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  LUNES 13/06/2016
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El tipo empezó a buscarse
JUAN ZETA (Entrega n° 1)
Era la madrugada de un día que iba a ocurrir como cualquiera, el tipo deambulaba ausente por las calles que conocía más que a sí mismo. Caminaba bajo el telón sombrío de esa tiniebla fría, helada, que hacía que los dientes se chocaran, las manos se frotaran y que obligaba a hacer bellas y difusas artes con los alientos.

Y ese era el mundo del tipo. Su mundo era un submundo, su vida era una subvida y no en subida. Hacía largo tiempo que venía en constante y obstinada picada; una picada sin queso, ni aceitunas. El tipo era un salame.

Durante una prolongada temporada el tipo no caminó esas calles, la vida lo había llevado a un largo encierro lejos de la gente, de los diarios, de la televisión, de la comida y de todo tipo de contacto con un cuerpo humano que no fuera su propio cuerpo; también humano.

Necesitaba hacer algo importante; era inminente. Tuvo la posibilidad de lograrlo cuando apoyó el treinta y dos en su frente, pero no se animó. La cobardía no era algo importante, arriesgar su vida le pareció que era arriesgar muy poco.

Como un androide dobló por una esquina que ya estaba doblada siempre mirando hacia abajo. Se paró en la encrucijada de dos calles y un colectivo casi logra lo que él no pudo ni con el treinta y dos, ni con la bufanda, ni con los litros de vodka mezclados con pastillas para ya no dormir.

La bocina del bondi despertó al tipo que caminaba como si estuviera sonámbulo y cómo en todo despertar violento se despertó de mal humor. Lanzó una feroz y despiadada diatriba contra el colectivero.

El tipo, de treinta y cuarenta y pico de siglos, corpulento, cabello corto, ilusiones rapadas, ex laburante, ex ser humano, ex amante, siempre enamorado, seguía inmóvil en la esquina tratando de digerir la parca metamorfosis de la zona dónde alguna vez se había intoxicado.

Su asombro superaba a su curiosidad, su curiosidad superaba a su asombro. Todo lo superaba a él.

Una señora que parecía no dormir de frío en esa esquina izó la vista y le clavó los ojos apenas visibles entre dos enormes y negras ojeras, dos garrafas llenas de ríos esperando a ser liberados.

Sus ojos se ponían bizcos, se enderezaban. Las pupilas se contraían, se dilataban. Los párpados se entrecerraban y se abrían de golpe; le señora parecía estar haciendo foco en el rostro del tipo. Sus ojos estaban acostumbrados a mirar hacia abajo amaestrados durante toda una vida de cabeza gacha.

_ Discúlpeme señora, dijo el tipo pidiendo perdón por la puteada que podría haber parecido mal dirigida.

_ No importa hijo, dijo la señora con voz inmortalmente tranquilizadora.

El tipo tembló de pies a cabeza pero no de frío esta vez; su padre jamás le había dicho “hijo”, su madre hacía años que no lo llamaba así.

_ Gracias, dijo inconscientemente.

_ ¿Gracias por qué, hijo?

Otra vez el temblor, en unos segundos le habían dicho “hijo” más veces que en toda su vida; los “hijo de puta” no contaban.

_ Nada, no importa, contestó para restarle importancia a algo que le importaba por demás.

La señora pareció desaprobar la respuesta del tipo; él se dio cuenta. Siempre se daba cuenta tarde, algo que lo obligaba a disculparse a cada paso. Pero ya nadie hacía caso a sus disculpas; esa era, tal vez,  la razón por la que estaba solo en su innecesaria subsistencia.

La señora dormía en la puerta de la iglesia que estaba cerrada por las noches, la señora se sentía más calefaccionada cerca de Dios aunque este no se dignara a abrirle las puertas de su casa. Enfrente había un tugurio.

El tipo, que había quedado estacionado en la esquina, miró hacia el interior del bar y una zorra, que parecía una oruga embutida en un vestido negro, le hizo señas y le dirigió una sonrisa que hubiera espantado hasta al más experimentado de los dentistas.

