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  LUNES 21/03/2016
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Zircaos vuelta al mundo. Capítulo 37: India y Nepal
No queríamos dejar de conocer Nepal, ese país chiquito que parece muy bien encajado al norte del país de los mil dioses. Limita con India y con China, el Himalaya se extiende en todo su norte y tiene en sus entrañas las montañas más altas del mundo entre ellas el imponente Everest, el techo del mundo que se alza a 8848 metros. El paraíso de los montañistas.

Desde India elegimos tomar una ruta alternativa para llegar a una frontera menos concurrida. Mucha ruta en el mapa no teníamos, empezamos a andar por un camino de tierra bastante desmejorado, ya todo era campo con algunos pueblitos, paramos a preguntarle a un grupo de gente si era el camino correcto para llegar hasta el lugar, que si mejoraba más adelante y si la frontera estaba abierta para poder entrar a Nepal por ese lado ya que hay conflicto político y social desde hace un tiempo y hay muchos cortes de rutas y protestas.

Inmediatamente todos se pusieron en campaña para aportar datos, todos dijeron que si a nuestras preguntas, nadie hablaba inglés, era entre señas e idiomas completamente inentendibles para ambas partes pero con mucha simpatía. Al final de la travesía sacamos la conclusión que nadie seguramente tenía coche y que no muchos fueron hasta el lugar a donde queríamos llegar…

Insistentemente nos invitaron a tomar chai (la bebida típica hindú, té con leche, azúcar y especias) y a comer chilis y “bora”(coliflor frito), por supuesto que dijimos que sí, nos sentamos dentro de un ranchito de paja fabricado con cuatro palos y techo de hojas donde en un rinconcito estaba la cocina del “hotel”, como llaman acá los lugares donde sirven algo de comida y chai.

Los parroquianos seguían sentados cada uno con su tacita de chai mirando esto que les cambiaba la rutina del día. Se acercaban a la camioneta como si de un plato volador se tratara. Un chico de mirada dulce que hablaba un poco de inglés se acercó y nos dijo que siguiéramos tranquilos por ese camino que era el correcto y que empezaba a estar en buenas condiciones más adelante.

Habrá sido por esa sonrisa hermosa que tenía que le hicimos caso y por ahí fuimos…

La cuestión es que tardamos un día completo en llegar hasta la frontera para poder hacer 70 kilómetros. El camino nunca mejoró, se fue convirtiendo en un solo pozo y no solo eso, cuando llegamos al lugar no nos dejaron cruzar, estaba el paso cortado a los extranjeros. El policía con antipatía y sin respeto nos dijo en dos palabras que nos vayamos ya, que peguemos la vuelta, sin darnos ninguna explicación.

La verdad es que estábamos muy cansados de tanto camino, agotados de avanzar a 15 kilómetros por hora por un camino que mejor no recordarlo de lo roto que estaba, pero viéndole siempre el lado positivo a la situación nos quedamos con lo rico que estaba el coliflor frito al que nos invitaron los guías desorientados.

Los dedos mágicos de Guille empezaron a buscar otras alternativas en el GPS y desde ahí tomamos un camino alternativo que fue precioso, angosto, que cruzaba por campos de trigo, aldeas de barro, verdes intensos, sembrados de mostaza con sus flores amarillas como el sol, cebúes de pieles negras y brillantes.

Viendo como la vida sigue siendo de la misma manera que cientos de años atrás, moliendo el trigo a mano, cocinando a leña en hornitos de barro al aire libre, las mujeres haciendo tortitas de bosta de vaca y secándolas al sol para luego utilizarlas alimentando el fuego, arando con bueyes, transportando todo sobre la cabeza, lavando las ollas con cenizas, los niños jugando con las ruedas de bicicleta y el palito y muchas cosas más que conformaban un álbum de postales a cada paso.

En unos de los días de viaje cayó la noche en medio del campo y decidimos parar en un poblado muy pequeño, un caminito como dibujado nos llevó a la primer casa que habíamos divisado desde la ruta, paramos y me baje a preguntar si nos dejaban dormir en su patio, un lugar abierto con una casa simple y algunos animales, las mujeres que estaban por fuera no comprendían lo que estaba pasando, y después de muchos gestos logramos hacernos entender, una de ellas abrió una sonrisa y nos dijo que sí.

Acomodamos la camioneta y ahí empezó el desfile de familiares, amigos y vecinos, muchísimos niños alrededor de nuestra casita, Alma y Quintín en un segundo ya estaban corriendo alrededor de la casa entre juego y juego.

Un chico que hablaba un poquito de inglés enseguida trajo de la galería de su casa algo así como un catre para que nos sentáramos, luego vino el chai y masitas, todo en medio de la oscuridad porque no hay electricidad y la vida funciona con la luz del sol, se empieza el día tempranísimo y se termina la jornada apenas el sol desaparece en el horizonte. Nosotros agradecimos también con unos malabares con luces y algo de magia en medio del campo, para estos espectadores tan especiales que disfrutaban todo como nadie. Se despidieron y se fueron a dormir, vimos que la mayoría dormía debajo de la galería encima de paja, al aire libre.

