” y también la que hablaba de plata. Esa combinación -tener dinero y nombrarlo- no era habitual, no resultaba cómoda en el grupo de amigas.
(*) Por: Anahí Timo

 

Los varones crecen escuchando conversaciones sobre trabajo, dinero, negocios, inversiones. Mientras tanto, en las mesas de mujeres, ciertas conversaciones se repiten desde la adolescencia: si me llamó o no me llamó, qué quiso decir con ese mensaje, estoy flaca o no estoy flaca. Conversaciones atravesadas por la idea de ser elegidas, por la valoración externa, por el amor como eje.

Sucede que las mujeres han sido entrenadas socialmente durante años en hablar del amor y la familia, el hogar y la economía doméstica. Así se forjó una ingeniería emocional orientada a la validación externa, a “cómo ser elegidas”. Como pasa con el cuerpo o la belleza, para las mujeres la valoración venía de afuera.

En el linaje materno, las conversaciones se organizaron alrededor de los mandatos sociales hacia la mujer: cómo criar hijos, cuidar el cuerpo y vernos lindas, cómo preservar una familia, cómo llevar adelante una relación de pareja. Consejos para ser buenas madres, buenas esposas, buenas mujeres. No para ser autónomas económicamente.

Jamás hablamos con nuestras madres de negocios, inversiones o dinero. No porque ellas no supieran nada, sino porque ese no fue el lugar que históricamente se les permitió ocupar. Las mujeres, en cambio, heredamos otro tipo de charlas. Con nuestras madres y abuelas las conversaciones eran de cuidado, de amor, de sacrificio. No de plata.

Mujeres, dinero y bienes patrimoniales: una conquista reciente

Para entender por qué hablar de dinero sigue siendo incómodo para tantas mujeres, es necesario situar el problema en un marco histórico más amplio.

Aunque hoy parezca un derecho básico, la autonomía económica de las mujeres es extremadamente reciente. Durante la mayor parte de la historia moderna, las leyes colocaron a las mujeres bajo la autoridad financiera de un varón.

Más del 60% de las mujeres mayores de 65 años hoy, nacieron en un mundo donde no tenían derecho legal a manejar su propio dinero. Desde ahí se explica gran parte de la relación emocional que muchas mujeres tienen con la plata: el miedo, la culpa, la inseguridad o la dificultad para negociar no son fallas individuales, sino herencias históricas y culturales profundamente arraigadas.

Hasta los años 70, las mujeres no podían firmar contratos, abrir cuentas bancarias, acceder a créditos, ni poseer o administrar bienes. Incluso su salario, en caso de trabajar, podía ser legalmente controlado por el marido. Este orden jurídico se sostenía en figuras como la ‘coverture’ en el derecho anglosajón, el permiso marital en Europa y América Latina, y distintas formas de tutela legal masculina.

Las mujeres han tenido control legal sobre su propio dinero durante menos del 15% de la historia bancaria moderna. En 1970, en Estados Unidos, el 57% de las mujeres necesitaba un aval masculino para acceder a crédito, y el 90% de los préstamos hipotecarios se otorgaban exclusivamente a hombres.

Antes del siglo XX, en Europa y América, más del 95% de las propiedades estaban a nombre de hombres, y las mujeres casadas eran consideradas legalmente “incapaces” para administrar bienes. Hoy la brecha persiste a nivel global: las mujeres poseen apenas entre el 30% y el 35% de los bienes inmuebles del mundo, y menos del 20% de la tierra agrícola. En los países en desarrollo, una de cada tres mujeres carece de control efectivo sobre los activos familiares.

A esta desigualdad estructural se suma la brecha salarial. A lo largo de su vida laboral, una mujer gana entre un 30% y un 40% menos que un varón. Menores ingresos, interrupciones laborales por tareas de cuidado, y una enorme carga de trabajo no remunerado explican buena parte de esta brecha.

Según ONU Mujeres, las mujeres realizan el 76% del trabajo doméstico y de cuidados no pago, lo que equivale a entre el 10% y el 39% del PBI de los países si se monetizara. En promedio, trabajan 2,5 veces más que los hombres en tareas no remuneradas.

Paradójicamente, aunque una de cada tres mujeres se considera “financieramente competente”, los estudios muestran que asumen menos riesgos innecesarios, tienen mejores tasas de pago de créditos, e invierten con una visión de largo plazo. Aun así, reciben menos ofertas de inversión, acceden a montos más bajos de crédito, y pagan tasas más altas en préstamos. Este fenómeno tiene nombre: sesgo financiero de género.

