A los 71 años, Amalia Figueroa demostró que el cuerpo no tiene fecha de vencimiento si la voluntad manda. Tras superar el sobrepeso y dolores crónicos, esta trabajadora doméstica alcanzó la cumbre del Volcán Lanín el pasado domingo. Su historia es un recordatorio de que nunca es tarde para cambiar el destino.
Amalia nació en El Maitén, provincia de Chubut, y se crió entre las montañas de la Patagonia. Su vida cotidiana transcurre entre trabajos de limpieza y cuidado, una rutina laboral que no le impidió perseguir el gran gusto de su vida: llegar a la cumbre del volcán Lanín.
La hazaña ocurrió el domingo pasado, cuando logró conquistar los 3.776 metros de altura. Sin embargo, el camino hacia esa cima no empezó en la montaña, sino en el consultorio de un médico que le dio una advertencia que cambiaría su salud para siempre.
Durante años, Amalia convivió con sobrepeso y dolores intensos en sus rodillas. Fue una advertencia médica que la alertó sobre la posible pérdida de su movilidad, lo que la empujó a comenzar a moverse para no quedar postrada. Empezó caminando en la barda neuquina antes de ir a trabajar, transformando esa rutina en una forma de vida.
A los 47 años, ya con un entrenamiento más firme, comenzó a correr en pruebas de calle y aventura. Participó en competencias exigentes como la K21 y la K42, llenando su casa de medallas y trofeos, que hoy forman su propio “museo” personal. Esta base física fue clave para enfrentar el gigante de piedra y hielo de la Patagonia.

El desafío del Lanín no fue sencillo ni se logró al primer intento. Hace dos años, Amalia decidió pegar la vuelta cuando le faltaban apenas 200 metros para la cumbre, por cuestiones de seguridad y tiempos. Esta vez, con una mejor preparación y acompañada por amigas experimentadas, la historia fue diferente.
Nueve horas de ascenso bajo las estrellas
La travesía final arrancó a la 1:30 de la madrugada desde el refugio. Caminar con linternas y paso constante permitió al grupo evitar el calor agobiante y los vientos fuertes que suelen levantarse al mediodía en la montaña. Según Amalia, avanzar de noche ayuda a no marearse con la pendiente del volcán.
Tras nueve horas de esfuerzo ininterrumpido, alcanzaron la meta a las 10 de la mañana. El tramo final fue una verdadera prueba de resistencia: una pared de piedras que debieron superar “en cuatro patas”, manteniendo el cuerpo pegado a la roca para ganar cada metro con brazos y piernas simultáneamente.

Arriba, el festejo fue breve pero intenso. Sólo permanecieron media hora para sacar fotos y recuperar algo de energía, antes de que el viento se intensificara.
“No hay excusa para buscar los sueños”, afirma Amalia, quien ya tiene en la mira su próximo gran objetivo: el volcán Domuyo. Su mensaje es claro: si ella pudo salir de sus problemas de salud, cualquiera puede lograrlo.
(LosAndes)