Al día siguiente, a las 6 de la mañana empezaron a golpear la puerta para que nos despertemos y salgamos a estar con ellos.

Al asomar la nariz en la mañana húmeda todos estaban a nuestro alrededor esperando seguir compartiendo. Las vacas ya estaban ordeñadas, la ropa lavada, las tortas de bostas ya hechas, la vida funcionando con una frescura de mañana en la que cuesta ponerse en movimiento desde tan temprano.

Pero bueno, sigamos en camino...

Antes de llegar a la frontera en la ciudad de Sonauli donde desde ahí si podíamos pasar empezamos a ver una fila de camiones esperando al costado de la ruta para poder entrar a Nepal, Quintín llego a contar 1300.

Antes de ir nos habían advertido de los problemas socio económicos por los que está pasando el país, hay desabastecimiento de muchos productos entre ellos de nafta y gasoil y que tengamos cuidado.

Aprendimos que nunca es como lo cuentan los que no han estado en el lugar así que tranquilos seguimos firmes con nuestros planes.

Cruzamos dejando la India y todo su caos de superpoblación, hicimos todos los trámites de ambos lados y también tuvimos la alegría de darnos un fuerte abrazo entre policías y sellos de visados con un amigo nuestro de Ibiza que no veíamos desde hacía unos años, esas casualidades de la vida que llenan el alma, el venía y nosotros íbamos.

Y entramos a Nepal, casi de noche. Fue muy bonito, de repente todo el paisaje cambió, la vestimenta, la parte edilicia y sobre todo los rasgos de la gente, ojos rasgados  y mucha, muchísima simpatía. Una de las cualidades por las que nos enamoramos de los nepaleses, su amabilidad y su sonrisa siempre presente.

Y debe ser que pasa de generación en generación porque desde los más jóvenes hasta los más viejitos con una mirada tierna y una sonrisa siempre asomando.

Ya era de noche cuando terminamos con todos los trámites de visados y papeles de la camioneta que llevaron unas horas, así que decidimos dormir ahí mismo, en la frontera. A la mañana siguiente salimos a andar por las rutas de Nepal. No teníamos demasiado combustible y nomás salir empezamos a ver que todas las estaciones de servicio estaban completamente cerradas, como abandonadas, sin gente, con los surtidores cubiertos. Y ahora? Nos preguntamos. El universo proveerá.

El camino hacia Katmandú fue hermoso, la primera parte bastante plana bordeada de verde, río y pueblitos. Algo que nos emocionó mucho fue empezar a ver flamear por todos lados las banderitas de colores con los rezos budistas, es una de las tantas maneras de rezar, dejando que el viento lleve las oraciones a todos los rincones del mundo.

Ya necesitábamos cargar gasoil, cuando llegamos a la ciudad de Bharatpur. Preguntamos donde era posible comprar combustible y automática y simpáticamente habíamos entrado en el mercado negro, un señor con dos bidones de 20 litros echándole por un embudo al tanque de nuestra camioneta. Nos la cobró el doble de lo que realmente sale, pero gracias a él pudimos seguir viaje.

El último trayecto antes de llegar a Katmandú fue todo por la montaña, subimos muy alto por un camino angosto donde por partes no pasaban dos vehículos. Un paisaje selvático y un panorama inolvidable de las terracitas con sus cultivos, de las aldeas colgadas de las montañas.

Estando en Katmandú visitamos Nagarkot, un pueblito en la montaña que queda a 40 kilómetros de Katmandú. Hacia muchísimo frio. Nos fuimos unos días para hacer alguna caminata y estar en la naturaleza nepalesa. Es un poblado muy pequeñito que en verano recibe mucho turismo pero a la vez sigue siendo un lugar muy rústico. Desde ahí, en los días limpios, se alcanza a ver el Everest. 

Algo particular de Nepal es que la gente viaja dentro y fuera de los autobuses, muchos de los pasajeros eligen viajar en el techo de los colectivos, sentados en los portaequipajes. Son decenas los que vienen arriba, aparte de bicicletas, bolsos, alguna moto, mercadería, gallinas y también algunas cabras asustadas.

El recorrido siempre verde, virgen y natural, los ríos están atravesados por finos puentes peatonales, larguísimos, donde cruzan los que viven en las aldeas de la montaña al otro lado. También hay cables de acero con una especie de canasto colgando que se utiliza para cruzar algún animal o alimentos.

A la vera de la ruta la gente se baña sin pudores, hombres, niños y mujeres que peinan sus cabellos larguísimos y negros.

Da la sensación que el tiempo pasa muy tranquilamente, en silencio y cada tanto como para profundizar ese bienestar se ve algún cartelito que dice: “Buda nació en Nepal”

 

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Hasta el próximo capítulo!!!

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