En Argentina, la brecha jubilatoria entre hombres y mujeres es enorme: las mujeres ganan menos, aportan menos y se jubilan más pobres, aunque viven más años. Pensar el dinero hoy es, también, pensar la vejez y la autonomía futura.

La economía de la restricción y la escasez

Durante generaciones, las mujeres no administraron grandes sumas ni tomaron decisiones económicas estructurales. Muchas no tuvieron cuentas bancarias propias, ni propiedades a su nombre, ni ingresos independientes. El aprendizaje económico no se dio como conocimiento explícito, sino como práctica silenciosa: estirar el presupuesto, resolver con ingenio, sostener el hogar aún cuando faltaba todo.

Muchas de nuestras abuelas -marcadas por guerras, migraciones y falta de derechos-, ni siquiera podían tener cuentas bancarias. El primer aprendizaje sobre el dinero fue el “canutito”: ahorrar en silencio, a escondidas, como fondo de emergencia para cuando todo se derrumbe. Un vínculo con la plata basado en el miedo, no en el disfrute ni en el crecimiento.

La forma en que históricamente se les habló a las mujeres de dinero fue infantilizada y restrictiva. Las recomendaciones económicas repetían una lógica doméstica y de control: recortá este cafecito, comprá tal día que hay descuento, achicá gastos, ajustá un poco más.

Ese lenguaje económico se parece mucho al lenguaje de la dieta, un idioma que las mujeres conocen desde muy chicas. Cortá, restringí, achicá, controlá. Mensajes que no hablan de deseo, ni de proyecto, ni de ambición, sino de límite. “Nos hablan en nuestro idioma, un idioma que entrena para la renuncia, no para la expansión”.

Así, la conversación económica dirigida a mujeres queda reducida a lo pequeño y lo cotidiano: cómo gastar menos en el supermercado, cómo optimizar el presupuesto del hogar, cómo estirar el dinero hasta fin de mes. Lo que casi nunca aparece es la pregunta por cómo generar más, cómo invertir, cómo crecer, cómo ocupar un lugar activo en la economía más allá de la supervivencia.

Es una narrativa que parte de una suposición implícita: que las mujeres deben administrar la escasez, no crear abundancia. Una narrativa basada en la Cultura del No merecimiento. Aunque hoy las mujeres salen a trabajar, se forman, generan ingresos y sostienen economías familiares, el discurso que las interpela sigue anclado en el ahorro mínimo, y no en la construcción de patrimonio.

En ese entramado, el dinero quedó fuera del relato. No se transmitieron saberes sobre inversión, ahorro estratégico, riesgo, negociación o crecimiento patrimonial. No hubo charlas sobre cómo hacer que el dinero trabaje, cómo protegerlo, cómo multiplicarlo. Lo que sí se heredó fue una pedagogía del sacrificio: hacer rendir lo poco, ajustarse, no pedir más de lo necesario, no incomodar.

Así, el dinero se convirtió en un tema privado, casi clandestino. Un tema del que no se habla. Y al no hablarse, no se cuestiona, no se problematiza, no se transforma Si las conversaciones económicas no existieron en el linaje materno, es lógico que hoy aparezcan el miedo, la culpa o la inseguridad cuando se trata de negociar, invertir o pensar en grande.

La ambición: virtud masculina, sospecha femenina

Uno de los mayores obstáculos para que las mujeres se sienten a negociar, a pedir más o a proyectar en grande, no es la falta de capacidad, sino el costo simbólico de la ambición.

En los varones, la ambición suele leerse como una virtud. Un hombre ambicioso es visto como alguien con empuje, visión, deseo de crecimiento. Es el profesional que “quiere progresar”, el líder que “va por más”, el emprendedor que “no se conforma”. La ambición masculina se asocia al mérito, al éxito y a la responsabilidad. Incluso cuando es excesiva, rara vez se pone en duda su legitimidad.

En las mujeres, en cambio, la ambición suele cargar con una sospecha. Una mujer ambiciosa es rápidamente etiquetada como egoísta, fría, calculadora o desmedida. En el mejor de los casos, se la percibe como “poco femenina”; en el peor, como alguien que traiciona su rol esperado. Esta conducta, en una mujer se cuestiona y resulta sospechosa.

