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  DOMINGO 03/10/2021
Soledad Silveyra, tras recuperarse de un ACV: “Me gustaría poder ejercer mi eutanasia”
La actriz, que protagoniza un éxito en la calle Corrientes, cuenta que vive con una arteria tapada. Tuvo que dejar de fumar. Su nueva vida.

Se sienta en los cordones de las veredas; come panchos con los nietos; guarda en el freezer esa torta de merengue, crema y chocolate para el antojo de dulce; se anima a empezar zapateo americano. Soledad Silveyra, Solita, conserva el alma de niña.

A los 69 años, la actriz y conductora mantiene algunos hábitos de chica. Alma de niña, espíritu joven. Pero su exterior también mantiene un aspecto infantil: sigue con la carita de nena, los ojos se le achinan al sonreír, el cuerpo menudo y mucha flexibilidad, a pesar de tener mal la rodilla derecha. “Llevo a mi niña adentro. Sentarme en el cordón de la vereda es algo que no quiero perder nunca. Lo hacía mucho de chica. Soy una niña vieja”, tira y ríe, en diálgo con Clarín.

Siempre fue alegre y divertida, a pesar de haber tenido una infancia dura. Paradójicamente, de chica tuvo que crecer de golpe. A los 12 años empezó a trabajar “por necesidad”, y llevar el mango a la casa. Y nunca paró. Lleva 56 años en el ruedo, y hoy es una de las figuras más queridas del espectáculo.

​ Todoterreno, trabajó en cine, teatro, tele, y como conductora, siempre combinando prestigio y popularidad. “No tengo reparos en hacer Gran Hermano, Tinelli o un clásico, que es una de mis cuentas pendientes”, cuenta en el Alvear Icon Hotel de Puerto Madero, mientras come un sándwich de salmón.

Solita está contenta. Es una de las actrices que volvió a actuar cuando se flexibilizó el confinamiento. Junto a Verónica Llinás protagonizan la comedia Dos locas de remate, en el teatro Astral.

“Al principio de la pandemia aprendí a prescindir de mi trabajo. Nadie te llamaba, no era porque no interesabas, sino porque no se podía trabajar. Eso me calmó. Te confieso que hasta pensé en retirarme. Pero después apareció esta obra”, cuenta.

Y sobre este regreso, resalta: “Volver a actuar fue maravilloso. La noche del estreno no me la olvidaré en mi vida. Hay una foto mía llorando, tirándole un beso a la platea alta y al pullman. Quiero imprimir esa foto y verla cada vez que me levanto, porque es de mucha emoción y alegría”.

Un juego que se puso serio

En la infancia, Solita cantaba y actuaba. Imitaba a Pinky y hacía escenas dramáticas con su hermano más chico. Zelmar Geñol, un actor reconocido en ese momento, visitaba su casa y la escuchaba. Un día le dijo: “Solita, ¿no querés actuar?”. Y ella le respondió: “Quiero comer, acá alguien tiene que trabajar”. “Me llevó a hacer una prueba de televisión y quedé”, recuerda ella hoy.

Con apenas 12 años, Solita se puso su casa al hombro. “Mi mamá no estaba bien. Nunca estuvo bien. Ella era una mujer débil y cualquier cosa la tiraba abajo, la deprimía. Tomaba pastillas para todo, las mezclaba con alcohol y era un desastre. Cuando murió el segundo marido de ella, hubo que vender todo, y ya no había para comer. Por eso tuve que salir a trabajar. Yo era una niña acostumbrada a ser una chica de clase media alta”, explica.

El intento por compatibilizar colegio y trabajo le duró poco. A los 13 años, Solita tuvo que dejar la escuela. La primaria la había empezado en el Jesús María de Recoleta.

Era “excelente alumna”, dice, pero la echaron porque su mamá, separada de su papá, había vuelto a convivir con otro hombre. Cambiar de colegio fue un golpazo para ella. Igualmente, pudo adaptarse al Santa Rosa, otro establecimiento religioso de la zona. “Les debo mucho a las monjas. Me hicieron mucho bien. Me contenían”, recuerda.

Pero Solita tenía otro pilar en la vida: Mamá Sole, que en realidad era su abuela materna. Una mujer de origen humilde, criada en un conventillo. Mamá Sole la despertaba para ir al colegio, le ponía las medias y tiempo después la llevaba a las grabaciones de tele cuando podía. “Es por quien estoy viva”, dice hoy la actriz, sin dramatismo. También estaba Jorgito, el primo que la acompañaba a veces a trabajar.