El tipo no le retribuyó la sonrisa; estaba sobrio aun. Tal vez, borracho, la hubiera llevado hasta el hotel de mitad de cuadra y montado arriba de ella y de su débil erección hubiese vomitado sobre su cara.

Miró hacia el hotel que lo había albergado en alguna oportunidad junto a alguien que no recordaría jamás. La palabra hotel resaltaba por sus letras de neón color verde. Miró hacia la iglesia y algo lo guió como un faro en un día de bruma; una cruz de neón color azul se despegaba del cielo.

¿Por qué un hotel por horas y una iglesia se anunciaban con luces de neón?, pensó sin mucho entusiasmo como para ponerse a buscar la respuesta. La letra T de la palabra hotel tenía quemado un brazo, la cruz de la iglesia también.

Entre neones mancos, un manco pedía limosnas antes que la iglesia abriera y, lejos de darle una mano, se quedara con su recaudación del día.

¿Bajo qué neón se descargaban cuerpos y bajo cuál se aliviaban almas?

Bajo los dos se mataban soledades, bajo los dos se buscaba hablar con alguien tieso que no emitiría sonido. Bajo los dos se iba a pedir, a Dios o a una Magdalena, algo que no les sería dado.

En un lugar lavaban su sexo en una palangana y en el otro lavaban los jugos de sexos ajenos metiendo las manos en el recipiente de agua bendita.

En la espesura de la noche y en la de su alma todo era espeso.

En el reloj pulsera del tipo dieron las siete de la mañana, en los demás también.

Las puertas de la iglesia se abrieron con asombrosa puntualidad; un cura comenzaría un maratón de rezos que duraría el resto del día.

La señora fue la primera en entrar en el momento en que había llegado al éxtasis de su frío.

El tipo la imaginó rezando, llorando, besando los pies del santo de moda y pidiéndole tanto que dejaría a los demás sin nada para recibir. Se lo había ganado.

Y como ganado fueron entrando más personas que dormían en la calle buscando el calor de un hogar que les cerraba sus puertas en noches heladas.

Al tipo se le vino la imagen de vacas entrando a una manga.

¿Saldrían con una marca de allí adentro? ¿Los calentarían con una cicatriz marcada a fuego? ¿Les grabarían una cruz en el culo con un hierro candente a todos los que traspasaran esa puerta?

Entre preguntas siempre insignificantes vio volver a la señora con una sonrisa que no le quedaba bien, parecía un sonreír primerizo.

_Tengo frío, tengo hambre, estoy mojada y me duelen todos los huesos pero quise entrar a tocarlo y  agradecerle que mis hijos tengan un pedazo de pan y una taza de mate cocido algunos días en la mesa, le explicó la señora como en un acto reflejo de tener que dar constantemente explicaciones.

Al tipo algo se le enroscó en la garganta, introdujo la mano en el bolsillo buscando dinero para darle a la señora. Pensó que con ese dinero, ese día, los hijos de la señora podrían agregarle leche al mate cocido, cambiar el pan duro por unas facturas con dulce de leche y algunos caramelos de postre. No importaba que el dinero de las golosinas sirviera para comprar fideos o arroz; una infancia sin chupetines no era una infancia completa.

La mano salió del bolsillo, salió vacía. El dinero seguía dentro del pantalón. El tipo tuvo tiempo de recordar que se había quedado sin reserva de vodka. El nudo en la garganta estaba mal hecho y se había desatado; prefirió dejarlo Dios hacer su trabajo.

El tipo había salido a buscarse y se había encontrado, otra vez, con el que nunca había querido ser. Seguramente iba a continuar, a insistir en la búsqueda que recién había comenzado.

Comentarios
 
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 13/06/2016 | 17:49 Hs
Enviado por beatriz
me encanta leer esto que escribe. el que mas me impacto fue el del matrimonio pobre que el padre lo vendio para salir de la pobreza .pero que a la vez hizo negocio hasta con los organos de su hijo.
 
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