Este doble estándar no es abstracto: tiene consecuencias concretas en el mundo laboral y familiar. Muchas mujeres internalizan, incluso sin darse cuenta, el temor a ser vistas como agresivas, intensas o difíciles. Frente a esa amenaza simbólica, eligen correrse, esperar, adaptarse. Ser “la copada”, “la gauchita”, la que entiende el contexto, la que no incomoda.

El problema de fondo es cultural. Durante siglos, la ambición femenina fue asociada a la transgresión, dado que el lugar primordial de la mujer era el hogar. A diferencia del mandato masculino -salir al mundo, conquistar, acumular- el mandato femenino estuvo ligado al cuidado, la moderación y la renuncia.

Por eso, cuando una mujer expresa ambición, no sólo está pidiendo más dinero: está desafiando un orden simbólico. Está diciendo que su tiempo, su trabajo y su proyecto vital tienen un valor que merece ser reconocido. Y eso todavía incomoda. Mientras la ambición siga siendo una virtud para unos y un defecto para otras, la desigualdad económica no sólo se mantendrá: se justificará.

Las mujeres en el mundo del trabajo

A partir de lo expuesto, podemos comprender por qué hablar de dinero entre mujeres no es sencillo. Es tabú. Incomoda. “¿Cómo vas a decir cuánto ganás?”, ¿Cuánto ganás? ¿Negociaste tu sueldo? ¿Por qué no lo hiciste? ¿Sabés cuánto vale lo que hacés en plata?”. De eso no se habla.

Cuando surge el tema, algunas respuestas que damos son: “las mujeres no sabemos negociar, agradezco el trabajo que tengo, prefiero no pedir más para que me sigan tratando bien”. Como si ganar bien y ser bien tratadas fueran cosas incompatibles. Como si pedir más implicara perder algo.

El problema no es individual, sino profundamente cultural. Mujeres brillantes, capacitadas, que no pueden traducir su valor en dinero. Que hablan de reconocimiento, crecimiento, gratitud, pero no de números. Mientras que los hombres piden aumentos con argumentos concretos y cifras claras; las mujeres piden desde lo emocional, desde la espera de validación externa.

Conclusiones:

Si nunca aprendimos a hablar de plata en nuestras casas, ¿Desde dónde esperamos hacerlo de adultas? ¿Cómo pretendemos sentarnos hoy a hablar de inversión, de riesgo, de ambición?”. La urgencia es real.

Romper ese silencio implica un gesto colectivo y generacional. Es empezar a construir nuevas conversaciones, para que las mujeres no sólo hereden valores de cuidado y amor, sino también herramientas concretas para su autonomía económica. Por ello, es necesario construir una nueva narrativa donde el dinero pase a convertirse en una herramienta de autonomía y empoderamiento para la mujer.


(*) Roxana Anahí Timo

Médica MN88956 - MP1543

Coach Ontológico

@dra.anahitimo

Comentarios
 
ACLARACIÓN: No se publicarán insultos, agravios, ni cualquier otro texto con términos injuriosos.
Tampoco se publicarán comentarios con mayúscula fija.
No observar estas condiciones obligará a la eliminación automática de los mensajes.
 
 07/01/2026 | 22:12 Hs
Enviado por Guillermo
El mundo machista, tan machista que repugna de machirulaje. Es imposible para una mujer en el mundo de los negocios que se la respete si quiera como ser humano, son tan viles y "DELINCUENTES" los hombres sobre todo del rubro automotor e inmobiliario que dan ganas de agarrarlos a latigazos de machirulos que son, tratan permanentemente de engañarlas, timarlas y tras eso aprovecharse de lo otro también. Asco dan, siendo que la mayoría tiene mujeres e hijas les importa un bledo ser gente de bien, hacer un negocio más como la gente y nada más, pero no tienen que mostrar la hilacha de macho cavernícola del meta palo y a la bolsa.
 
 07/01/2026 | 21:33 Hs
Enviado por Isabel Fernández
Tema interesante! El dinero, y finanzas personales, ya tendría que formar parte de los planes educativos, ser un tema que se trata en la casa, como en las escuelas. Incluso se transmitieron tantas creencias negativas sobre el dinero, como sucio, mala persona el rico, ni que decir si mejoraba económicamente, seguro de dudosa procedencia. En cuanto a la diferencia entre hombres y mujeres con respecto al dinero, si sucede como dice el artículo. Aun así, hay muchos recursos a trabajar por.nuestras metas, sueños, y ambiciones personales.
 
Escriba su comentario



Diseño y diagramación: A P