Vivían todos juntos en una casa en Talcahuano 638, frente al Teatro Colón. “Las tres plazas eran mi reino. Disfruté mucho de Plaza Lavalle. La costumbre diaria en mi adolescencia era ir a grabar, y después me iba a la plaza a charlar y fumar. Ahí conocí a Horacio Fontova, un atorrante divino. Yo era bastante machito, varonil. Y tenía muy buena comunicación con los hombres, cosa que no se veía muy bien en esa época”, recuerda Solita.

Precoz también, a los 18 se casó con José Jaramillo. Y a los 19 fue mamá por primera vez. “Estaba muy enamorada. Tiramos un tiempo con lo que él tenía, y después se puso a producir teatro conmigo. Produjimos Sabor a miel, que nos fue brutal. Me vino a buscar Sergio Renán, y yo ahí, por primera vez, pude trabajar con actores como Héctor Alterio y Elsa Berenguer. Me di cuenta de que para ser una buena actriz había que hacer buenos textos. Pero hasta ese momento era trabajar, trabajar y trabajar”, repite.

-Qué historia la tuya, fuiste valiente y te la bancaste...

-Sí, me la bancaba con ganas, con decisión, y diciéndome eso: ‘Voy a salir adelante, laburando’. Armadura y a la calle. No había tiempo para llorar. Y eso me dio sus frutos. A los 15 años hice un coprotagónico con Palito Ortega.

-Tu abuela te dio amor y contención, ¿te marcaba los límites también?

-No había límites, me crié sin límites. Tal vez, algo hasta los 4 años. Pero a los 10, 12 se hacía lo que yo quería. Era yo la que retaba a mi abuela porque no tenía el carácter suficiente con la hija.

-Leí que tu mamá se cortó las venas y vos tuviste que asistirla, ¿fue así?

-Sí, más de una vez. Muy duro. Mamá era débil, como te conté. Una chica malcriada, te diría, que tomó el mal camino. Pero ya está redimida, perdonada y amada, en mi mesita de luz. Si alguien llega a decir algo de mi mamá, le pego (risas). No hay rencor.

-Bueno, en un punto, el problema de tu madre te llevó a este camino actoral...

-La necesidad es una buena compañera en la vida, pero una madre así no sé si es buena compañera. Me llevó mucho tiempo de análisis, y muchos años poder perdonarla. Pero cuando descubrí el perdón, me di cuenta de que no existe nada mejor en la vida.

-¿Cuántos años te llevó perdonarla?

-Quince. Se tuvo que morir mi abuela primero. Mamá se suicida a los 52, lo había intentado millones de veces y finalmente lo logra. Había viajado a La Rioja con mi abuela y mi hermana, y ahí se quita la vida. Muere en un pueblito de la provincia. Tiempo después, cuando muere Mamá Sole, decido traer los restos de mamá que estaban en el cementerio del pueblo, en La Rioja. Los Hernández, una familia maravillosa de allá, me contuvieron mucho, me compraron una urna para sus huesos. Así que me traje a mamá para el Cementerio de la Recoleta.

-Fuiste mamá muy joven, a los 19 años. ¿Cómo fue esa experiencia ?

-Dura por mi trabajo. Durante 20 años mis hijos no comieron conmigo excepto los lunes. Yo me manejaba con ellos por cartas, con dibujos. Me iba muy temprano de casa y volvía tarde. Hacía televisión, donde se grababa durante muchas horas.

-¿No podías parar de trabajar un poco?

-Nunca fui rica. Siempre tuve necesidad de trabajar. No se ganaba tanto y a mí no me fue bien en los años 90, durante el uno a uno. Hubo otros actores que hicieron una diferencia.

El mozo irrumpe y trae otro café con leche, mientras Solita se come un scon calentito con crema. Lo saborea. Siempre fue delgada, pero cuenta que aumentó varios kilos. “Estoy a dieta porque aumenté seis. Después de lo que me pasó, cambió todo”, dice. A principios de este año, en un control de rutina, descubrieron que había tenido un ACV.

“Fue asintomático. Yo ni me di cuenta. Así que, dentro de todo, estoy agradecida. Lo único: tengo la carótida izquierda tapada. No se puede destapar ni me pudieron poner un stent. Digamos que mi cerebro irriga con la carótida derecha y con otras arterias. Me tengo que cuidar y trato de tomármelo lo mejor posible. Por eso dejé de fumar y engordé . Voy a empezar un tratamiento para adelgazar con Cormillot”, se ilusiona.

-¿Cuántos años fumaste?

-Arranqué a los 14, cuando fumaba a escondidas detrás del altar del colegio. Me rateaba de la clase y me iba a la capilla a fumar los Lipton sin filtro. También me comía las hostias y me tomaba el vino, el cuerpo de Cristo, digamos. ¡Era terrible!

-Recordando esos momentos, ¿cambiarías algo de tu vida?

-Nada. Creo que soy a mi historia. Estoy contenta con lo que soy, con lo que hice de mi vida, a pesar de que puedo tener autocrítica. Quizás lamento, a veces, algo que descubrí en terapia: no haber vivido mi la etapa de la adolescencia. De hecho, me gustaría terminar el colegio, me faltan cuarto y quinto año. Pero valoro cada momento de mi vida y tengo un gran sentido del tiempo. Y no me quiero quedar acá eternamente. Quiero vivir hasta que me pueda valer por mi misma. No quiero ir a un geriátrico. Me gustaría poder ejercer mi eutanasia.

-¿Por qué?

-Porque quiero decir basta cuando yo quiera. Y el otro día una amiga me explicaba que hay un testamento en el que podés dejar hasta comprado tu cajón. Porque yo no quiero que mis hijos tengan que hacer ese tramiterío, que es un garrón. Quiero dejarles todo resuelto.

-¿Te da miedo la muerte?

-No. Vivo tranquila. Tengo un buen despertar. No me gusta hacerlo temprano ni con despertador. Me gusta leer, salir con amigos. Valoro mucho la amistad. Tenemos un restaurante, La olla de Félix, donde vamos un grupete medio cerrado a cenar. Es mi segundo lugar en el mundo.

-En tele, no te fue bien con el magazine Mujeres, que duró poco. ¿Extrañás o tenés ganas de hacer ficción?

-Mujeres fue un fracaso enorme y pasó. No extraño la ficción. Me gustaría conducir un programa que tenga que ver con lo social. Pero más adelante. Ahora estoy feliz con el teatro. Ya tengo el aplauso tres veces por semana.

-¿Pensaste en escribir tu historia?

-Estuve a punto de sacar un libro con las anécdotas de mi vida, que tenían que ver con distintos momentos políticos del país. Contar una anécdota con Carrió, otra con Menem, con Alfonsín. Pero no quiero contar la historia de mi vida, porque debería ir a fondo, tocar temas ásperos y no quiero causarle daño a nadie de mi familia, ni que se sientan invadidos por mi popularidad. Ya mis hijos sufrieron por tener una mamá actriz. No quiero que les pase lo mismo a mis sobrinos o nietos.

-Mencionaste la política, ¿qué te preocupa del país?

-La educación y la pobreza. Y que no se debata. Estoy harta de la grieta y de que se tiren dardos del mismo color unos a otros. No me gusta el camino que está llevando la política en su totalidad.

-¿Y qué te gustaría cambiar de vos?

-Me gustaría tener un poquito más de ambición.

-¿Te dan ganas de estar en pareja?

-A veces el abrazo de un hombre se extraña, pero no más que eso. Si adelgazo y me veo tipo Jane Fonda veremos... Desde los 65 años que estoy sola, me calmé. Ni los miro. (Risas)

-¿Sufriste por amor?

-Sí, he sufrido. El amor me pone totalmente dependiente. Me pongo pesada y un poco obsesiva.

-¿Algún sueño por cumplir?

-Me gustaría alquilar un bellísimo motorhome y hacer un viaje con mis cinco nietos por toda la Argentina, subir a Centroamérica y perdernos por ahí. Antes me iré a estudiar teatro a España, otra cuenta pendiente.

-Hay proyectos, ganas, estás en un buen momento, Solita...

-Sí, me empiezo a despedir festejando. Porque hay un lugar en el que me digo: “Bueno, me quedan 15 años de vida, vamos a vivirlos plenamente”.

(Clarín)

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